miércoles, 28 de diciembre de 2016

50 COSAS QUE HAY QUE SABER DE FILOSOFÍA (III)

05 Razón y experiencia

¿Cómo llegamos a conocer las cosas? ¿Adquirimos conocimientos principalmente a través del uso de razón? ¿O la experiencia recabada a través de nuestros sentidos juega el papel má significativo en la manera en que conocemos el mundo? La oposición entre razón y experiencia como principio fundacional del conocimiento ha teñido la mayor parte de la historia de la filosofía occidental. Constituye específicamente la manzana de la discordia entre dos tendencias filosóficas muy influyentes: el racionalismo y el empirismo. Tres distinciones clave Para entender lo que está en juego en las teorías racionalistas y empiristas del conocimiento, resulta útil tener en cuenta tres
distinciones clave que utilizan los filósofos para elucidar sus diferencias. a priori versus a posteriori

Algo es cognoscible a priori si puede ser conocido sin remisión a la experiencia, es decir, sin ninguna investigación empírica de cómo ocurren realmente las cosas en el mundo: « 2 + 2 = 4» es algo que conocemos a priori: no es preciso observar el mundo para establecer su verdad. Por el contrario, cuando se requiere tal investigación nos encontramos ante algo únicamente cognoscible a posteriori; así « el carbón es negro» , aun siendo cierto, es una verdad a posteriori: para verificarla es necesario mirar un pedazo de carbón.

analítico versus sintético

Una proposición es analítica si no proporciona ninguna otra información que la que ya contienen los significados de sus términos. La verdad de la afirmación « Todas las solteras no están casadas» es evidente tan sólo en virtud de la comprensión del significado y de la relación entre las palabras usadas. En cambio, la afirmación « Todas las solteras son desdichadas» es sintética: reúne (sintetiza) distintos conceptos y así proporciona información significativa (o, en este caso, desinformación). Para establecer si es verdadera o no sería necesario indagar el estado mental de cada mujer soltera.

necesario versus contingente

Una verdad necesaria es la que no puede ser de otro modo: debe ser verdadera en todas las circunstancias o en todos los mundos posibles. Una verdad contingente es verdadera pero podría no haberlo sido si las cosas en el mundo hubieran sido distintas.
«El pilar en que se apoyan
las matemáticas es
puramente metafísico.»
Thomas de Q uincey, 1830

Por ejemplo, la afirmación « La mayoría de los chicos son gamberros» es contingente: puede ser cierta o no serlo, dependiendo de cómo se comporten la mayoría de los jóvenes. En cambio, si es cierto que todos los chicos son gamberros y Ludwig es un chico, es necesariamente verdadero (en este caso es una cuestión de lógica) que Ludwig es un gamberro.

Las preocupaciones kantianas

La distinción entre analítico/sintético tiene sus orígenes en la obra del filósofo alemán Immanuel Kant. Uno de sus principales objetivos en la Crítica de la razón pura es demostrar que existen ciertos conceptos o categorías del pensamiento, como el de sustancia y el de causa, que no podemos aprender del mundo pero de los que precisamos para que tenga sentido. El principal tema en Kant es la naturaleza y la justificación de estos conceptos, y del conocimiento sintético a priori a que dan lugar.

Parece existir un evidente paralelismo entre estas distinciones: así, a primera vista, cuando un juicio analítico es verdadero, lo es necesariamente y es conocido a priori; y cuando un juicio sintético es verdadero, lo es de un modo contingente y es conocido a posteriori. Sin embargo, de hecho, las cosas no son tan claras, y la principal diferencia entre empiristas y racionalistas puede establecerse a partir del modo en que disponen estos términos. Así, la tarea de los racionalistas consiste en mostrar que existen juicios sintéticos a priori, es decir, que es posible descubrir racionalmente, sin recurso a la experiencia, hechos significativos o dotados de sentido sobre el mundo. Por el contrario, el propósito de los empiristas suele ser mostrar que los hechos a priori, como los de las matemáticas, son analíticos .

Alternativas a la fundamentación

Los racionalistas y los empiristas pueden diferir en muchos puntos, pero están de acuerdo al menos en que existe una base (la razón o la experiencia) en la que se funda nuestro conocimiento. Así, por ejemplo, el filósofo escocés del siglo XVIII David Hume criticaba la quimérica busca cartesiana de una firme certeza racional que le permitiera afirmar todo nuestro conocimiento, incluida la veracidad de nuestros sentidos. Pero Hume no niega que exista alguna base, sino simplemente que tal fundamentación pueda excluir nuestra experiencia corriente y los sistemas de creencias naturales.

El campo de batalla de las matemáticas

En el conflicto entre el empirismo y el racionalismo, las matemáticas se han convertido en el campo de batalla donde han tenido lugar las luchas más encarnizadas. Para los racionalistas, las matemáticas siempre han ofrecido un paradigma del conocimiento, al presentar un reino de objetos abstractos en el que los descubrimientos pueden tener lugar mediante el exclusivo ejercicio de la razón. Un empirista no puede permitir no cuestionar esta posición, de modo que está obligado o bien a negar que los hechos matemáticos puedan conocerse de este modo, o bien a mostrar que tales hechos son esencialmente analíticos y triviales. La última de las opciones normalmente consiste en argumentar que los presuntos hechos abstractos de las matemáticas son, en realidad, constructos humanos y que el pensamiento matemático es, en el fondo, el producto de la convención: en última instancia descansa en el consenso, no en el descubrimiento; se trata de pruebas no de la verdad.

De modo que tanto el racionalismo como el empirismo tienen una vocación fundamentadora común, pero hay otras aproximaciones que prescinden de este supuesto básico. Una alternativa que ha tenido un gran influjo es el coherentismo, en el que el conocimiento es considerado como una trama de creencias, cuyos hilos forman un tejido o una estructura coherente. Sin embargo, sigue siendo una estructura sin un fundamento único, de ahí el principio del coherentismo: « todo
argumento requiere premisas, pero no existe nada que sea la premisa de todos los argumentos» .

Rivalidades europeas

Desde el punto de vista histórico, los empiristas ingleses de los siglos XVII y XVIII —Locke, Berkeley y Hume— suelen agruparse contra sus « rivales» continentales, los racionalistas Descartes, Leibniz y Spinoza. Pero como es habitual, tales categorizaciones simplistas oscurecen buena parte de los matices. 
El arquetipo de un bando. 

Descartes, suele manifestar su simpatía por las investigaciones empíricas, mientras que Locke, el arquetipo del otro bando, se muestra a veces dispuesto a conceder el espacio que los racionalistas quisieran atribuir a alguna forma de agudeza racional o intuición.

La idea en síntesis: ¿cómo conocemos?


06 La teoría tripartita del conocimiento

«Oh, vaya, qué giro inesperado», pensó Don mientras veía la detestable figura desplomarse contra la farola, y los rasgos perfectamente familiares de su rostro británico claramente visibles bajo la luz amarillenta. «Debería haber previsto que esta escoria aparecería. Bueno, ya lo sé… ¿A qué esperas, Eric? ¿No eras tan duro…?» Don estaba completamente concentrado en la figura
que tenía delante, y no oyó los pasos que se le acercaban por detrás. Ni sintió nada cuando Eric le propinó el golpe fatal en la nuca… ¿Sabía Don realmente que su asesino Eric se encontraba en el callejón aquella noche? Don creía, en efecto, que se encontraba allí, y su creencia terminó siendo cierta. Disponía de todas las razones para creerlo: pero no tenía la menor idea de que Eric tuviera un hermano gemelo idéntico llamado Alee, y vio a un hombre perfectamente idéntico a Eric.
La definición platónica del conocimiento 

Nuestra intuición nos indica que Don no sabía que Eric se encontraba en el callejón: pese a que Eric estaba efectivamente allí, Don creía que lo tenía delante y, en principio, su creencia estaba plenamente justificada. Pero al decir esto contrariamos una de las definiciones de la historia de la filosofía más consagradas.

En su diálogo Teeteto, Platón lleva a cabo una exhaustiva investigación sobre el concepto de conocimiento. La conclusión a la que llega es que el conocimiento es « una creencia verdadera con un logos» (es decir, con una « explicación racional» de por qué la creencia es verdadera), o simplemente « una creencia verdadera justificada» . Esta teoría del conocimiento, llamada tripartita, puede expresarse formalmente del siguiente modo:

Un individuo S conoce la proposición P si y sólo si:
1. P es verdadera.
2. S cree que P.
3. La creencia de S en P está justificada.

