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sábado, 20 de agosto de 2016

LA RELIGIÓN PROHIBIDA (5)


LA CREACION DEL HOMBRE

Casi todos los mitos religiosos nos relatan que el hombre “fue creado por Dios de barro”. La biblia lo dice claramente: “Y el señor Dios formó al hombre del polvo del suelo y sopló en sus narices el aliento de la vida, y el hombre vino a ser alma viviente”. Aquí se nos está diciendo que dios creó el cuerpo y el alma del hombre. Una parte física y material, el cuerpo de barro, y una parte anímica, el soplo del creador, llamado alma. Ahora bien, si el hombre fuera solamente un cuerpo y un alma sería como un animal, un animal más. Un poco más inteligente que otros, puede ser, pero internamente no sería muy diferente a un animal. Más
adelante veremos que el hombre, después de su supuesta “caída”, el hombre tal como lo conocemos ahora, es más que un cuerpo y un alma. Aunque dios creó el cuerpo y el alma hay otra cosa más. Hay un Espíritu increado, no creado por dios, que ha sido aprisionado, adosado, al alma del hombre. La biblia no lo dice, porque la biblia habla de lo creado por dios y dios creó el cuerpo y el alma. Pero el hombre tiene un cuerpo, un alma y un Espíritu, así lo sostienen los Gnósticos. Ese Espíritu, no creado por el dios creador, ¿De donde ha venido? ¿Por qué está allí?, ya lo iremos viendo en los próximos temas. El hombre en el Edén, en el “paraíso” donde fue colocado por dios, no sabía quien era, cumplía órdenes. Ponerles nombres a los animales, por ejemplo, ser una especie de administrador, de representante del dios creador. Allí, en ese “vergel” que dios había preparado para él, estaba como dormido, no sabía quien era ni de donde venía. El
hombre tomó conciencia de quien era, se encontró consigo,mismo, sólo después de lo que se llamó “pecado”, después de la Desobediencia, cuando comió el fruto prohibido y fue expulsado del paraíso. Ya lo veremos también más adelante. Dios creó el cuerpo y el alma, hemos dicho. Para los Gnósticos toda la creación es satánica, es mala, proviene de un satanás creador, de un demiurgo satánico. Entonces, no
sólo el cuerpo, sino también el alma del hombre son algo malo y satánico.


7. EL DIOS INCOGNOSCIBLE
Para los Gnósticos, por encima del dios creador del mundo y del hombre hay otro Dios. El dios creador no es el único dios. Hay por sobre él otro Dios, infinitamente superior y perfecto. Este Dios, incognoscible para el hombre, está fuera de toda esta creación infernal e impura. Ningún hombre puede conocer a este Dios a través de su cuerpo y de su alma, imperfectos y creados. Sólo el hombre que se ha liberado totalmente de eso puede tener una pequeña idea, un atisbo de intuición de lo que es ese Dios que está por fuera de este universo finito y limitado. Los antiguos griegos lo llamaban Theos Agnostos, el Dios Desconocido. Este Dios, es para los Gnósticos un Dios no solo desconocido sino imposible de conocer, es incognoscible, por lo menos con nuestra forma ordinaria de ser en este mundo. Con un cuerpo y un alma no podemos tener la
más pequeña idea de lo que es este Dios que está afuera de todo este sistema y que es infinitamente superior al dios creador. Un Dios imposible de conocer desde este cuerpo y alma, desde este universo creado de materia y tiempo. Este Dios no pertenece a un plano material sino a uno antimaterial. Es un Dios antimateria, aborrecedor del infierno de la materia creada, al que desde nuestro estado actual no podemos conocer, ni siquiera imaginar. Es un misterio para nosotros. Este Dios Incognoscible es como un fuego inconcebible e inefable. El es el Dios Verdadero. Pero este Dios Verdadero, normalmente inalcanzable, no puede manifestarse ni actuar en este universo impuro e imperfecto, en estas dimensiones infernales de la materia y el tiempo creados. Sólo en casos excepcionales el Dios Incognoscible puede penetrar en estas dimensiones, a través de algún Enviado suyo, a fin de producir algún cambio, generalmente pequeño, con gran sacrificio. Esto sucede sólo en muy raras ocasiones, cuando están dadas las condiciones aquí, raras ocasiones, cuando están dadas las condiciones aquí, en este infierno material.


