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martes, 23 de agosto de 2016

LA LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL (4º DIA)



CUARTO DÍA

Por todo lo visto, será evidente que del modo de vida estratégico sólo podría proceder un tipo de Cultura extremadamente austera. En efecto, los pueblos del Pacto de Sangre jamás se destacaron por otro valor cultural como no fuese la habilidad para la guerra. Es que estos pueblos, al principio, se comportaban como verdaderos extranjeros en la Tierra: ocupaban la región en que vivían, quizá durante siglos, pero siempre pensando en partir, siempre preparándose para la guerra, siempre desconfiando de la realidad del mundo y demostrando una hostilidad esencial hacia los Dioses extraños. No debe sorprender, pues, que fabricasen pocos utensilios y aún menos objeto suntuarios; sin embargo, aunque escasas, las cosas estaban perfeccionadas lo bastante como para recordar que se trataba de pueblos de constructores, dotados de hábiles artesanos; para comprobarlo no bastaría más que observar la producción de armas, en la que siempre sobresalieron: éstas sí se fabricaban en cantidad y calidad siempre creciente, siendo proverbial el temor y el respeto causado por ellas en los pueblos del Pacto Cultural que experimentaron la eficacia de su poder ofensivo.

Los pueblos del Pacto Cultural, contrariamente a los ocupantes de la tierra, creían en la propiedad del suelo, amaban al mundo, y rendían Culto a los Dioses propiciatorios: sus Culturas eran siempre abundantes en la producción de utensilios y artículos suntuarios y ornamentales. Entre ellos se aceptaba que el trabajo de la tierra era despreciable para el hombre, aunque se lo practicaba por obligación: su habilidad mayor estaba, en cambio, en el comercio, que les servía para difundir sus objetos culturales e imponer el Culto de sus Dioses. De acuerdo a sus creencias, el hombre había de resignarse a su suerte y tratar de vivir lo mejor posible en este mundo: tal la Voluntad de los Dioses, que no se debía desafiar. Y para complacer esa Voluntad, lo correcto era servir a sus representantes en la Tierra, los Sacerdotes y los Reyes del Culto: los Sacerdotes trasmitían al pueblo la Voz de los Dioses y suplicaban a los Dioses por la suerte del pueblo; paraban el brazo de los Reyes demasiado amantes de la guerra e intercedían por el pueblo cuando la exacción de impuestos se tornaba excesiva; eran los autores de la ley y a menudo distribuían la justicia; ¿qué males no se abatirían sobre el pueblo si los Sacerdotes no estuviesen allí para aplacar la ira de los Dioses? Por otra parte, según ellos no era necesario buscar la Sabiduría para progresar culturalmente y alcanzar un alto grado de civilización: bastaba con
procurar la perfección del conocimiento, por ejemplo, bastaba con superar el valor utilitario de un utensilio y luego estilizarlo hasta convertirlo en un objeto artístico o suntuario. La Sabiduría era propia de los Dioses y a éstos irritaba que el hombre invadiese sus dominios: el hombre no debía saber sino conocer y perfeccionar lo conocido, hasta que, en un límite de excelencia de la cosa, ésta condujese al conocimiento de otra cosa a la que también habría que mejorar, multiplicando de esta manera la cantidad y calidad de los objetos culturales, y evolucionando hacia formas cada vez más complejas de Cultura y Civilización.

Gracias a los Sacerdotes, pues, que condenaban la herejía de la Sabiduría pero aprobaban con entusiasmo la aplicación del conocimiento en la producción de objetos que hiciesen más placentera la vida del hombre, las civilizaciones de costumbres refinadas y lujos exquisitos contrastaban notablemente con el modo de vida austero de los pueblos del Pacto de Sangre.

Al principio esa diferencia, que era lógica, no causó ningún efecto en los pueblos del Pacto de Sangre, siempre desconfiados de cuanto pudiese debilitar su modo de vida guerrero: una caída se produciría, profetizaban los Guerreros Sabios, si permitían que las Culturas extranjeras contaminasen sus costumbres.