De acuerdo con esta definición, (1), (2) y (3) son condiciones necesarias y suficientes para el conocimiento. Las condiciones (1) y (2) se aceptan generalmente sin demasiada discusión: no es posible conocer una falsedad, y es necesario creer en lo que se pretende conocer. Además, muy pocos han cuestionado la necesidad de alguna forma de justificación adecuada, de acuerdo con lo que se establece en (3): si creo que Noggin ganará el Derby de Kentucky y apuesto por él en la lista de caballos y jinetes, nadie supondrá que yo lo sabía, ni siquiera si Noggin termina siendo el primero. Simplemente habré tenido suerte.

Gettier lo complicó todo 

Como cabía prever, la atención se centró principalmente en la forma precisa y en el grado de justificación que requiere la condición (3), pero el esquema básico que proporciona la teoría tripartita se mantuvo vigente durante unos 2 500 años. Justo hasta que, en 1963, el filósofo norteamericano Edmund Gettier lo complicó todo de forma muy hábil. En un breve artículo, Gettier proporcionaba contraejemplos, en un espíritu similar al relato de Don, Eric y Alee, en los cuales alguien elaboraba una creencia simultáneamente verdadera y justificada —es decir, que reunía las tres condiciones estipuladas por la teoría tripartita— y que, no obstante, no permitía considerar como conocimiento lo que ese alguien pensaba que sabía.

El problema que plantean los ejemplos del tipo que ofrece Gettier es que en esos casos la justificación para sostener una creencia no se encuentra relacionada del modo adecuado con la verdad de esa creencia, de modo que su verdad es más o menos una cuestión de suerte. Desde entonces se han hecho muchos esfuerzos para intentar tapar el agujero que mostró Gettier. Algunos filósofos han cuestionado la totalidad del proyecto que pretende definir el conocimiento a
partir de las condiciones necesarias y suficientes. Pero, por lo general, las tentativas de resolver el problema de Gettier han consistido en proponer una escurridiza « cuarta condición» que permita reforzar el modelo platónico.

Muchas de las mejoras del concepto de justificación son de naturaleza « externalista» , y se centran en factores que se encuentran fuera de los estados psicológicos del conocedor putativo. Por ejemplo, una teoría causal insiste en que el paso de la creencia verdadera al conocimiento depende de que la creencia sea causada por factores externos pertinentes. La creencia de Don no puede considerarse conocimiento porque se encuentra causalmente relacionada con la persona equivocada (Alec, no Eric).

Desde la publicación del artículo de Gettier, la busca de un « parche» se ha desarrollado como una especie de carrera armamentística filosófica. Las tentativas de mejora de la definición tripartita han topado con una batería de contraejemplos destinados a mostrar que persiste algún fallo. Y las propuestas que, en apariencia, esquivan el problema de Gettier tienden a conseguirlo al precio de marginar una parte importante de lo que intuitivamente consideramos conocimiento.

¿Debería ser indefectible el conocimiento?

Una propuesta para la cuarta condición suplementaria a la teoría tripartita es que el conocimiento debería ser lo que los filósofos llaman « indefectible» . La idea es que no debería existir nada de lo que alguien pudiera conocer que invalidara las razones que tiene para creer en ello.

Así, por ejemplo, si Don hubiera sabido que Eric tenía un hermano gemelo idéntico, su creencia de que el hombre apoyado contra la farola era Eric no hubiera estado justificada. Pero, de acuerdo con el mismo razonamiento, si el conocimiento tiene que ser indefectible de este modo,Don no hubiera sabido que era Eric ni siquiera si lo hubiera sido. Esto esasí tanto si Don conoce como si no la existencia del hermano gemelo; siempre podría haber un factor de ese tipo, de modo que siempre existiráun sentido en el que quienes saben no saben que saben. Como muchas otras respuestas al problema de Gettier, la demanda de indefectibilidad corre el riesgo de poner el listón tan alto que muy pocas de la cosas quenormalmente consideramos conocimiento pasen la prueba.

La comedia de los errores

El recurso a las identidades falsas, en especial a los gemelos idénticos, para cuestionar el conocimiento que, en apariencia, poseemosjustificadamente, es una técnica del todo conocida para cualquierpersona familiarizada con las obras de Shakespeare. Por ejemplo, en Lacomedia de los errores no hay sólo un par de gemelos idénticos, sino dos:

Antífolo y Dromio de Siracusa, y Antífolo y Dromio de Éfeso (a los que un naufragio separó al nacer). Shakespeare los reúne a todos para crear una farsa ingeniosa que puede analizarse como los contra ejemplos de Gettier. Así, cuando Antífolo de Siracusa llega a Éfeso, Angelo, el orfebre local, se dirige a él como « mi señor Antífolo» . Antífolo, que no había puesto un pie en Éfeso nunca, responde confuso: « Vay a, ése es mi nombre» . Angelo responde: « Lo sé perfectamente, señor» . Pero de hecho. Angelo no sabe nada. De acuerdo con la teoría tripartita, su creencia está justificada, aunque es una pura coincidencia que su cliente tenga un gemelo idéntico con el mismo nombre.

La idea en síntesis: ¿cuándo conocemos realmente?

07 El problema del cuerpo y la mente

Desde el siglo XVII el progreso de la ciencia lo ha barrido todo a su paso. El trayecto recorrido por Copérnico, Newton, Darwin y Einstein ha marcado numerosos hitos significativos a lo largo del camino, y alimentado la esperanza de que, con el tiempo, incluso las regiones más remotas del universo, y los secretos más profundos del átomo, serán desvelados por la ciencia.

 ¿Acaso lo conseguirán? 

Hay algo —que es al mismo tiempo lo más obvio y lo más misterioso de todo— que se ha resistido siempre, tanto a los esfuerzos de los mejores científicos como a los de los mejores filósofos: la mente humana.

Todos nosotros somos inmediatamente conscientes de nuestra conciencia, conscientes de tener pensamientos, sentimientos, deseos, que son subjetivos y privados; de ser actores situados en el centro de nuestro mundo, y de tener una perspectiva singular y personal del mismo. En claro contraste con esta conciencia, la ciencia es triunfalmente objetiva, susceptible de escrutinio, y se abstiene de lo personal y de la perspectiva. Entonces, ¿cómo es posible concebir la existencia de algo tan extraño como la conciencia en el mundo físico que describe la ciencia? ¿Cómo es posible explicar los fenómenos mentales a partir de, o en relación con, estados y acontecimientos corporales?

Estas dos preguntas constituyen el problema del cuerpo y la mente. Igual que en la epistemología (la filosofía del conocimiento), el francés René Descartes dejó una impronta en la filosofía de la mente del siglo XVII que persistió a lo largo de la historia de la filosofía hasta la actualidad. La opción cartesiana de refugiarse en el propio yo lleva de un modo natural a atribuir a la mente un eminente estatus en relación con el mundo exterior. 

Desde el punto de vista metafísico, Descartes concebía la mente como una entidad completamente distinta: como una sustancia mental cuya naturaleza esencial es el pensamiento. Todo lo demás es materia, o sustancia material, y su característica definitoria es la extensión espacial (es decir, el ocupar un espacio físico). Así, el cartesianismo suponía dos reinos distintos, uno de mentes inmateriales, con propiedades mentales tales como el pensamiento y los sentimientos; y el otro de cuerpos materiales, con propiedades físicas tales como la materia o la forma. Esta representación de la relación entre mente y materia, conocida como « dualismo de las sustancias» es la que Gilbert Ryle denunció como « el dogma del fantasma en la máquina» 

«El dogma del fantasma en
la máquina … sostiene que
existen cuerpos y mentes,
que tienen lugar procesos
físicos y procesos mentales,
que existen causas
El fantasma de Ryle

En su libro El concepto de lo mental (1949) el filósofo inglés Gilbert Ryle argumenta que la cartesiana concepción dualista de la mente y la materia se basa en un « error de categorías» . Imaginemos, por ejemplo, a un turista al que se le enseñaran por separado las distintas facultades,
librerías y otros edificios que integran la Universidad de Oxford y que, no obstante, al terminar el paseo, se quejara de no haber visto la universidad. El turista habría atribuido erróneamente a la misma categoría de existencia tanto la universidad como los edificios de los que se compone, deformando así la relación que existe entre ambos. Desde el punto de vista de Ryle, Descartes comete el mismo error garrafal en el caso de la mente y la materia, al suponer de forma equivocada que se trata de dos sustancias completamente distintas. Semejante metafísica dualista es la que inspira la despectiva imagen del « fantasma en la máquina» de Ryle: el alma o la mente inmaterial (el fantasma) que vive en el cuerpo y controla los mandos del cuerpo material (la máquina). Tras presentar su incisivo ataque al dualismo cartesiano, Ryle ofrece su propia respuesta al problema del cuerpo y la mente: el behaviorismo (véase capítulo 10)

Problemas del dualismo 

El deseo de beber lleva a mi mano a levantar el vaso; una chincheta en el pie me produce dolor. El cuerpo y la mente interactúan (eso indica el sentido común): los acontecimientos mentales dan lugar a los físicos, y viceversa. Pero la necesidad de tal interacción pone inmediatamente en duda la representación cartesiana. Que un efecto físico requiera una causa física es un principio científico fundamental, pero al concebir la mente y la materia como cosas esencialmente distintas, Descartes parece haber hecho imposible tal interacción.