8. CUERPO, ALMA Y ESPIRITU
La Gnosis sostiene que el hombre está formado por tres sustancias, por tres elementos: el cuerpo, el alma y el Espíritu. Vimos que el cuerpo y el alma han sido creados por el dios creador. Creó el cuerpo de barro y lo dotó de un alma mediante un soplo sobre la nariz del hombre. Tanto el cuerpo como el alma han sido creados por el demiurgo o dios creador.
Pero hay otro elemento en el hombre que es increado, que no ha sido creado por el dios creador. Un elemento que proviene de otro mundo, de otro reino, del reino incognoscible de la antimateria que en nuestro estado habitual no podemos siquiera imaginar. Esa chispa antimaterial sin la cual ningún ser humano hubiera evolucionado hasta llegar a ser lo que es ahora, es el Espíritu. Sin Él, ningún ser humano se hubiera diferenciado jamás del animal común. Esa chispa especial, increada, divina, proveniente del reino incognoscible, es denominada Espíritu por los gnósticos.
Según la Gnosis, este Espíritu, que no pertenece a este mundo, ha sido atraído y encadenado a la materia infernal, para utilizarlo, para usarlo como un agente impulsor de la evolución material. Se ha atrapado en cada hombre una chispa increada, para poner en marcha todo este proceso
evolucionario que está dentro de los planes del dios creador.
Se utilizan Espíritus divinos para impulsar la evolución en este plano de materia impura.
El Espíritu, totalmente antimaterial, está atrapado, encadenado, aprisionado en este infierno, y sufriendo un tormento que para nosotros es imposible de imaginar. Es esta una de las torturas más crueles que pueden existir, se halla amarrado a este mundo infernal de la materia, a ese engendro creado al que llamamos cuerpo-alma del hombre, el cual tiene su razón de ser dentro del Gran Plan del dios creador. El Espíritu se halla encadenado contra su voluntad y es utilizado en cada ser humano para impulsar su evolución, para el cumplimiento de los planes del dios creador. Es un terrible tormento para el Espíritu: aprisionado en contra de su voluntad, en un mundo que le es extraño e impuro, siendo usado como objeto descartable para el cumplimiento de una planificación demencial. Luego veremos esto con más detalle. En otras palabras, el Espíritu, la chispa antimateria increada, proveniente del reino incognoscible, está encerrado dentro de una burbuja, podemos decir así, de materia creada y está allí encadenado, crucificado en la materia.
Sostienen los Gnósticos que si no hubiera sido por la utilización del Espíritu, el hombre nunca hubiera dejado de ser un homínido. Nunca hubiera evolucionado como lo ha hecho. Vemos con qué rapidez en pocos miles de años evolucionó en forma tan acelerada, tan diferente a los millones
de años que vivió siendo poco más que un mono.
Tal es el poder que provee el Espíritu a este engendro creado, llamado cuerpo-alma. Este Espíritu está atado al alma, si el hombre muriera se retiraría el alma y se llevaría consigo el Espíritu atado a ella. No está atado al cuerpo, está comunicado al cuerpo a través del alma, su encadenamiento
es con el alma. El alma es el soplo del dios creador sobre el hombre, que lo convierte en “alma viviente”. El alma es lo anímico en el ser humano, no es algo inmensamente superior o infinito como es el Espíritu increado.
Sobre estos temas hay mucha confusión, por eso a través de esta descripción de las ideas Gnósticas estamos mostrando una postura diferente a las habituales, para que cada uno tenga al menos la opción de poder elegir algo que sea realmente distinto al resto.