Esta certeza les permitió resistir durante muchos siglos, mientras en el mundo crecían y se extendían las civilizaciones del Pacto Cultural. No obstante, con el correr de los siglos, y por numerosos y variados motivos, los pueblos del Pacto de Sangre acabaron por sucumbir culturalmente frente a los pueblos del Pacto Cultural. Sin entrar en detalles, se puede considerar que dos fueron las causas principales de ese resultado. Por parte de los pueblos del Pacto de Sangre, una especie de fatiga colectiva que enervó la voluntad guerrera: algo así como el sopor que por momentos suele invadir a los centinelas durante una larga jornada de vigilancia; esa fatiga, ese sopor, esa debilidad volitiva, los fue dejando inermes frente al Enemigo. Por parte de los pueblos del Pacto Cultural, una diabólica Estrategia, lucubrada y pergeñada por los Sacerdotes, basada en la explotación de la Fatiga de Guerra mediante la tentación de la ilusión: así, se tentó a los pueblos del Pacto de Sangre con la ilusión de la paz, con la ilusión de la tregua,
con la ilusión del progreso cultural, con la ilusión de la comodidad, del placer, del lujo, del confort, etc.; quizá el arma más efectiva haya sido la tentación del amor de las bellas sacerdotisas, especialmente entrenadas para despertar las pasiones dormidas de los Reyes Guerreros.

Con la tentación de la ilusión, los Sacerdotes procuraban concertar alianzas de sangre entre los pueblos combatientes, sellar los “tratados de paz” con la consumación de bodas entre miembros de la nobleza reinante; naturalmente, como se trataba de apareamientos entre individuos del mejor linaje, y de la misma Raza, a menudo no ocurría la degradación de la Sangre Pura. ¿Qué buscaban, entonces, los Sacerdotes con tales uniones? Dominar culturalmente a los pueblos del Pacto de Sangre. Ellos tenían bien en claro que la Sangre Pura, por sí sola, no basta para mantener la Sabiduría si se carece de la voluntad espiritual de ser libre en el Origen, voluntad que se iba debilitando por la Fatiga de Guerra. La Sabiduría haría al Espíritu libre en el Origen y más poderoso que el Dios Creador; pero en este mundo, donde el Espíritu está encadenado al animal hombre, el Culto al Dios Creador acabaría dominando a la Sabiduría, sepultándola bajo el manto del terror y del odio. Una vez sometidos culturalmente, ya tendrían tiempo los Sacerdotes para degradar la Sangre Pura de los pueblos del Pacto de Sangre y para cumplir con su propio Pacto Cultural, es decir, para destruir las obras de los Atlantes blancos.

En mi pueblo, Dr. Siegnagel, las cosas ocurrieron de ese modo. Los Reyes, cansados de luchar y de esperar el regreso de los Dioses Liberadores, se dejaron tentar por la ilusión de una paz que les prometía múltiples ventajas: si se aliaban a los pueblos del Pacto Cultural accederían a su “avanzada” Cultura, compartirían sus costumbres refinadas, disfrutarían del uso de los más diversos objetos culturales, habitarían viviendas más cómodas, etc.; y las alianzas se sellarían con matrimonios convenientes, enlaces que dejarían a salvo la dignidad de los Reyes y no los obligarían a ceder, de entrada, la Sabiduría frente al Culto.

Ellos creían, ingenuamente, que estaban concertando una especie de tregua en la que nada perdían y con la que tenían mucho por ganar: y esa creencia, esa ceguera, esa locura, esa fatiga incomprensible, ese sopor, ese hechizo, fue la ruina de mi pueblo y la falta más grande al Pacto de Sangre con los Atlantes blancos, una Falta de Honor. ¡Oh, qué locura! ¡creer que podía reunirse en una sola mano el Culto y la Sabiduría! El resultado, el desastre diría, fue que los Sacerdotes atravesaron las murallas y se instalaron entre los Guerreros Sabios; allí intrigaron hasta imponer sus Cultos y conseguir que estos olvidasen la Sabiduría; y por último, se lanzaron ávidamente a rescatar las Piedras de Venus, las que remitían con presteza a la Fraternidad Blanca mediante mensajeros que viajaban a lejanas regiones. Sólo muy pocos Iniciados tuvieron el Honor y el Valor
de resistirse a tan repudiable claudicación y dispusieron los medios para preservar la Piedra de Venus y lo que se recordaba de la Sabiduría.