El propio Descartes advirtió el problema, y que era precisa la intervención de Dios para establecer la necesaria relación causal. El más joven de sus discípulos contemporáneos, Nicolás Malebranche, asumió su dualismo y se propuso resolver él mismo el problema de la causalidad. Su asombrosa mecánicas para los movimientos corporales y causas mentales para los movimientos corporales.» Gilbert Ryle, 1949
Los orígenes del dualismo

Descartes fue el primero en buscar una solución. Fue afirmar que la interacción no tenía lugar en absoluto. Cada vez en que se requería la conjunción de acontecimientos mentales y físicos, Dios intervenía para que tuviera lugar, y ello producía la apariencia de causa y efecto. Esta débil doctrina, conocida como « ocasionalismo» , ha cosechado pocos adeptos, y sirve fundamentalmente para ilustrar la seriedad del problema que se pretendía resolver.

Una manera muy seductora de evitar algunos problemas relativos a la posición cartesiana, es el dualismo de las propiedades, propuesto en la obra de un contemporáneo holandés de Descartes, Baruch Spinoza, quien sostenía que la noción de dualismo se refiere no a las sustancias sino a las propiedades: dos tipos distintos de propiedades, mentales y físicas, pueden atribuirse a una misma cosa (una persona o un objeto), pero estos atributos son irreductiblemente diferentes y los términos para analizarlos no son intercambiables. Así pues, las diferentes propiedades describen distintos aspectos de la misma entidad (de ahí que, en ocasiones, se llame a esta perspectiva "teoría del doble aspecto" ). La teoría permite explicar cómo tiene lugar la interacción mente-cuerpo, puesto que las causas de nuestras propias acciones tienen tanto aspectos mentales como físicos.

Pero al atribuir propiedades esencialmente tan distintas a un mismo objeto, surge la sospecha de que el dualismo de las propiedades se haya limitado a desplazar el principal problema que debe afrontar el dualismo de la sustancia, en vez de resolverlo.

El fisicalismo 

La respuesta evidente a los problemas con que topa el dualismo de la sustancia cartesiano es la adopción de una posición monista, la afirmación de que existe una única « cosa» en el mundo, sea física o mental, y no dos. Algunos autores, el más notable de ellos George Berkeley (véase la página 18), se han decantado por el idealismo, sosteniendo que la realidad consiste únicamente en las mentes y sus ideas. Pero la gran mayoría de los filósofos, más aún entre los actuales, han optado por alguna forma de explicación fisicalista. Influido por los indiscutibles éxitos de la ciencia en otros campos, el fisicalista insiste en que también la mente debe inscribirse en el ámbito de la ciencia; y puesto que los objetos de estudio de la ciencia son exclusivamente físicos, también la mente debe ser física. La tarea consiste, entonces, en aclarar cómo encaja la mente (subjetiva y privada) en una explicación completa y puramente física del mundo (objetivo y universalmente accesible).

El fisicalismo ha adoptado muchas formas distintas, pero todas ellas tienen en común el ser reductivas: pretenden mostrar que el fenómeno de lo mental brindar el clásico planteamiento del dualismo de la sustancia, pero no fue en absoluto el primer dualista. De hecho, hay un cierto dualismo implícito en cualquier filosofía, religión o cosmovisión que presuponga que existe un reino sobrenatural en el que residen cuerpos inmateriales (almas, dioses, demonios, ángeles y cosas similares). La idea de que un alma puede sobrevivir a la muerte del cuerpo físico o reencarnarse en otro cuerpo (humano o de otra especie) también implica un determinado tipo de concepción dualista del mundo. puede analizarse de manera completa y exhaustiva, en términos puramente físicos. Los avances en neurociencia evidencian con bastante claridad que los estados mentales se encuentran íntimamente vinculados con los estados cerebrales. Así, la vía simple para el fisicalista es afirmar que los fenómenos mentales son idénticos a los hechos y a los procesos cerebrales. Las versiones más radicales de tales teorías de la identidad son « excluyentes» : proponen que, del mismo modo que ocurre con los avances de nuestra comprensión científica, la  "psicología popular —la manera habitual de expresar y pensar nuestra vida mental, en términos de creencias, deseos, intenciones…— desaparecerá y será sustituida por conceptos precisos y descripciones procedentes principalmente de laneurociencia.
Las soluciones fisicalistas al problema del cuerpo y la mente hacen caso omiso a muchos de los aspectos problemáticos del dualismo. En particular, los misterios causales que atormentan a los dualistas se desvanecen por el simple hecho de inscribir la conciencia en el ámbito de la explicación científica. Naturalmente, los críticos del fisicalismo lamentan que sus representantes dejen de lado tantas cosas; que sus éxitos se consigan a un precio tan caro (a fuerza de renunciar a captar la esencia de la conciencia en cuanto experiencia, su naturaleza subjetiva).

La idea en síntesis: demasiado para mi mente


martes, 27 de diciembre de 2016

50 COSAS QUE HAY QUE SABER DE FILOSOFÍA (II)

03 El velo de la percepción

¿Cómo vemos (y oímos y olemos) el mundo? La mayoría de nosotros damos por descontado que los objetos físicos que nos rodean son más o menos como los percibimos, pero esta noción del sentido común plantea problemas que han llevado a algunos filósofos a preguntarse si es cierto que observamos el mundo exterior directamente. Desde su punto de vista sólo tenemos acceso a «ideas» o «impresiones» interiores o (en términos modernos) a «datos de los sentidos».

El filósofo inglés del siglo XVII John Locke acuñó una célebre metáfora para elucidar este asunto. Sugirió que el conocimiento humano es una especie de «armario completamente oscuro, con unas pocas aberturas tan sólo, por las que entran apariencias externas visibles, o ideas de cosas del exterior».

Pero la concepción de Locke plantea un problema grave. Podemos suponer que las ideas que entran en el armario son representaciones más o menos fieles de las cosas que hay afuera, pero en última instancia el que esas representaciones interiores se correspondan fielmente a los objetos externos (o a cualquier cosa, al fin y al cabo) es una inferencia. Nuestras ideas, que es a lo único a lo que tenemos acceso, forman un impenetrable « velo de la percepción» entre nosotros y el mundo exterior. En su Ensayo sobre el entendimiento humano de 1690, Locke dio una de las explicaciones más exhaustivas de lo que se conoce como modelos « representacionales» de la percepción. Cualquier modelo que, como éste, incorpore ideas mediadoras o datos de los sentidos abre una brecha entre nosotros y el mundo exterior, y es en esta brecha en la que echa sus raíces el escepticismo sobre nuestras pretensiones de conocimiento. Sólo restableciendo un vínculo directo entre el observador y los objetos externos puede rasgarse el velo y derrotarse al escepticismo. Pero considerando todos los problemas que provoca este modelo, ¿por qué adoptarlo de entrada?

El teatro cartesiano

En la modernidad se llama « realismo representativo» al modelo de percepción de Locke, para distinguirlo del realismo « ingenuo» (o del « sentido común» ) que adhiere cualquiera de nosotros la mayor parte del tiempo (e incluso los filósofos cuando no ejercen).
«El conocimiento humano
… no puede ir más allá de
la experiencia.»
John Locke, 1690

 Las dos posiciones son realistas en la medida en que asumen la existencia del mundo exterior con independencia de nosotros, pero sólo en la versión ingenua el color rojo es considerado como una mera propiedad del tomate mismo.