El Espíritu está en este mundo pero no pertenece a este mundo. No pertenece a este mundo ilusorio de materia y tiempo. Podemos deducir que si esta chispa de fuego antimateria, el Espíritu, pudiera liberarse de su prisión, su comportamiento en este mundo sería de una inmensa agresividad.
Primero, porque es antimateria, aborrece la materia. Segundo, porque ha sido atrapado arteramente y encadenado contra su voluntad durante miles de años. Lógicamente que, en un nivel abstracto de razonamiento, si ese Espíritu pudiera liberarse, lo primero que haría sería destruir. Destruir todo lo que lo rodea en este mundo impuro, el mundo creado, el universo material del dios creador. No es un ser malo, sería un comportamiento normal en alguien
que ha sido confinado en una prisión, injustamente y contra su voluntad. Con engaños y contra su voluntad, dicen los Gnósticos. Aprisionado en un mundo que no le pertenece, en un mundo satánico de materia y tiempo.
Un dato interesante es que, en los comienzos del cristianismo, se sostenía la existencia de estas tres entidades en el hombre: cuerpo, alma y Espíritu. San Pablo, por ejemplo,
aceptaba eso. San Agustín también. Luego fue perdiéndose a través de los concilios y decisiones papales de la iglesia de Roma. Quedó como hoy lo conocemos: cuerpo y alma. Ahora parecería que el alma es lo divino en el hombre y no hay nada más. ¿Qué pasó con el Espíritu? Ha desaparecido. Llama la atención que haya ocurrido así. Luego volveremos sobre esto.

jueves, 18 de agosto de 2016

LUCHA ENTRE LA MATERIA Y EL ESPÍRITU (VISIÓN GNÓSTICA DE LA HISTORIA) I



LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL
UNA VISIÓN GNÓSTICA DE LA HISTORIA DE LA TIERRA Y LA HUMANIDAD
ENTRESACADO DEL LIBRO “BELICENA VILLCA” 
DE NIMROD DE ROSARIO


El Secreto, en síntesis, consiste en lo siguiente: la familia mantuvo oculto, mientras transcurrían catorce generaciones americanas, el Instrumento de un antiguo Misterio, tal vez del más antiguo Misterio de la Raza Blanca. Tal Instrumento permite a los Iniciados Hiperbóreos conocer el Origen extraterrestre de Espíritu humano y adquirir la Sabiduría suficiente como para regresar a ese Origen, abandonando definitivamente el demencial Universo de la Materia y la Energía, de las Formas Creadas. ¿Cómo llegó a nuestro poder ese Instrumento? En principio le diré que fue traído a América por mi antepasado Lito de Tharsis, quien desembarcó en Colonia Coro en 1534 y, pocos años después, fundó la rama tucumana de la Estirpe. Pero esto no responde a la pregunta. En verdad, para aproximarse a la respuesta directa, habría que remontarse a miles de años atrás, hasta la época de los Reyes de mi pueblo, de quienes Lito de Tharsis era uno de los últimos descendientes. Aquel pueblo, que habitaba la península ibérica desde tiempos
inmemoriales, lo denominaré, para simplificar, “ibero” en adelante, sin que ello signifique adherir a ninguna teoría antropológica o racial moderna: la verdad es que poco se sabe actualmente de los iberos pues todo cuanto a ellos se refería, especialmente a sus costumbres y creencias, fue sistemáticamente destruido u ocultado por nuestros enemigos. Ahora bien, en la Epoca en que conviene comenzar a narrar esta historia, los iberos se hallaban divididos en dos bando  irreconciliables, que se combatían a muerte mediante un estado de guerra permanente. Los motivos de esa enemistad no eran menores: se basaban en la práctica de Cultos esencialmente contrapuestos, en la adoración de Dioses Enemigos. Por lo menos esto era lo que veían los miembros corrientes de los pueblos combatientes. Sin embargo, las causas eran más profundas y los miembros de la Nobleza gobernante, Reyes y jefes, las conocían con bastante claridad. Según se susurraba en las cámaras más reservadas de las cortes, puesto que