Entre tales Iniciados, se contó uno de mis remotos antepasados, quien engastó la Piedra de Venus en la guarnición de una espada de hierro: era aquélla un arma de imponente belleza y notable simbolismo; además de sostener la Piedra de Venus, el arriaz se quebraba hacia arriba en dos gavilanes de hierro que protegían la empuñadura y daban al conjunto forma de tridente invertido; la empuñadura, por su parte, era de un hueso blanco como el marfil, pero espiralado, y se afirmaba con convicción que pertenecía al cuerno del Barbo Unicornio, animal mítico que representaba al hombre espiritual; y el pomo, de hierro como la hoja, poseía también un par de gavilanes elevados, que formaban un segundo tridente invertido. En la Edad Media, como se verá, otros Iniciados le
grabaron en la hoja la inscripción “honor et mortis”. Pues bien, ese Iniciado estableció la ley de que aquella arma debía pertenecer solamente a los Reyes del linaje original, a los descendientes de los Atlantes blancos. Vanos fueron, en este caso, los intentos hechos por generaciones de Sacerdotes para deshacerse de la Espada Sabia, denominada así por el pueblo: como verá, se la conservó mientras se pudo, y luego, cuando ello ya no fue posible, se la mantuvo oculta hasta los
días de Lito de Tharsis, el antepasado que vino a América en 1534.

Lo repito: la locura de reunir en una sola Estirpe el Culto y la Sabiduría causó un desastre en los pueblos del Pacto de Sangre: la interrupción de la cadena iniciática. Ocurrió así que en un momento dado, cuando los Dioses del Culto se impusieron, se apagó la Voz de la Sangre Pura y los Iniciados perdieron la posibilidad de escuchar a los Dioses Liberadores: la voluntad de regresar al
Origen se había debilitado hacía tiempo y ahora carecían de orientación. Sin la Voz, y sin la orientación hacia el Origen, ya no había Sabiduría para transmitir, ya no se vería el Signo del Origen en la Piedra de Venus. Los Iniciados comprobaron, de pronto, que algo se había cortado entre ellos y los Dioses Liberadores. Y comprendieron, muy tarde, que el futuro de la misión y del Pacto de Sangre dependería como nunca de la lucha entre el Culto y la Sabiduría, pero de una lucha que desde entonces ya no se desarrollaría afuera sino adentro, en el campo de la sangre. 

¿Qué hicieron los Iniciados al comprobar esa realidad irreversible, las tinieblas que se abatían sobre el Espíritu, para contrarrestarla? Casi todos obraron del mismo modo. Partiendo del principio de que cuanto existe en este mundo es sólo una burda imitación de las cosas del Mundo Verdadero, y ante la imposibilidad de localizar el Origen y el Camino hacia el Mundo Verdadero, optaron por emplear los últimos restos de la Sabiduría para plasmar en las Estirpes de Sangre más Pura una “misión familiar” consistente en la comprensión inconsciente, con el Signo del Origen, de un Arquetipo. Hay que advertir lo modesto de este objetivo: los Antiguos Iniciados, los Guerreros
Sabios, eran capaces de “comprender a la serpiente, con el Signo del Origen”; y la serpiente es un Símbolo que contiene a Todos los arquetipos creados por el Dios del Universo, Símbolo que se comprendía conscientemente con el Signo increado del Origen. Ahora los Iniciados proponían, y no quedaban otras opciones, que una familia trabajase “a ciegas” sobre un Arquetipo creado, tratando de que el Símbolo del Origen presente en la sangre lo comprendiese casualmente algún día y revelase la Verdad de la Forma Increada.

En resumen Dr. Siegnagel, a ciertas Estirpes, por cuyas venas corre la sangre Divina de los Atlantes blancos, se les asignó una misión familiar, un objetivo a lograr con el paso de incontables generaciones que irían repitiendo perpetuamente un mismo drama, girando en torno de un mismo Arquetipo. Como el Alquimista revuelve el plomo, los miembros de la familia elegida repetirían incansablemente las pruebas establecidas por los antepasados, hasta que uno de ellos un día, girando un círculo recorrido mil veces bajo otros cielos, alcanzase a cumplir la misión familiar, purificando entonces su sangre astral. Se produciría así una trasmutación que le permitiría remontar la involución del Kaly Yuga o Edad Oscura, regresar al Origen y adquirir nuevamente la Sabiduría.