Aunque Locke  sea posiblemente el primero que dio forma a la teoría, el modelo representacional de la percepción no se inició con él. A veces se califica despectivamente de « teatro cartesiano» , porque, en efecto, para Descartes la mente es un escenario en el que las ideas (las percepciones) son observadas por un observador interior (el alma inmaterial). El hecho de que este observador interior, u « homúnculo» , requiera también un observador interior para sí mismo (y así hasta el infinito) es sólo una de las objeciones que cabe plantear a esta teoría. Sin embargo, a pesar de estas objeciones, el modelo sigue siendo muy influyente.

Cualidades primarias y secundarias 

La falta de fiabilidad de nuestras percepciones constituy e una parte importante del arsenal del escepticismo para atacar nuestras pretensiones de conocimiento. El escéptico se atiene al hecho de que un tomate pueda verse rojo o negro dependiendo de las variaciones de luz para cuestionar en general nuestros sentidos como una vía fiable de conocimiento. Locke confía en que un modelo perceptual en el que las ideas interiores y los objetos exteriores se mantuvieran separados desarmaría al escéptico. Su argumento dependía fundamentalmente de una distinción adicional entre las cualidades primarias y secundarias.

El color rojo del tomate no es una propiedad del tomate en sí misma sino el producto de la interacción de varios factores, incluidos determinados atributos físicos del tomate, como su textura y la estructura de su superficie; las peculiaridades de nuestro sistema sensitivo; y las condiciones ambientales imperantes en el momento de la observación. Tales propiedades (o mejor dicho, no propiedades) no pertenecen al tomate como tal y se dice que son « cualidades secundarias» .

Al mismo tiempo, el tomate tiene algunas propiedades verdaderas, como su forma y su tamaño, que no dependen de las condiciones en las que se observa, ni siquiera de la existencia de un observador. Éstas son sus « cualidades primarias» ,que explican y dan lugar a nuestra experiencia de las cualidades secundarias.

«Una opinión extrañamente
difundida entre los hombres
es que las casas, las
montañas, los ríos, y en una
palabra todos los objetos
sensibles, tienen una
existencia natural o real,
distinta de su ser
percibido.»
George Berkeley, 1710

 A diferencia de lo que ocurre con nuestras ideas de las cualidades secundarias, las de las cualidades primarias (pensaba Locke) se parecen mucho a los objetos físicos en sí mismos y nos proporcionan su conocimiento. Por esta razón son las cualidades primarias las que más preocupan a los científicos, y las que resultan más cruciales para combatir el desafío del escepticismo, pues son nuestras ideas de las cualidades primarias las que constituyen una prueba contra las dudas
escépticas.
«Así es como lo refuto»

En la actualidad la teoría inmaterialista de Berkeley se considera un tour de force de un gran virtuosismo, aunque también un tanto excéntrico. Aun así, irónicamente Berkeley se veía a sí mismo como el campeón del sentido común. Tras exponer con gran habilidad los inconvenientes de la concepción mecanicista del mundo en Locke, propuso una solución que le parecía obvia y que resolvía todos esos inconvenientes de un plumazo, disipando tanto la inquietud de los escépticos como la de los ateos. Pero lo que más hubiera mortificado a Berkeley hubiera sido saber que su lugar en el imaginario popular actual se limita al célebre pensamiento con el que Samuel Johnson refutó firmemente el inmaterialismo, que se encuentra en Vida de Samuel Johnson de Boswell: 
« Golpeando con todas
sus fuerzas una gran piedra con el pie [exclamó]: “¡Así es como lo
refuto!”» .

Encerrados en el armario de Locke 

Uno de los primeros críticos de Locke fue su contemporáneo irlandés, George Berkeley. Éste asumía el modelo representacional de la percepción en el que los objetos inmediatos de la percepción eran las ideas, pero al mismo tiempo sostenía que, lejos de contradecir a los escépticos, la concepción de Locke corría el riesgo de lograr que cualquiera se rindiera a ellos. 

Puesto que Locke estaba enclaustrado en su armario, nunca conseguiría comprobar si las supuestas « similitudes o las ideas de las cosas externas» se asemejaban realmente a las cosas externas. Nunca podría rasgar el velo y mirar del otro lado, de modo que se encontraba atrapado en un mundo de representaciones, y el escepticismo estaba servido.

Berkeley, que había expuesto los peligros de la posición de Locke de un modo lúcido, llegó a una extraordinaria conclusión. En vez de rasgar el velo en una tentativa de restablecer el vínculo entre nosotros y el mundo exterior, concluyó ¡que no había nada tras el velo! Para Berkeley, la realidad consiste en las propias « ideas» y las propias sensaciones. Así, está claro, ya estamos completa y adecuadamente vinculados, de modo que se evitan los peligros del escepticismo, aunque al precio… ¡de negar la existencia del mundo físico exterior!

De acuerdo con la teoría idealista (o inmaterialista) de Berkeley, « existir es ser percibido» (ese est percipi). Pero entonces ¿dejan de existir las cosas cuando dejamos de mirarlas? Berkeley acepta esta consecuencia, pues la solución está muy a mano: Dios. Todo lo que existe en el universo es concebido continuamente en la mente de Dios, de manera que la existencia y la continuidad del mundo (inmaterial) están garantizadas.

La idea en síntesis: ¿que hay detrás del velo?



«Je pense, donc je suis.»
René Descartes, 1637

04 Cogito ergo sum

Desprovisto de cualquier creencia de la que se le ocurriera que cabía dudar, a la deriva en un mar que parece de una incertidumbre insondable, Descartes trata de encontrar desesperadamente algún punto de apoyo, algún fundamento sólido sobre el que reconstruir el edificio del conocimiento humano… « Advertí que cuando intentaba pensar que todo era falso, era necesario que y o, que estaba pensándolo, fuera algo. Y al observar que esta verdad, “Pienso, luego existo [cogito ergo sum]” era tan firme y segura que ni siquiera el supuesto más extravagante de los escépticos era capaz de amenazarla, decidí que podía aceptarla sin reservas como el primer principio de la filosofía que estaba buscando.»

Así llegó este francés llamado René Descartes a pensar el pensamiento sin duda más célebre y más influyente de la historia de la filosofía occidental.

La duda metódica 

El propio Descartes se encontraba a la vanguardia de la revolución científica en la que estaba inmersa Europa en el siglo XVII, y su ambicioso plan consistía en dejar atrás los viejos dogmas del mundo medieval y « establecer las ciencias» sobre los fundamentos más sólidos.

Con este propósito adoptó su rigurosa « duda metódica» . No se contentó con separar la extraña manzana podrida (en sus propias palabras), sino que vació completamente el tonel, desechando cualquier creencia que fuera susceptible del menor grado de duda. Y en una última vuelta de tuerca imaginó a un genio maligno dedicado exclusivamente a confundirlo, de modo que ni siquiera las verdades aparentemente evidentes de la geometría y de las matemáticas podían seguir siendo ciertas.

El cogito en las obras de Descartes

La conocida expresión en latín cogito ergo sum se encuentra en los Principios de filosofía (1644) de Descartes, pero en su Discurso del método (1637) aparece la versión francesa (je pense, donc je suis) y en su obra más importante, las Meditaciones, no aparece en ninguna de estas formas canónicas.

Llegado a este punto —despojado de todo, incluso de su propio cuerpo y de los sentidos, de los demás, y de todo el mundo externo—, Descartes encuentra la salvación en el cogito. Por más engañado que pueda estar, por más que se empeñe el genio en confundirlo en cada ocasión, tiene que haber alguien o algo a quien confundir, algo o alguien a quien engañar. Incluso si está equivocado sobre cualquier otra cosa, no puede dudar de que él está ahí, en ese momento, para albergar el pensamiento de que podría estar equivocado. El genio « nunca podría hacer que  yo fuera nada desde el momento en que pienso que soy algo … Soy, existo, es necesariamente verdadero en todas las ocasiones en que me lo planteo o lo concibo en mi mente» .