se trataba de un secreto celosamente guardado, había sido en los días posteriores al Hundimiento de la Atlántida cuando, procedentes del Mar Occidental, arribaron a los continentes europeo y africano grupo de sobrevivientes pertenecientes a dos Razas diferentes: unos eran blancos, semejantes a los miembros de mi pueblo, y los otros eran de tez más morena, aunque sin ser completamente negros como los africanos. Estos grupos, no muy numerosos, poseían conocimientos asombrosos, incomprensibles para los pueblos continentales, y poderes terribles, poderes que hasta entonces sólo se concebían como atributos de los Dioses. Así pues, poco les costó ir dominando a los pueblos que hallaban a su paso. Y digo “que hallaban a su paso” porque los 
Atlantes no se detenían jamás definitivamente en ningún lugar sino que constantemente avanzaban hacia el Este. Mas tal marcha era muy lenta pues ambos grupos se hallaban abocados a muy difíciles tareas, las que insumían mucho tiempo y esfuerzo, y para concretar las cuales necesitaban el apoyo de los pueblos nativos. En realidad, sólo uno efectuaba la tarea más “pesada” puesto que, luego de estudiar prolijamente el terreno, se dedicaba a modificarlo en ciertos lugares especiales mediante enormes construcciones megalíticas: menires, dólmenes, cromlechs, pozos, montes artificiales, cuevas, etc. Aquel grupo de “constructores” era el de Raza blanca y había precedido en su avance
al grupo moreno. Este último, en cambio, parecía estar persiguiendo al grupo blanco pues su desplazamiento era aún más lento y su tarea consistía en destruir o alterar mediante el tallado de ciertos signos las construcciones de aquellos.
Como decía, estos grupos jamás se detenían definitivamente en un sitio sino que, luego de concluir su tarea, continuaban moviéndose hacia el Este. Empero, los pueblos nativos que permanecían en los primitivos solares ya no podían retornar jamás a sus antiguas costumbres: el contacto con los Atlantes los había trasmutado culturalmente; el recuerdo de los hombres semidivinos procedentes del Mar Occidental no podría ser olvidado por milenios. Y digo esto para plantear el caso improbable de que algún pueblo continental hubiese podido permanecer indiferente tras su partida: realmente esto no podía ocurrir porque la partida de los Atlantes no fue nunca brusca sino cuidadosamente planificada, 
sólo concretada cuando se tenía la seguridad de que, justamente, los pueblos nativos se encargarían de cumplir con una “misión” que sería del agrado de los Dioses. Para ello habían trabajado pacientemente sobre las mentes dúctiles de ciertos miembros de las castas gobernantes, convenciéndolos sobre la conveniencia de convertirse en sus representantes frente al pueblo. Una oferta tal sería difícilmente rechazada por quien detente una mínima vocación de Poder pues significa que, para el pueblo, el Poder de los Dioses ha sido transferido a algunos hombres privilegiados, a algunos de sus miembros especiales: cuando el pueblo ha visto una vez el Poder, y guarda memoria de él, su ausencia posterior pasa inadvertida si allí se encuentran los representantes del Poder. Y sabido es que los regentes del Poder acaban siendo los sucesores del Poder. A la partida de los Atlantes, pues, siempre quedaban sus representantes, encargados de cumplir y hacer cumplir la misión que “agradaba a los Dioses”.
¿Y en qué consistía aquella misión? Naturalmente, tratándose del compromiso contraído con dos grupos tan diferentes como el de los blancos o los morenos Atlantes no podía referirse sino a dos misiones esencialmente opuestas. No describiré aquí los objetivos específicos de tales “misiones” pues serían absurdas e incomprensibles para Ud. Diré, en cambio, algo sobre las formas generales con que las misiones fueron impuestas a los pueblos nativos.