Es obvio aclarar que la misión familiar sería secreta y que actualmente es desconocida para los miembros de las Estirpes descendientes de los Atlantes blancos. La misión exigía el cumplimiento de una pauta específica cuyo contenido no tendría relación necesaria con las metas u objetivos de la comunidad cultural a la que pertenecía la Estirpe elegida; inclusive, según la Epoca, la pauta podría resultar incomprensible o simplemente chocar contra los cánones culturales en boga. Pero nada de esto importaría porque la misión estaba plasmada en la sangre familiar, en el árbol de la Estirpe, y las ramas descendientes irían tendiendo inevitablemente hacia la pauta, en un esfuerzo inconsciente y sobrehumano por superar la caída espiritual. Desde luego, la pauta específica describía el Arquetipo al que se tendría que comprender en la sangre, con el Símbolo del Origen, para trascenderlo y llegar hasta la Forma Increada. A algunas familias, por ejemplo, se les encomendó la perfección de una piedra, de un vegetal, de un animal, de un símbolo, de un color, de un sonido, de una función orgánica determinada o de un instinto, etc. La perfección de la cosa pautada requería penetrar en su íntima esencia hasta tocar los límites metafísicos, es decir, hasta ajustarse a la forma perfecta del Arquetipo creado: por consiguiente, considerando que el Arquetipo creado es sólo una mera copia de la Forma Increada, sería posible orientarse nuevamente hacia el Origen si se comprendía al Arquetipo con el Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura; y allí estaba la Sabiduría.

La misión familiar no culminaba, pues, con la simple aprehensión trascendente del Arquetipo creado sino que exigía su re-creación espiritual. Partiendo de una cualidad existente en el mundo, se volvería sobre ella una y otra vez, incansablemente, durante eones, hasta penetrar en la íntima esencia y concretar su perfección arquetípica: se re-crearía, entonces, a la cualidad en el Espirítu y se la comprendería con el Símbolo del Origen. Sólo así se daría la condición de la Existencia para el Espíritu, sólo así el Espíritu sería algo existente más allá de lo creado: no percibiendo la ilusión de lo creado sino recreando lo percibido en el Espíritu y comprendiéndolo con lo Increado. Al cumplir de ese modo con la misión familiar, la sangre astral, no la hemoglobina, sería purificada y haría posible una trasmutación que es propia de los Iniciados Hiperbóreos o Guerreros Sabios, la que transforma al hombre en un superhombre inmortal.

En el curso de esa vía no evolutiva, los convocados, los llamados a cumplir con la misión familiar, serán capaces de crear “mágicamente” varias cosas. Los Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura obtienen, por ejemplo, un vino mágico, soma, haoma o amrita; luego de una destilación milenaria del licor pautado, éste es incorporado a la sangre, recreado, como un néctar trasmutador. También la manipulación del sonido permite arribar a una armonía superior, a una música de las esferas; el Espíritu, vibrando en una nota única, om, recrea la esencia inefable del logos, el Verbo Creador. Y tanto aquel néctar como este sonido, u otras formas arquetípicas semejantes, pueden ser recreadas en el Espíritu y comprendidas por el Símbolo del Origen, comprendidas por lo Increado, abriendo así las puertas al Origen y a la Sabiduría.

Su familia, Dr. Siegnagel, fue destinada para producir una miel arquetípica, el zumo exquisito de lo dulce. Desde tiempos remotos, sus antepasados han trabajado todas las formas del azúcar, desde el cultivo hasta la refinación; desde las melazas más groseras hasta las mieles más excelentes. Un día se agotó el manejo empírico y un azúcar metafísico, es decir un Arquetipo, se incorporó a la
sangre astral de la familia, dando comienzo a un lento proceso de refinación interior que culmina en Ud. Hoy el azúcar metafísico ha sido ajustado a la perfección arquetípica y el esfuerzo de miles de antepasados se ha condensado en su persona: la dulzura buscada está en su Corazón. A Ud. le toca dar el último paso de la trasmutación, recrear ese azúcar arquetípico en el Espíritu, y comprenderlo con el Símbolo del Origen. Pero no soy Yo quien debe hablarle de esto, pues sus antepasados se harán presentes un día, todos juntos, y le reclamarán el cumplimiento de la misión.

sábado, 20 de agosto de 2016

LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL (2)