Los límites del cogito 

Una de las primeras críticas a Descartes, retomada por muchos otros autores desde entonces, es que infiere demasiadas cosas del cogito: sólo puede concluir legítimamente que hay pensamiento, pero no que sea él quien está pensando. Pero incluso si concedemos que los pensamientos efectivamente presuponen un individuo que los piense, debe reconocerse que lo que establece el hallazgo de Descartes es muy limitado. En primer lugar, el cogito es esencialmente relativo a la primera persona (mi cogito sólo es aplicable a mí y el tuyo a ti: es perfectamente posible que el genio tenga poderes para hacerme creer que tú piensas, y por lo tanto que existes). En segundo lugar, el cogito se da esencialmente en tiempo presente: en consecuencia, es perfectamente posible que yo deje de existir cuando no pienso. En tercer lugar, el « y o» cuy a existencia se establece es extremadamente tenue e inaprensible: podría no tener ninguno de los atributos biográficos o de otro tipo que me hacen creer que yo soy yo y, en efecto, podría seguir perfectamente en las garras del genio maligno.

Orígenes del «cogito»

Cogito ergo sum es posiblemente el dicho filosófico más célebre, pero sus orígenes precisos no están demasiado claros. Aunque se encuentra inextricablemente unido a Descartes, la idea que subyace al cogito se remonta mucho más atrás. A principios del siglo V d. C., por ejemplo, san Agustín escribió que podemos dudar de todo menos de la duda de nuestra propia alma, y la idea no la inventó él.

En suma, el « yo» del cogito es un mero instante de autoconciencia, un mero atisbo separado de todo lo demás, incluido su propio pasado. ¿Qué puede establecer Descartes sobre una base tan precaria?
La reconstrucción del conocimiento 

Descartes tal vez despejara el terreno para cavar los cimientos, pero ¿acaso le quedaba algún material con el que erigir el nuevo edificio? En apariencia, había colocado el listón demasiado alto (nada menos que a la altura de una certeza a prueba de genios malignos). Y así, el viaje de regreso resulta sorprendentemente (tal vez alarmantemente) rápido. Los principales pilares de la teoría cartesiana del conocimiento son dos. En primer lugar, señala que el rasgo distintivo del cogito es la claridad con que se nos presenta y, de ahí, concluye que existe una regla general: « todas las cosas que concebimos con claridad y distinción son verdaderas» . ¿Y cómo podemos estar seguros de esto? Porque la idea más clara y distinta de todas es nuestra idea de un Dios perfecto, todopoderoso y omnisciente.

Dios es la fuente de todas nuestras ideas y, puesto que es bueno, no puede engañarnos; el uso de nuestra capacidad de observación y racional (que también proceden de Dios) nos conduce hacia la verdad, no hacia lo falso. Merced a la intervención de Dios, los mares de la duda se retiran rápidamente: el mundo queda restaurado y la tarea de reconstrucción del conocimiento puede iniciarse sobre una base sólida, científica.
«… recurrir a la veracidad del Ser supremo para probar la
veracidad de nuestros sentidos es, sin duda, optar por un
camino inesperado.»
David Hume, 1748
Dudas persistentes 

El intento cartesiano de salir del pozo escéptico que él mismo ha cavado está lejos de convencer a todo el mundo. Las críticas se han centrado en el lamentablemente célebre « círculo cartesiano» : el supuesto recurso a las ideas claras y distintas para probar la existencia de Dios, cuy a divinidad acaba garantizando el recurso a nuestras ideas claras y distintas. Por más poderoso que sea el argumento (y no está nada claro que Descartes cayese, de hecho, en una trampa tan evidente), resulta difícil compartir su confianza en haber logrado exorcizar al genio maligno. Descartes no puede (y no lo hace) negar el hecho de que el engaño tiene lugar; y si nos atenemos a su regla general, ella implica que podemos equivocamos en ocasiones al pensar que tenemos una idea clara y distinta de algo. Pero, naturalmente, no podemos saber que estamos incurriendo en tal error, y si no somos capaces de identificar estos casos, la puerta del escepticismo queda una vez más completamente abierta.

A Descartes se le ha considerado el padre de la filosofía moderna. Merece con creces el título, pero seguramente no por las razones que a él le hubiera gustado. Su propósito era disipar las dudas escépticas de una vez por todas, para podernos dedicar tranquilamente a la búsqueda racional del conocimiento, pero al final tuvo más éxito planteando estas dudas que sofocándolas. Las sucesivas generaciones de filósofos quedaron atrapadas en el problema del escepticismo, que ocupa la primera posición, o está muy cerca, en el orden del día filosófico desde que Descartes lo planteó.
La idea en síntesis: pienso, luego existo  


lunes, 26 de diciembre de 2016

50 COSAS QUE HAY QUE SABER DE FILOSOFÍA (I) Aportación de una profesora viejecita a la que se la van a comer los listos

Como he dicho muchas veces, yo escribo en este blog por varias razones. Primero, dar a conocer una serie de textos que o bien se han prohibido o han sido encontrados en los sitios más insospechados. Segundo, porque estoy convencida de que la Verdad y la Sabiduría, poca o mucha, es patrimonio de la Humanidad y ya se ha utilizado bastante tiempo la mentira, como para seguir con el mismo juego. Tercero, porque me consta que a algunas personas que entran en estas páginas, lo hacen de buena fe, creyendo que en 10 líneas se les puede decir "¿qué es la filosofía", "¿qué es la ética?", "¿qué es la religión?" y sobre todo, la típica y tópica pregunta de "si Dios existe, ¿por qué consiente el mal y el dolor?"....

La última pregunta, todo el que lea con buena voluntad las "Conversaciones con Dios", podrá hacerse idea de cómo es y Quién es Dios y a qué se debe la existencia del mal. También pueden buscar el tema en "La religión prohibida", "la Realidad falsificada" y otros muchos relatos dónde podrán sacar sus propias conclusiones y darse cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que podríamos pensar.

Por supuesto este libro les puede parecer muy pueril a los "santones de la filosofía", grupitos de niñatos que creen que antes de ellos no existía nadie que le diera al "majín" o rechazan tus conocimiento, no por lo que tuvieran de equívoco, sino con el argumento de que qué se puede esperar a mis años. Mi filosofía es antigua. Y ellos todavía andan dándoles vueltas a Heráclito y Parménides, cuando necesitan algún valedor a sus profundos y sesudos estudios. Estos niñatos no saben más que la filosofía de un autor porque le han dedicado dos años de su vida por un doctorado que queda muy bien en letras de oro en las puertas de sus despachos. Porque es desde sus despachos desde donde arreglan el mundo y pretenden inculcar sus ideas al resto de los "motales". Bueno, pues a estas lumbreras no les valdrá mucho lo que voy a publicar, porque el nivel del escrito es el apropiado para personas jóvenes que quieran meditar. Es una simple base o un simple empujón que les doy para que, después, ellos puedan, si quieren, profundizar en los temas.


Con frecuencia se ha considerado a la filosofía como la disciplina académica por antonomasia, con sus practicantes firmemente enclaustrados en sus torres de marfil, al margen de los problemas de la vida real. Nada más lejos de la realidad, el pensamiento filosófico se ocupa de los asuntos que importan. Para decidir qué deberíamos hacer, en vez de qué podemos hacer, tenemos que recurrir a la filosofía. Para aprender a vivir, para saber de justicia, de lenguaje, de estética, de realidad e irrealidad, para gozar, para amar, tenemos que recurrir a la filosofía.

En esta colección de 50 ensayos escritos de un modo tan accesible como lúcido, Ben Dupré nos presenta y nos explica todos estos conceptos que han merecido la atención de los pensadores, desde Antigua Grecia hasta el presente.

Introducción

Durante la mayor parte de su dilatada historia la filosofía ha contado con un número considerable de individuos peligrosos provistos de ideas peligrosas. A causa de sus ideas presuntamente subversivas, Descartes, Spinoza, Hume y Rousseau, por nombrar sólo a unos pocos autores, fueron amenazados con la excomunión, o forzados a aplazar la publicación de sus obras, o privados de las promociones profesionales, u obligados a exiliarse. Y al más notable de todos los filósofos, el ciudadano ateniense Sócrates, lo consideraron una influencia tan nociva que decidieron ejecutarlo. No hay muchos filósofos en la actualidad a los que se ejecute por sus ideas, lo cual es una lástima (en cuanto que indica hasta qué punto el sentido del peligro se ha ido desvaneciendo).