No es difícil distinguir esas formas e, inclusive, intuir sus significados, si se observan los hechos con la ayuda del siguiente par de principios. En primer lugar, hay que advertir que los grupos de Atlantes desembarcados en los continentes luego del “Hundimiento de la Atlántida” no eran meros sobrevivientes de una catástrofe natural, algo así como simples náufragos, sino hombres procedentes de una guerra espantosa y total: el Hundimiento de la Atlántida es, en rigor de la verdad, sólo una consecuencia, el final de una etapa en el desarrollo de un conflicto, de una Guerra Esencial que comenzó mucho antes, en el Origen extraterrestre del Espíritu humano, y que aún no ha concluido. Aquellos hombres, entonces, actuaban regidos por las leyes de la guerra: no efectuaban ningún movimiento que contradijese los principios de la táctica, que pusiese en peligro la Estrategia de la Guerra Esencial.
La Guerra Esencial es un enfrentamiento de Dioses, un conflicto que comenzó en el Cielo y luego se extendió a la Tierra, involucrando a los hombres en su curso: en el teatro de operaciones de la Atlántida sólo se libró una Batalla de la Guerra Esencial; y en el marco de las fuerzas enfrentadas, los grupos de Atlantes que he mencionado, el blanco y el moreno, habían intervenido como planificadores o estrategas de su bando respectivo. Es decir, que ellos no habían sido ni los jefes ni los combatientes directos en la Batalla de la Atlántida: en la guerra moderna sus funciones serían las propias de los “analistas de Estado Mayor”...; salvo que aquellos “analistas” no disponían de las elementales computadoras electrónicas programadas con “juegos de guerra”, como los modernos, sino de un instrumento incomparablemente más perfecto y temible: el cerebro humano especializado hasta el extremo de sus posibilidades. En resumen, cuando se produce el desembarco continental, una fase de la Guerra Esencial ha terminado: los jefes se han retirado a sus puestos de comando y los combatientes directos, que han sobrevivido al aniquilamiento mutuo, padecen diversa suerte: algunos intentan reagruparse y avanzar hacia una vanguardia que ya no existe, otros creen haber sido abandonados en el frente de batalla, otros huyen en desorden, otros acaban por extraviarse o terminan olvidando la Guerra Esencial. En resumen, y empleando ahora el lenguaje con que los Atlantes blancos hablaban a los pueblos continentales, “los Dioses habían dejado de manifestarse a los hombres porque los hombres habían fallado una vez más: no resolvieron aquí el conflicto, planteado a escala humana, dejando que el problema regresase al Cielo y enfrentase nuevamente a los Dioses. Pero los Dioses se habían enfrentado por razón del hombre, porque unos Dioses querían que el Espíritu del hombre regresase a su Origen, más allá de las estrellas, mientras que otros pretendían mantenerlo prisionero en el mundo de la materia”.
Los Atlantes blancos estaban con los Dioses que querían liberar al hombre del Gran Engaño de la Materia y afirmaban que se había luchado reciamente por alcanzar ese objetivo. Pero el hombre fue débil y defraudó a sus Dioses Liberadores: permitió que la Estrategia enemiga ablandase su voluntad y le mantuviese sujeto a la Materia, impidiendo así que la Estrategia de los Dioses Liberadores consiguiese arrancarlo de la Tierra. Entonces la Batalla de la Atlántida concluyó y los Dioses se retiraron a sus moradas, dejando al hombre prisionero de la Tierra pues no fue capaz de comprender su miserable situación ni dispuso de fuerzas para vencer en la lucha por la libertad espiritual. Pero Ellos no abandonaron al hombre; simplemente, la Guerra ya no se libraba en la Tierra: un día, si el hombre voluntariamente reclamaba su lugar en el Cielo, los Dioses Liberadores retornarían con todo su Poder y una nueva oportunidad de plantear la Batalla sería aprovechada; sería esta vez la Batalla Final, la última oportunidad antes de que los Dioses regresasen definitivamente al Origen, más allá de las estrellas; entretanto, los “combatientes directos” por la libertad del Espíritu que se reorientasen en el teatro de la Guerra, los que recordasen la Batalla de la Atlántida, los que despertasen del Gran Engaño, o los buscadores del Origen, deberían librar en la Tierra un durísimo combate personal contra las Fuerzas Demoníacas de la Materia, es decir, contra fuerzas enemigas abrumadoramente superiores... y vencerlas con voluntad heroica: sólo así serían admitidos en el “Cuartel General de los Dioses”.