SEGUNDO DIA

Comenzaré por el Pacto de Sangre. El mismo significa que los Atlantes blancos mezclaron su sangre con los representantes de los pueblos nativos, que también eran de Raza blanca, generando las primeras dinastías de Reyes Guerreros de Origen Divino: lo eran, afirmarían luego, porque descendían de los Atlantes blancos, quienes a su vez sostenían ser Hijos de los Dioses. Pero los Reyes Guerreros debían preservar esa herencia Divina apoyándose en una Aristocracia de la Sangre y el Espíritu, protegiendo su pureza racial: es lo que harían fielmente durante milenios... hasta que la Estrategia enemiga operando a través de las Culturas extranjeras consiguió cegarlos o enloquecerlos y los llevó a quebrar el Pacto de Sangre. Y aquella falta al compromiso con los Hijos de los Dioses fue, como Ud. verá enseguida Dr., causa de grandes males. Desde luego, el Pacto de Sangre incluía algo más que la herencia genética. En primer lugar estaba la promesa de la Sabiduría: los Atlantes blancos habían asegurado a sus descendientes, y futuros representantes, que la lealtad a la misión sería recompensada por los Dioses Liberadores con la Más Alta Sabiduría, aquella que permitía al Espíritu regresar al Origen, más allá de las estrellas. Vale decir, que los Reyes Guerreros, y los miembros de la Aristocracia de la Sangre, se convertirían también en Guerreros Sabios, en Hombres de Piedra, como los Atlantes blancos, con sólo cumplir la misión y respetar el Pacto de Sangre; por el contrario, el olvido de la misión o la traición al Pacto de Sangre traerían graves consecuencias: no se trataba de un “castigo de los Dioses” ni de nada semejante, sino de perder la Eternidad, es decir, de una caída espiritual irreversible, más terrible aún que la que había encadenado el Espíritu a la Materia. “Los Dioses Liberadores, según la particular descripción que los Atlantes blancos hacían a los pueblos nativos, no perdonaban ni castigaban por sus actos; ni siquiera juzgaban pues estaban más allá de toda Ley; sus miradas sólo reparaban en el Espíritu del hombre, o en lo que había en él de espiritual, en su voluntad de abandonar la materia; quienes amaban la Creación, quienes deseaban permanecer sujetos al dolor y al sufrimiento de la vida animal, aquellos que, por sostener estas ilusiones u otras similares, olvidaban la misión o traicionaban el Pacto de Sangre, no afrontarían ¡no! ningún castigo: sólo era segura la pérdida de la eternidad... a menos que se considerase un ‘castigo’ la implacable indiferencia que los Dioses Liberadores exhiben hacia todos los Traidores”.

Con respecto a la Sabiduría, los pueblos nativos recibían en todos los casos una prueba directa de que podían adquirir un conocimiento superior, una evidencia concreta que hablaba más que las incomprensibles artes empleadas en las construcciones megalíticas: y esta prueba innegable, que situaba a los pueblos nativos por encima de cualquier otro que no hubiese hecho tratos con los Atlantes, consistía en la comprensión de la Agricultura y de la forma de domesticar y gobernar a las poblaciones animales útiles al hombre. En efecto, a la partida de los Atlantes blancos, los pueblos nativos contaban para sostenerse en su sitio, y cumplir la misión, con la poderosa ayuda de la Agricultura y de la Ganadería, sin importar qué hubiesen sido antes: recolectores, cazadores o simples guerreros saqueadores. El cercado mágico de los campos, y el trazado de las ciudades amuralladas, debía realizarse en la tierra por medio de un arado de piedra que los Atlantes blancos legaban a los pueblos nativos para tal efecto: se trataba de un instrumento lítico diseñado y construído por Ellos, del que no tenían que desprenderse nunca y al que sólo emplearían para fundar los sectores agrícolas y urbanos en la tierra ocupada. Naturalmente, ésta era una prueba de la Sabiduría pero no la Sabiduría en sí. ¿Y qué de la Sabiduría?, ¿cuándo se obtendría el conocimiento que permitía al Espíritu viajar más allá de las estrellas?