En la actualidad, la filosofía se considera la disciplina académica por antonomasia, con sus practicantes firmemente enclaustrados en sus torres de marfil, al margen de los problemas de la vida real. Pero la caricatura se encuentra lejos de la verdad en muchos sentidos. Los problemas de la filosofía son siempre profundos y a menudo difíciles, pero también importan. La ciencia, por ejemplo, tiene la capacidad de llenar el mercado con toda clase de golosinas, desde los niños de diseño hasta la comida modificada genéticamente, pero por desgracia no nos proporciona —y no puede hacerlo— el manual de instrucciones. Para decidir qué deberíamos hacer, en vez de qué podemos hacer, tenemos que recurrir a la filosofía. A veces, a los filósofos los mueve el placer de escucharse exprimiéndose el cerebro (e incluso puede resultar entretenido escucharles), pero por lo general aportan claridad y comprensión a asuntos que nos incumben a todos. Estos asuntos son precisamente los que este libro pretende reunir y explorar.

Tradicionalmente los autores suelen atribuir la mayor parte del mérito a los otros y se acusan de la may or parte de los errores a sí mismos; tal vez sea una tradición, pero es un tanto ilógico (pues el mérito y los errores deberían darse la mano), y por lo tanto es una práctica difícilmente encomiable en un libro sobre filosofía. Así pues, con el mismo espíritu de P. G. Wodehouse al dedicar The Heart of a Goof a su hija, « sin cuy a infatigable simpatía y estímulo hubiera terminado [el] libro en la mitad de tiempo» , me complace por lo menos compartir el mérito con otros. En particular me alegra atribuírselo a mi jovial y trabajador editor, Keith Mansfield, por todas las cronologías y por las muchas citas bibliográficas que ha aportado. También me gustaría agradecer a mi editor en Quercus, Richard Milbank, su constante confianza y apoyo. Y mi mayor
agradecimiento se lo debo a mi mujer, Geraldine, y a mis hijas, Sophie y Ly dia, sin cuya infatigable simpatía…


01 El cerebro en una cubeta

Imaginad que un científico diabólico hubiera sometido a un experimento a un ser humano. Se habría extraído del cuerpo el cerebro de la persona y colocado en un recipiente con nutrientes que mantendría con vida el cerebro. Las terminaciones nerviosas estarían conectadas a una computadora super científica capaz de provocar en la persona la ilusión de que todo es completamente normal. Parecería haber gente, objetos, el cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona experimentaría sería el resultado de impulsos que van desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas.

¿Se trata de una pesadilla de ciencia ficción? Tal vez, pero eso es exactamente lo que diríamos si fuéramos un cerebro metido en una cubeta. Si nuestro cerebro estuviera en un recipiente en vez de en el cráneo, cada una de nuestras experiencias sería exactamente igual que si hubiéramos vivido en un cuerpo real inmerso en el mundo real. El mundo circundante —esta silla, el libro que sostenéis con las manos, y las propias manos— forma parte de la ilusión, la poderosísima computadora del científico introduce en vuestros cerebros los pensamientos y las sensaciones.

Probablemente no creáis ser un cerebro flotando en una cubeta. Es posible que lamayoría de los filósofos no crean ser cerebros en cubetas. Pero no se trata de que lo creamos sino tan sólo de admitir que no es posible tener la certeza de que no lo somos. El problema es que, si realmente somos un cerebro en una cubeta (simplemente no podemos descartar la posibilidad), todas las cosas que creemos conocer del mundo serían falsas. La mera posibilidad parece minar nuestras pretensiones de conocimiento acerca del mundo exterior. ¿Existe alguna forma de escapar de la cubeta?
Cronología

Los orígenes de la cubeta El clásico y elocuente relato moderno del « cerebro en una cubeta» lo urdió el filósofo norteamericano Hilary Putnam en su libro Razón, verdad e historia (1981), pero el germen de la idea se remonta mucho más atrás. El experimento mental de Putnam actualiza una historia de terror del siglo XVII (el genio maligno —malin génie—, convocado por el filósofo francés René Descartes en sus Meditaciones de 1641). El propósito de Descartes consistía en edificar el conocimiento humano sobre fundamentos inquebrantables, para lo cual adoptó la « duda metódica» (desechaba cualquier creencia susceptible del menor grado de incertidumbre). Tras señalar el carácter engañoso de nuestros sentidos y la confusión propia de los sueños, Descartes llevó su « duda» hasta el límite:

« Debo suponer… que algún genio maligno inmensamente poderoso y astuto ha dedicado todas sus energías a engañarme. Debo pensar que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las formas, los sonidos y todas las cosas externas son meras ilusiones oníricas que este genio ha inventado para cautivar mi juicio» . Entre los escombros de sus antiguas creencias y opiniones, Descartes vislumbra un solo punto de certeza —el cogito— en el que fundar de un modo (aparentemente) seguro la reconstrucción que se ha propuesto como tarea (véase página 20).

Desgraciadamente para Putnam y Descartes, aunque ambos están haciendo de abogado del diablo —al adoptar posiciones escépticas para frustrar el escepticismo—, a algunos filósofos les ha impresionado más su habilidad para plantear el atolladero del escepticismo que sus posteriores tentativas para salir de él. Apelando a su propia teoría causal del significado, Putnam intenta mostrar que la escena del cerebro en una cubeta es incoherente, pero a lo sumo parece conseguir mostrar que de hecho un cerebro en una cubeta no podría expresar el pensamiento de ser un cerebro en una cubeta. Efectivamente, demuestra que el estado de ser un cerebro envasado es invisible e indescifrable para el espíritu, pero no está claro que esta victoria semántica (si lo es) consiga resolver el problema relativo al conocimiento.

En la cultura popular

Ideas como la del cerebro en una cubeta han resultado tan estimulantes humanos los mantienen en el interior y sugestivas intelectualmente que han dado lugar a numerosas manifestaciones populares. Una de las más exitosas fue la película Matrix en 1999, en la que un hacker llamado Neo (interpretado por Keanu Reeves) descubre que el mundo americano de 1999 es, de hecho, una simulación virtual creada por una ciber inteligencia maligna, y que a él y otros seres humanos los mantienen en el interior de recipientes llenos de un fluido, conectados a una inmensa computadora. La película presenta una elaboración dramática del cerebro en una cubeta, en la que se reproducen los principales elementos de la situación. El éxito y el impacto de Matrix advierte de la fuerza que poseen los argumentos del escepticismo radical.

El escepticismo

El término « escéptico» se aplica comúnmente a las personas con tendencia a dudar de las creencias aceptadas, o habituadas a desconfiar de la gente o de las ideas en general. En este sentido, el escepticismo puede caracterizarse como una tendencia saludable o un ejercicio propio de mentes abiertas que consiste en someter a prueba y demostrar las creencias comúnmente aceptadas. Un estado mental semejante suele ser una salvaguarda útil contra la credulidad, pero a veces también puede desembocar en la tendencia a dudar de todo, con independencia de las razones para hacerlo. Pero sea bueno o malo, el escepticismo en este sentido común es bastante distinto al escepticismo en sentido filosófico.

El argumento de la estimulacion

La gente corriente podría estar tentada de desdeñar las terroríficas conclusiones escépticas, pero no deberíamos apresurarnos. Por lo demás, un ingenioso argumento inventado recientemente por el filósofo Nick Bostrom sugiere que es muy probable que ya estemos viviendo en una simulación informática. Imaginad que…

Es probable que en el futuro nuestra civilización alcance tal nivel de desarrollo tecnológico que puedan crearse simulaciones informáticas muy sofisticadas de mentes humanas y de mundos donde habiten esas mentes. Los recursos que precisaría el mantenimiento de esos mundos serían podría relativamente insignificantes —un simple ordenador portátil del futuro podría ser el hogar de cientos o de miles de mentes simuladas — de modo que muy probablemente el número de mentes simuladas superaría con mucho el de las biológicas. Las experiencias de las mentes biológicas y las de las simuladas serían indiscernibles y, como es lógico, cada una de ellas pensaría que no es simulada, pero las segundas (que constituirían la amplia mayoría de las mentes) estarían equivocadas.

Naturalmente ponemos a prueba este argumento como hipótesis de futuro, pero ¿quién puede afirmar con seguridad que este « futuro» no ha llegado (que tal logro informático no se ha alcanzado y a, y que no existen mentes simuladas)? Es evidente que suponemos no ser mentes simuladas informáticamente e inmersas en un mundo simulado, pero esto podría tratarse como tributo a la calidad del programa. De acuerdo con la lógica del argumento de Bostrom ¡es muy probable que nuestra suposición sea errónea!
«La computadora es tan inteligente que a la víctima incluso podría parecerle que se encuentra sentada y leyendo estas mismas palabras sobre el supuesto, divertido aunque más bien absurdo, de un científico maligno que saca los cerebros de los cuerpos de la gente para ponerlos en una cubeta llena de nutrientes.» Hilary Putnam, 1981

El escéptico filosófico no pretende que no sepamos nada (en buena medida porque pretenderlo resultaría obviamente contradictorio: no podemos saber que no sabemos nada). La posición escéptica consiste más bien en cuestionar nuestro derecho a pretender algún conocimiento. Creemos saber muchas cosas, pero ¿cómo podemos defender esa pretensión? ¿Qué solidez podemos ofrecer para justificar cualquier afirmación concreta relativa al conocimiento? 