En síntesis, según los Atlantes blancos, “una fase de la Guerra Esencial había finalizado, los Dioses se retiraron a sus moradas y los combatientes estaban dispersos; pero los Dioses volverían: lo probaban las presencias atlantes allí, construyendo y preparando la Tierra para la Batalla Final. En la Atlántida, los Atlantes morenos fueron Sacerdotes que propiciaban un culto a los Dioses Traidores al Espíritu del hombre; los Atlantes blancos, por el contrario, pertenecían a una casta de Constructores Guerreros, o Guerreros Sabios, que combatían en el bando de los Dioses Liberadores del Espíritu del hombre, junto a las castas Noble y Guerrera de los hombres rojos y amarillos, quienes nutrieron las filas de los ‘combatientes directos’. Por eso los Atlantes morenos intentaban destruir sus obras: porque adoraban a las Potencias de la Materia y obedecían el designio con que los Dioses Traidores encadenaron el Espíritu a la naturaleza animal del hombre”.
Los Atlantes blancos provenían de la Raza que la moderna Antropologíadenomina “de cromagnón”. Unos treinta mil años antes, los Dioses Liberadores, que por entonces gobernaban la Atlántida, habían encomendado a esta Raza una misión de principio, un encargo cuyo cumplimiento demostraría su valor y les abriría las puertas de la Sabiduría: debían expandirse por todo el mundo y exterminar al animal hombre, al homínido primitivo de la Tierra que sólo poseía
cuerpo y Alma, pero carecía de Espíritu eterno, es decir, a la Raza que la Antropología ha bautizado como de “neanderthal”, hoy extinguida. Los hombres de Cromagnón cumplieron con tal eficiencia esa tarea, que fueron recompensados por los Dioses Liberadores con la autorización para reagruparse y habitar en la Atlántida. Allí adquirieron posteriormente el Magisterio de la Piedra y fueron conocidos como Guardianes de la Sabiduría Lítica y Hombres de Piedra. Así, cuando digo que “pertenecían a una casta de Constructores Guerreros”, ha de entenderse “Constructores en Piedra”, “Guerreros Sabios en la Sabiduría Lítica”. Y esta aclaración es importante porque en su Ciencia sólo se trabajaba con piedra, vale decir, tanto las herramientas, como los materiales de su Ciencia, consistían en piedra pura, con exclusión explícita de los metales. “Los metales, explicarían luego a los iberos, representaban a las Potencias de la Materia y debían ser cuidadosamente evitados o manipulados con mucha cautela”. Al transmitir la idea de que la esencia del metal era demoníaca, los Atlantes blancos buscaban evidentemente infundir un tabú en los pueblos aliados; tabú que, por lo menos en caso del hierro, se mantuvo durante varios
miles de años. Inversamente los Atlantes morenos, sin dudas por su particular relación con las Potencias de la Materia, estimulaban a los pueblos que les eran adictos a practicar la metalurgia y la orfebrería, sin restricciones hacia ningún metal.