Individualmente dependía de la voluntad puesta en regresar al Origen y de la orientación con que esa voluntad se dirigiese hacia el Origen: cada uno podría irse en cualquier momento y desde cualquier lugar si adquiría la Sabiduría procedente de la voluntad de regresar y de la orientación hacia el Origen; el combate contra las Potencias de la Materia tendría que ser resuelto, en este caso, personalmente: ello constituiría una hazaña del Espíritu y sería tenido en alta estima por los Dioses Liberadores. Colectivamente, en cambio, la Sabiduría de la Liberación del Espíritu, la que haría posible la partida de todos los Guerreros Sabios hacia K'Taagar y, desde allí, hacia el Origen, sólo se obtendría cuando el teatro de operaciones de la Guerra Esencial se trasladase nuevamente a la Tierra: entonces los Dioses Liberadores volverían a manifestarse a los hombres para conducir a las Fuerzas del Espíritu en la Batalla Final contra las Potencias de la Materia. 

Hasta entonces, los Guerreros Sabios deberían cumplir eficazmente con la misión y prepararse para la Batalla Final: y en ese entonces, cuando fuesen convocados por los Dioses para ocupar su puesto en la Batalla, les tocaría a los Guerreros Sabios en conjunto demostrar la Sabiduría del Espíritu. Tal como afirmaban los Atlantes blancos, ello sería inevitable si los pueblos nativos cumplían su misión y respetaban el Pacto de Sangre pues, “entonces”, la Máxima Sabiduría coincidiría con la Más Fuerte Voluntad de regresar al Origen, con la Mayor Orientación hacia el Origen, con el Más Alto Valor resuelto a combatir contra las Potencias de la Materia, y con la Máxima Hostilidad Espiritual hacia lo no espiritual. Colectivamente, pues, la máxima Sabiduría se revelaría al final, durante la Batalla Final, en un momento que todos los Guerreros Sabios reconocerían simultáneamente ¿Cómo? la oportunidad sería reconocida directamente con la Sangre Pura, en una percepción interior, o mediante la “Piedra de Venus”.

A los Reyes Guerreros de cada pueblo aliado, es decir, a sus descendientes, los Atlantes blancos legaban también una Piedra de Venus, gema semejante a una esmeralda del tamaño del puño de un niño. Aquella piedra, que había sido traída a la Tierra por los Dioses Liberadores, no estaba facetada en modo alguno sino finamente pulida, mostrando sobre un sector de la superficie una ligera concavidad en cuyo centro se observaba el Signo del Origen. De acuerdo con lo que los Atlantes blancos revelaron a los Reyes Guerreros, antes de la caída del Espíritu extraterrestre en la Materia, existía en la Tierra un animal-hombre extremadamente primitivo, hijo del Dios Creador de todas las formas materiales: tal animal hombre poseía esencia anímica, es decir, un Alma capaz de alcanzar la inmortalidad, pero carecía del Espíritu eterno que caracterizaba a los Dioses Liberadores o al propio Dios Creador. Sin embargo, el animal hombre estaba destinado a obtener evolutivamente un alto grado de conocimiento sobre la Obra del Creador, conocimiento que se resumía en el Signo de la Serpiente; con otras palabras, la serpiente representaba el más alto conocimiento para el animal hombre. Luego de protagonizar el Misterio de la Caída, el Espíritu vino a quedar incorporado al animal hombre, prisionero de la Materia, y surgió la necesidad de su liberación. Los Dioses Liberadores, que en esto se mostraron tan terribles como el maldito Dios Creador Cautivador de los Espíritus, sólo atendían, como se dijo, a quienes disponían de voluntad de regresar al Origen y exhibían orientación hacia el Origen; a esos Espíritus valientes, los Dioses decían: “has perdido el Origen y eres prisionero de la serpiente: ¡con el Signo del Origen, comprende a la serpiente, y serás nuevamente libre en el Origen!”.