Nuestro supuesto conocimiento del mundo se basa en percepciones que nos proporcionan nuestros sentidos, por lo general mediadas por nuestro uso de razón. Pero ¿acaso esas percepciones no se encuentran sometidas en ocasiones al error? ¿Podemos estar completamente seguros de que no estamos sumidos en una alucinación o en un sueño, o de que nuestra memoria no nos tiende trampas? Si la experiencia del sueño es indiscernible de la experiencia de la vigilia, nunca podremos tener la certeza de que algo que pensamos que es, sea de hecho (ni de que lo que consideramos cierto lo sea). Estas inquietudes, llevadas al extremo, desembocan en los genios malignos y en los cerebros en cubetas…

La epistemología, el ámbito de la filosofía consagrado al conocimiento, determina qué sabemos y cómo lo sabemos, e identifica en qué condiciones algo debe ser conocido para ser considerado conocimiento. Así entendida, puede concebirse como una respuesta al desafío del escepticismo; y su historia como las distintas tentativas de derrotar al escepticismo. A muchos autores les parece que ha habido pocos filósofos que hayan conseguido vencer al escepticismo mejor que Descartes. La posibilidad de que en el fondo no exista una vía de salida segura de la cubeta sigue proyectando una larga sombra sobre la filosofía.

La idea en síntesis: ¿somos cerebros envasados?



«¡Contemplad! Son seres humanos que viven en una guarida subterránea … Como nosotros … Sólo ven sus propias sombras, o las sombras de los demás, que el fuego proyecta en la pared de enfrente de la caverna.»

02 La caverna de Platón

«Imagina que toda tu vida has sido prisionero en una caverna. Tienes las manos y los pies encadenados, y la cabeza sujeta de modo que sólo puedes ver la pared que queda enfrente. Detrás de ti hay una llama, y entre tú y el fuego una pasarela por la que tus captores desplazan estatuas y todo tipo de objetos. Las sombras que proyectan en la pared estos objetos son lo único que tú y tus
compañeros de cautiverio habéis visto siempre, lo único de lo que habéis hablado y en lo que habéis pensado.»

De entre las muchas imágenes y analogías que utilizó el filósofo griego Platón, posiblemente el mito de la caverna sea la más célebre: aparece en el libro VII de La República, una obra monumental en la que investiga la forma del Estado ideal y su gobernante ideal, el filósofo rey. La justificación de Platón para dar las riendas del gobierno a los filósofos se encuentra en un pormenorizado estudio en torno de la verdad y el conocimiento, y en este contexto es donde interviene la alegoría de la caverna.

La concepción platónica del conocimiento y de sus objetos es compleja y se compone de muchos estratos, tal como evidencia el modo en que prosigue la parábola de la caverna.

« Ahora supón que te liberan de las cadenas y puedes andar por la cueva libremente. Aunque al principio el fuego te deslumbra, de forma progresiva vas reconociendo mejor la situación de la cueva y entendiendo el origen de las sombras que habías tomado por reales. Y finalmente se te permitirá salir de la caverna y asomarte al soleado mundo exterior, donde verás toda la realidad
iluminada por el cuerpo más brillante que hay en los cielos, el Sol.»

La interpretación de la caverna

 Se ha discutido mucho sobre la interpretación detallada de la caverna de Platón, pero el significado general está bastante claro. La caverna representa « el mundo de las apariencias» (el mundo visible de nuestra experiencia cotidiana, donde todo es imperfecto y constantemente cambiante). Los cautivos encadenados (que simbolizan la gente corriente) viven en un mundo de conjeturas e ilusión, mientras que el antiguo prisionero, libre para Platón, c. 376 a. C. deambular por el interior de la caverna, obtiene la visión más adecuada posible de la realidad en el seno del cambiante mundo de la percepción y la experiencia. En cambio, el exterior de la caverna representa « el mundo de las ideas» (el mundo inteligible de la verdad poblado de los objetos del
conocimiento, que es perfecto, eterno e inmutable).
La teoría de las Ideas Para Platón, lo que conocemos no sólo debe ser verdadero sino también perfecto e inmutable. Sin embargo nada en el mundo empírico (representado por la vida en el interior de la caverna) se adecúa a esta descripción: una persona alta es bajita al lado de un árbol; una manzana que parece roja al mediodía se ve negra al anochecer; y así ocurre con todo. Puesto que nada en el mundo empírico es un objeto de conocimiento, Platón propone que debe de existir otro reino (el mundo en el exterior de la caverna) de entidades perfectas e inmutables a las que llama « Ideas» (o Formas). Así, por ejemplo, sólo gracias a la virtud de copiar o imitar la Idea de la Justicia es justa toda acción concreta que sea justa. Como sugiere el mito de la caverna, entre las ideas existe una jerarquía, y gobernándolas a todas se encuentra la Idea de Dios (que representa el Sol), que brinda a las otras su sentido último e incluso subyace a su existencia.

El amor platónico

La Idea con que se asocia más comúnmente a Platón en la actualidad — el llamado amor platónico— surge de un modo natural del marcado contraste establecido en el mito de la caverna entre el mundo del intelecto y el mundo de los sentidos. La clásica afirmación de la idea de que el tipo de amor más perfecto se expresa no física sino intelectualmente se encuentra en otro célebre diálogo. El Banquete.

El problema de los universales 

La teoría de las ideas de Platón y la base metafísica que implica puede resultarnos exótica y excesivamente complicada, pero el problema que intenta resolver —el llamado « problema de los
universales» — ha sido, con variaciones, uno de los principales problemas de la filosofía desde siempre. En la Edad Media los bandos de la batalla se dividían entre los realistas (o platónicos) de un lado, quienes creían que universales como la condición de « ser de color rojo» y de « ser alto» existían con independencia de los objetos particulares rojos o altos; y los nominalistas por otro lado, quienes sostenían que tales cosas eran meros nombres o etiquetas que asociamos a objetos para establecer similitudes particulares entre ellos.

En la cultura popular

Existe un claro eco del platónico mito de la caverna en la obra de C. S. Lewis, el autor de las siete novelas fantásticas que forman Las crónicas de Narnia. Al final del último libro. La última batalla, los niños que protagonizan la historia atestiguan la destrucción de Narnia y escapan a las tierras de Aslan, un país maravilloso que reúne lo mejor de la antigua Narnia y de la Inglaterra que recuerdan. Los niños terminan descubriendo que están muertos y que han abandonado « la tierra de las sombras» , que no era más que una pálida imitación del mundo eterno e inmutable en el que ahora moran. A pesar del evidente mensaje cristiano que encierra la historia, la influencia de Platón es clara: se trata de uno de los innumerables ejemplos de la enorme (y a menudo inesperada) influencia del filósofo griego en la cultura, la religión y el arte occidentales.

La misma distinción fundamental, habitualmente expresada en términos de realismo y antirrealismo, sigue teniendo eco en muchos campos de la filosofía moderna. Así, una posición realista sostiene que existen entidades « fuera» del mundo —cosas físicas o actos éticos o propiedades matemáticas— que existen independientemente de nuestro conocimiento o de nuestra experiencia. A este punto de vista se opone el de otros filósofos, conocidos como antirrealistas, que plantean propuestas en las que existe una relación necesaria e interna entre las
cosas que conocemos y nuestro conocimiento de las mismas. Los términos fundamentales de todos estos debates los estableció hace 2 000 años Platón, uno de los primeros (y más concienzudos) realistas filosóficos.

En defensa de Sócrates Con su mito de la caverna Platón se propone hacer algo más que sacar a la luz sus puntos de vista particulares sobre la realidad y sobre nuestro conocimiento acerca de ella. Algo que queda claro al final de su mito.