Y éste es el segundo principio que hay que tener presente, Dr. Arturo Siegnagel: los Atlantes blancos encomendaron a los iberos que los habían apoyado en las construcciones megalíticas una misión que puede resumirse en la siguiente forma: proteger las construcciones megalíticas y luchar a muerte contra los aliados de los Atlantes morenos. Estos últimos, por su parte, propusieron a los iberos que los secundaban una misión que podría formularse así: “destruir las construcciones megalíticas; si ello no fuese posible, modificar las formas de las piedras hasta neutralizar las funciones de los conjuntos; si ello no fuese posible, grabar en las piedras los signos
arquetípicos de la materia correspondientes con la función a neutralizar; si ello no fuese posible, distorsionar al menos el significado bélico de la construcción convirtiéndola en monumento funerario; etc.”; y: “combatir a muerte a los aliados de los Atlantes blancos”. Como dije antes, luego de imponer estas “misiones” los Atlantes continuaban su lento avance hacia el Este; los blancos siempre seguidos a prudente distancia por los morenos. Es por eso que los morenos tardaron miles de años en alcanzar Egipto, donde se asentaron e impulsaron una civilización que duró otros tantos miles de años y en la cual oficiaron nuevamente como Sacerdotes de las Potencias de la Materia. Los Atlantes blancos, en tanto, siguieron siempre hacia el Este, atravesando Europa y Asia por una ancha franja que limitaba en el Norte con las regiones árticas, y desapareciendo misteriosamente al fin de la pre-Historia: sin embargo, tras de su paso, belicosos 
pueblos blancos se levantaron sin cesar, aportando lo mejor de sus tradiciones guerreras y espirituales a la Historia de Occidente.
Mas ¿a dónde se dirigían los Atlantes blancos? A la ciudad de K'Taagar o Agartha, un sitio que, conforme a las revelaciones hechas a mi pueblo, era el refugio de algunos de los Dioses Liberadores, los que aún permanecían en la Tierra aguardando la llegada de los últimos combatientes. Aquella ignota ciudad había sido construida en la Tierra hacía millones de años, en los días en que los Dioses Liberadores vinieron de Venus y se asentaron sobre un continente al que nombraron “Hiperbórea” en recuerdo de la Patria del Espíritu. En verdad, los Dioses Liberadores afirmaban provenir de “Hiperbórea”, un Mundo Increado, es decir, no creado por el Dios Creador, existente “más allá del Origen”: al Origen lo denominaban Thule y, según Ellos, Hiperbórea significaba “Patria del Espíritu”. Había, así, una Hiperbórea original y una Hiperbórea terrestre; y un centro isotrópico Thule, asiento del Gral, que reflejaba al Origen y que era tan inubicable como éste. Toda la Sabiduría espiritual de la Atlántida era una herencia de Hiperbórea y por eso los Atlantes blancos se llamaban a sí mismos “Iniciados Hiperbóreos”. La mítica ciudad de Catigara o Katigara, que figura en todos los mapas anteriores al descubrimiento de América situada “cerca de China”, no es otra que K'Taagar, la morada de los Dioses Liberadores, en la que sólo se permite entrar a los Iniciados Hiperbóreos o Guerreros Sabios, vale decir, a los Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura. Finalmente, los Atlantes partieron de la península ibérica. ¿Cómo se aseguraron que las “misiones” impuestas a los pueblos nativos serían cumplidas en su ausencia? Mediante la celebración de un pacto con aquellos miembros del pueblo que iban a representar el Poder de los Dioses, un pacto que de no ser cumplido arriesgaba algo más que la muerte de la vida: los colaboradores de los Atlantes morenos ponían en juego la inmortalidad del Alma, en tanto que los seguidores de los Atlantes blancos respondían con la eternidad del Espíritu. Pero ambas misiones, tal como dije, eran esencialmente diferentes, y los acuerdos en que se fundaban, naturalmente, también lo eran: el de los Atlantes blancos fue un
Pacto de Sangre, mientras que el de los Atlantes morenos consistió en un Pacto Cultural.
Evidentemente, Dr. Siegnagel, esta carta será extensa y tendré que escribirla en varios días. Mañana continuaré en el punto suspendido del relato, y haré un breve paréntesis para examinar los dos Pactos: es necesario, pues de allí surgirán las claves que le permitirán interpretar mi propia historia.