Así, pues, la Sabiduría consistía en comprender a la serpiente, con el Signo del Origen. De aquí la importancia del legado que los Atlantes blancos concedían por el Pacto de Sangre: la Sangre Pura, sangre de los Dioses, y la Piedra de Venus, en cuya concavidad se observaba el Signo del Origen. Esa herencia, sin duda alguna, podía salvar al Espíritu si “con el Signo del Origen se comprendía a la serpiente”, tal como ordenaban los Dioses. Pero concretar la Sabiduría de la Liberación del Espíritu no sería tarea fácil pues en la Piedra de Venus no estaba plasmado de ningún modo el Signo del Origen: sobre ella, en su concavidad, sólo se lo podía “observar”. Y lo veía allí solamente quien respetaba el Pacto de Sangre pues, en verdad, lo que existía como herencia Divina de los Dioses era un Símbolo del Origen en la Sangre Pura: el Signo del Origen, observado en la Piedra de Venus, era sólo el reflejo del Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura de los Reyes Guerreros, de los Guerreros Sabios, de lo Hijos de los Dioses, de los Hombres Semidivinos que, junto a un cuerpo animal y a un Alma material, poseían un Espíritu Eterno. Si se traicionaba el Pacto de Sangre, si la sangre se tornaba impura, entonces el Símbolo del Origen se debilitaría y ya no podría ser visto el Signo del Origen sobre la Piedra de Venus: se perdería así la posibilidad de “comprender a la serpiente”, la máxima Sabiduría, y con ello la oportunidad, la última oportunidad, de incorporarse a la Guerra Esencial. Por el contrario, si se respetaba el Pacto de Sangre, si se conservaba la Sangre Pura, entonces la Piedra de Venus podría ser denominada con justeza “espejo de la Sangre Pura” y quienes observasen sobre ella el Signo del Origen serían “Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura”, verdaderos Guerreros Sabios.

Los Atlantes blancos afirmaban que su avance continental estaba guiado directamente por un Gran Jefe Blanco al que llamaban Navután. Ese Jefe al que sólo ellos veían, y por el que expresaban un profundo respeto y veneración, tenía fama de haber sido quien reveló a los mismos Atlantes blancos el Signo del Origen. Naturalmente, el Signo del Origen sería incomunicable puesto que sólo puede ser visto por quien posee previamente, en su sangre, el Símbolo del Origen. La Piedra de Venus, el Espejo de la Sangre Pura, permitía justamente obtener afuera un reflejo del Símbolo del Origen: pero aquel reflejo, el Signo del Origen, no podía ser comunicado ni por Iniciación ni por ninguna otra función social si el receptor carecía de la herencia del Símbolo del Origen. Inclusive entre los Atlantes blancos hubo un tiempo en el que sólo unos pocos, individualmente, lograban conocer el Símbolo del Origen. La dificultad estribaba en la imposibilidad de establecer una correspondencia entre lo Increado y lo Creado: era como si la materia fuese impotente para reflejar lo Increado. De hecho, las Piedras de Venus habían sido modificadas estructuralmente por los Dioses Liberadores para que cumpliesen su función. Con el propósito de resolver este problema y de dotar a su Raza de la Más Alta Sabiduría, mayor aún que la Sabiduría Lítica conocida por ellos, Navután había descendido al Infierno. Por lo menos eso era lo que contaban los Atlantes blancos. Aquí, luchó contra las Potencias de la Materia pero no consiguió obligarlas a reflejar el Símbolo del Origen para que fuese visto por todos los miembros de su Raza. Al parecer fue Frya, su Divina Esposa, quien resolvió el problema: pudo expresar el Signo del Origen mediante la danza.

Todos los movimientos de la danza proceden del movimiento de las aves, de sus Arquetipos. El descubrimiento de Frya permitió a Navután comprender al Signo del Origen con la Lengua de los Pájaros y expresarlo del mismo modo. Mas no era ésta una lengua compuesta por sonidos sino por movimientos significativos que realizaban ciertas aves en conjunto, especialmente las aves zancudas, como la garza o la grulla, y las aves gallináceas como la perdiz, el pavo o el faisán: según Navután, para comprender al Signo del Origen se requerían exactamente “trece más tres Vrunas”, es decir, un alfabeto de dieciséis signos denominados Vrunas o Varunas.

Gracias a Navután y Frya, los Atlantes blancos eran Arúspices (de ave spicere), vale decir, estaban dotados para comprender el Signo del Origen observando el vuelo de las aves: la Lengua de los Pájaros representaba, para ellos, una victoria racial del Espíritu contra las Potencias de la Materia. Así se sintetizaría la Sabiduría de Navután: quien comprendiese el alfabeto de dieciséis Vrunas comprendería la Lengua de los Pájaros. Quien comprendiese la Lengua de los Pájaros comprendería el Signo del Origen. Quien comprendiese el Signo del Origen comprendería a la serpiente. Y quien comprendiese a la serpiente, con el Signo del Origen, podría ser libre en el Origen.