Una vez ha ascendido al mundo exterior y reconocido la naturaleza de la verdad y la realidad últimas, el prisionero liberado está ansioso por volver a la caverna y sacar del error a sus antiguos compañeros ignorantes. Pero como ahora está acostumbrado al brillo de la luz del mundo exterior, al principio va dando traspiés, inmerso en la oscuridad de la caverna, y quienes siguen allí cautivos lo consideran un loco. Piensan que su viaje lo ha trastocado; se niegan a escucharle e incluso podrían terminar matándole si persiste. En este pasaje Platón alude al tópico de la complicada situación del filósofo —la burla y el rechazo— cuando intenta ilustrar a la gente corriente y orientarla hacia el conocimiento y la sabiduría. Y en particular se refiere al destino de su maestro, Sócrates (su portavoz en la República y en muchos otros de sus diálogos), quien rechazó a lo largo de toda su vida moderar sus enseñanzas filosóficas, y al que la ciudad de
Atenas terminó ejecutando en el año 399 a. C.

La idea en síntesis: el conocimiento en este mundo no es
más que una sombra

miércoles, 21 de diciembre de 2016

CÓMO PASAR A LA HISTORIA COMO UN CABRITO ¿QUIÉN PARIRÍA AL TAL SEMÓNIDES?



La mujer buena, según Hesíodo, tiene que compartir el trabajo con el hombre: y éste debe apreciar sus virtudes a la hora de la elección si no quiere equivocarse, puesto que la decisión es fundamental:

“Que no te haga perder la cabeza una mujer de trasero emperifollado que susurre requiebros mientras busca tu granero. Quien se fía de una mujer, se fía de ladrones.”

(HESÍODO, Trabajos y Días, 373-375. Trad. de A. Pérez Jiménez)

“En primer lugar procúrate casa, mujer y buey de labor, la mujer comprada, no desposada, para que también vaya detrás de los bueyes.”

(HESÍODO, Trabajos y Días, 405-6. Trad. de A. Pérez Jiménez)

“A madura edad llévate una mujer a tu casa, cuando ni te falte demasiado para los treinta años ni los sobrepases en exceso; ese es el matrimonio que te conviene. La mujer debe pasar cuatro años de juventud y al quinto casarse. Cásate con una doncella, para que le enseñes buenos hábitos. [Sobre todo, cásate con la que vive cerca de ti], fijándote muy bien en todo por ambos lados, no sea que te cases con el hazmerreír de los vecinos; pues nada mejor le depara la suerte al hombre que la buena esposa y, por el contrario, nada más terrible que la mala, siempre pegada a la mesa y que, por muy fuerte que sea su marido, le va requemando sin antorcha y le entrega a una vejez prematura.”

(HESÍODO, Trabajos y Días, 695-705. Trad. de A. Pérez Jiménez)


Para dejar completamente clara la forma de pensar de los griegos de la época arcaica Semónides escribió su famoso Catálogo de las mujeres. Este angelito vivió entre el siglo VII y VI a.C.

«De modo diverso la divinidad hizo el talante de la mujer desde un comienzo. A la una la sacó de la híspida cerda: en su casa está todo mugriento por el fango, en desorden y rodando por los suelos. Y ella sin lavarse y con vestidos sucios, revolcándose en estiércol se hincha de grasa.

A otra la hizo Dios de la perversa zorra, una mujer que lo sabe todo. No se le escapa inadvertido nada de lo malo ni de lo bueno. De las mismas cosas muchas veces dice que una es mala, y otras que es buena. Tiene un humor diverso en cada caso.

Otra, de la perra salió; gruñona e impulsiva, que pretende oírlo todo, sabérselo todo, y va por todas partes fisgando y vagando y ladra de continuo, aun sin ver nadie. No la puede contener su marido, por más que la amenace, ni aunque, irritado, le parte los dientes a pedradas, ni tampoco hablándole con ternura, ni siquiera cuando está sentada con extraños; sino que mantiene sin pausa su irrestañable ladrar.

A otra la moldearon los Olímpicos del barro, y la dieron al hombre como algo tarado. Porque ni el mal ni el bien conoce una mujer de esa clase. De las labores sólo sabe una: comer. Ni siquiera cuando Dios envía un mal invierno, por más que tirite de frío, acerca su banqueta al fuego.

Otra vino del mar. Ésta presenta dos aspectos. Un día ríe y está radiante de gozo. Cualquiera de fuera que la ve en su hogar la elogia: «No hay otra mujer más agradable que ésta ni más hermosa en toda la tierra.» Al otro día está insoportable y no deja que la vean ni que se acerque nadie; sino que está enloquecida e inabordable entonces, como una perra con cachorros. Es áspera con todos y motivo de disgusto resulta tanto a enemigos como a íntimos. Como el mar que muchas veces sereno y sin peligro se presenta, alegría grande a los marinos, en época de verano, y muchas veces enloquece revolviéndose en olas de sordo retumbar.

A éste es a lo que más se parece tal mujer en su carácter: al mar que es de índole inestable.

Otra procede del asno apaleado y gris, que a duras penas por la fuerza y tras los gritos se resigna a todo y trabaja con esfuerzo en lo que sea. Mientras tanto come en el establo toda la noche y todo el día, y come ante el hogar. Sin embargo, cuando se trata del acto sexual, acepta sin más a cualquiera que venga.

Y otra es de la comadreja, un linaje triste y ruín. Pues ésta no posee nada hermoso ni atractivo, nada que cause placer o amor despierte. Está que desvaría por la unión de Afrodita, pero al hombre que la posee le da náuseas. Con sus hurtos causa muchos daños a sus vecinos, y a menudo devora ofrendas destinadas al culto.

A otra la engendró una yegua linda de larga melena. Ésta evita los trabajos serviles y la fatiga, y no quiere tocar el mortero ni el cedazo levanta ni la basura saca fuera de su casa, ni siquiera se sienta junto al hogar para evitar el hollín. Por necesidad se busca un buen marido. Cada día se lava la suciedad hasta dos veces, e incluso tres, y se unta de perfumes. Siempre lleva su cabello bien peinado, y cardado y adornado con flores. Un bello espectáculo es una mujer así para los demás, para su marido una desgracia, de los que regocijan su ánimo con tales seres.

Otra viene de la mona. Ésta es, sin duda, la mayor calamidad que Zeus dio a los hombres. Es feísima de cara. Semejante mujer va por el pueblo como objeto de risa para toda la gente. Corta de cuello, apenas puede moverlo, va sin trasero, brazos y piernas secos como palos. ¡Infeliz, quienquiera que tal fealdad abrace! Todos los trucos y las trampas sabe como un mono y no le preocupa el ridículo. No quiere hacer bien a ninguno, sino que lo que mira y de lo que todo el día delibera es justo esto: cómo causar a cualquiera el mayor mal posible.

A otra la sacaron de la abeja. ¡Afortunado quien la tiene! Pues es la única a la que no alcanza el reproche, y en sus manos florece y aumenta la hacienda. Querida envejece junto a su amante esposo y cría una familia hermosa y renombrada. Y se hace muy ilustre entre todas las mujeres, y en torno suyo se derrama una gracia divina. Y no le gusta sentarse con otras mujeres cuando se cuentan historias de amoríos. Tales son las mejores y más prudentes mujeres que Zeus a los hombres depara.

Y las demás, todas ellas existen por un truco de Zeus, y así permanecen junto a los hombres. Pues éste es el mayor mal que Zeus creó: las mujeres. Incluso si parecen ser de algún provecho, resultan, para el marido sobre todo, un daño. Pues no pasa tranquilo nunca un día entero todo aquel que con mujer convive, y no va a rechazar rápidamente de su casa al hambre, odioso compañero del hogar, dios de mal temple. Cuando piensa un hombre gozar de mejor ánimo en su hogar, por gracia de los dioses o fortuna humana, encuentra ella un reproche y se arma para la batalla. Pues donde hay mujer no puede recibirse con agrado ni siquiera a un huésped que acude a la casa.

La que parece, en efecto, que es la más sensata, ésa resulta ser la que más ofende a su marido, y mientras anda él de pasmarote, sus vecinos se ríen a su costa, viendo cuánto se equivoca.

Cada uno hará elogios recordando a su propia mujer, y censuras cuando evoque a la de otro. ¡Y no advertimos que es igual nuestro destino! Porque éste es el mayor mal que Zeus creó, y nos lo echó en torno como una argolla irrompible, desde la época aquella en que Hades acogiera a los que por causa de una mujer se hicieron guerra.»

(SEMÓNIDES DE AMORGOS, 7 (7D). Trad. de C García Gual)