viernes, 12 de agosto de 2016

LA GNOSIS : FILOSOFÍA Y RELIGIÓN PROHIBIDAS


No podemos pensar que sabemos algo, si antes no hemos leído e investigado todas las posibles fuentes de conocimiento, que la humanidad ha tenido o ha recibido.
LA GONOSIS, un saber oculto y perseguido como hereje durante siglos por las Iglesias y filósofos occidentales, se remonta, por lo menos a unos tiempos tan lejanos que es un conocimiento anterior a cualquier otro sobre la Tierra.
Algunos autores nos la presentan como recibida y salvada por los Atlantes que sobrevivieron al hundimiento de la Atlántida. Es curioso comprobar que Platón, que conocía la historia de aquel continente, muestre también en sus diálogos indicios o insinuaciones que constituyen parte del saber esotérico que los griegos conocían. Uno de los requisitos de este saber antiguo y subterráneo era el secreto, pues este conocimiento ha sido perseguido y rechazado desde la prehistoria.
Como no soy especialista en la materia, lo iremos aprendiendo juntos. No se trata de creer o no creer; se trata de conocer otra versión tan válida como la ortodoxa. Las primeras nociones, que nos permitirán posteriormente, profundizar en el tema, pertenecen al libro "La religión prohibida", de Herrou Aragón, Jose María. Está Internet, en formato PDF para bajar con Adobe y también en formato e-Book.

1. LA GNOSIS PRIMORDIAL
La Gnosis Primordial es un conocimiento, una sabiduría. Gnosis significa eso: conocimiento. Pero no nos referimos a un conocimiento cualquiera. La Gnosis es un conocimento muy especial. Es un conocimiento que produce una inmensa transformación en quien lo recibe. Un conocimiento capaz nada menos que de despertar y liberar Espiritualmente a quien lo obtenga. Su propósito es ese: echar luz sobre la situación humana, tratando de despertar a los hombres y ayudarlos a escapar de la prisión en que se encuentran. Por eso este conocimiento ha sido tan perseguido a lo largo de la historia, porque es un conocimiento considerado peligroso por los poderes religiosos y políticos que rigen desde las sombras a la humanidad. Por esa razón
la Gnosis siempre ha permanecido oculta. La gnosis es un conocimiento secreto, sólo accesible al buscador que se haga merecedor de ella. Las distintas religiones en la historia humana han tratado que los seres humanos permanecieran ignorantes de este saber, de este tipo de conocimiento llamado Gnosis. Ya veremos por qué.
Lo que llamo yo Gnosis Primordial es la forma pura de la Gnosis. Es siempre la misma y nunca cambiará, mientras no cambie la situación Espiritual en que se encuentra el hombre y todo lo que llamamos “creación” o “mundo”. Las pocas veces que la Gnosis Primordial apareció abiertamente en la historia, no lo hizo en su forma pura, sino adaptándose a las características culturales e históricas del lugar y de la época. Por lo tanto, la Gnosis Primordial ha estado siempre detrás de casi todos los sistemas teológicos y filosóficos que han sido tachados de heréticos, prohibidos, perseguidos y forzados a ocultarse. Escudriñando en estos conocimientos prohibidos, es posible recuperar las piezas necesarias que nos permitan reconstruir la estructura completa de lo que es la Gnosis Primordial. Y si ese saber fuera descubierto y puesto por escrito, ese libro sería extremadamente poderoso y terrible. Sería el texto más peligroso del mundo, capaz de despertar y liberar a quienes lo lean y estudien. Un libro así, sería un objeto extraño dentro de este mundo creado, algo no elaborado aquí, sino venido de afuera, de otro mundo totalmente distinto a este.También sería capaz de sobrevivir a las llamas y al tiempo. A lo largo de este trabajo, trataré de aproximarme lo mejor posible a lo que fue y es la Gnosis Primordial, el saber Gnóstico en su forma pura.