Es claro que los Atlantes blancos no confiaban en la perdurabilidad de la Lengua de los Pájaros, la que, a pesar de todo, transmitían a sus descendientes del Pacto de Sangre. Preveían que, de triunfar el Pacto Cultural de los Atlantes morenos, la lengua sagrada pronto sería olvidada por lo hombres; en ese caso, la única garantía de que al menos alguien individualmente consiguiese ver el Signo del Origen, estaría constituida por la Piedra de Venus. Con gran acierto, basaron en ella el éxito de la misión. Así, cuando los Atlantes blancos se despidieron de mis Antepasados, Dr. Siegnagel, les sugirieron un modo adecuado para asegurar el cumplimiento de la misión. Ante todo se debería respetar sin excepciones el Pacto de Sangre y mantener, para ello, una Aristocracia de la Sangre Pura. De esta Aristocracia, que comenzaba con los descendientes de los Atlantes blancos, ya se habían seleccionado los primeros Reyes y las Guerreras Sabias que custodiarían el Arado de Piedra y la Piedra de Venus: en efecto, al principio cada pueblo fue dividido exogámicamente en tres grupos, cada uno de los cuales tenía el derecho de emplear los instrumentos líticos y aportaba, para su custodia común, una Guerrera Sabia; ellas conservaban los instrumentos en el interior de una gruta secreta y, cuando debían ser utilizados, los transportaban las tres en conjunto; los tres grupos del pueblo, por supuesto, obedecían a un mismo Rey; con el correr de los siglos, a causa de la derrota cultural que luego expondré, la triple división del pueblo fue olvidada, aunque perduró por mucho tiempo la costumbre de confiar la custodia de los instrumentos líticos a las “Tres Guerreras Sabias” o Vrayas.

En consiguiente lugar, todos los Reyes y los Nobles de la Sangre serían Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura: la Iniciación sería a los dieciséis años, cuando se los enfrentaría con la Piedra de Venus y se trataría de que observasen en ella el Signo del Origen. Quien pudiese observarlo dispondría en ese mismo momento de la Sabiduría suficiente como para concretar la autoliberación del Espíritu y partir hacia el Origen. Mas, si el Guerrero Sabio era un Rey, o un Héroe que deseaba posponer su propia libertad espiritual en procura de la liberación de la Raza, dos serían los pasos a seguir. El primeroconsistía en cumplir la orden de los Dioses Liberadores y “comprender a la serpiente con el Signo del Origen”, comunicando luego la Sabiduría lograda a los restantes Iniciados. Una vez visto el Signo del Origen, el segundo paso del Iniciado exigía no apartar la atención de la Piedra de Venus porque en ella, sobre su concavidad, algún día se vería la Señal Lítica de K'Taagar, esto es, una imagen que señalaría el camino hacia la Ciudad de los Dioses Liberadores. Este principio daría lugar a una secreta institución entre los iberos, de la cual hablaré mucho posteriormente, la de los Noyos y las Vrayas, cuerpo de Iniciados consagrados a custodiar en todo tiempo y lugar a la Piedra de Venus y aguardar la manifestación del Símbolo del Origen.

Así fue como a los descendientes o aliados de los Atlantes blancos, que ejecutaban el primer paso en la comprensión de la serpiente, y la representaban ora con la forma real del reptil, ora abstractamente con la forma de la espiral, se los tomó universalmente por adoradores de los ofidios. Tal confusión fue empleada malignamente para adjudicar a los Guerreros Sabios toda suerte de actos e intenciones tenebrosas; con ese propósito el Enemigo asoció la serpiente a las ideas que más temor o repugnancia causaban en los pueblos ignorantes de la Tierra: la noche, la luna, las fuerzas demoníacas, todo lo que es reptante o subterráneo, lo oculto, etc. De ese modo, mediante una vulgarización calumniosa y malintencionada de sus actos, ya que nadie salvo los Iniciados conocían la existencia de la Piedra de Venus y del Signo del Origen, se consiguió culpar a los Guerreros Sabios de Magia Negra, es decir, de las artes mágicas más groseras, aquellas que se practican con el concurso de las pasiones del cuerpo y del Alma:¡Curiosa paradoja! ¡Los Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura acusados de Magia Negra y humanidad! ¡justamente Ellos que, por comprender a la serpiente, símbolo total del conocimiento humano, estaban fuera de lo humano!