miércoles, 4 de enero de 2017

50 COSAS QUE HAY QUE SABER DE FILOSOFÍA (IX)


19 La regla de oro


«La cuestión es si a todos los americanos deben reconocérseles los mismos derechos y las mismasoportunidades, si vamos a tratar a nuestros conciudadanos americanos como nos gustaría que nostrataran a nosotros. Si un americano, por el hecho de tener la piel oscura, no puede tomar su almuerzo en un restaurante, ni llevar a sus hijos a la mejor escuela posible, ni votar a los funcionarios públicos que lo representarán, si, en resumidas cuentas, no puede
disfrutar plena y libremente de la vida que todos nosotros queremos, ¿a quién
de nosotros le gustaría entonces que le cambiaran el color de la piel y ocupar su
lugar? ¿A quién de nosotros le complacería la paciencia y la espera?»

En junio de 1963, en una época en que la tensión y el odio raciales en Estados Unidos estaban desembocando en violencia y en constantes manifestaciones, el presidente John F. Kennedy habló al pueblo americano oponiéndose con firmeza a la segregación y a la discriminación raciales. Su discurso se centraba en la apelación a uno de los principios morales más fundamentales y ubicuos, la llamada « regla de oro» .

Encapsulada en el dicho « No hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti» , la noción que subyace a esta regla parece ser fundamental para el sentido moral de la mayoría de los seres humanos y la encontramos con distintas formas en prácticamente todas las tradiciones morales y religiosas.

Muy pocos filósofos han conseguido evitar invocar la regla de oro o por lo menos señalar su relación con los principios de sus propias teorías. Aunque Kant afirmara que la regla de oro carecía del rigor necesario para establecerse como ley universal, existen evidentes similitudes con ella en la formulación más célebre de su imperativo categórico: « Actúa sólo de acuerdo con una máxima que puedas considerar simultáneamente como una ley universal»
En el otro extremo del espectro filosófico, J. S. Mill reivindicaba la regla de oro para el utilitarismo, afirmando que « En la regla de oro de Jesús el Nazareno, encontramos el espíritu propio de la ética de la utilidad» 
Podemos hallar un ejemplo más reciente en el prescriptivismo, la teoría ética desarrollada por R. M. Hare, quien propone que la noción de « lo universalizable» —evidentemente una variante de la regla de oro— constituye una propiedad esencial de los juicios morales.

Oportunistas e hipócritas

Los oportunistas son primos hermanos de quienes se burlan de la regla de oro (todos aquellos a los que les gusta hacer cosas que no les gusta que les hagan): su propósito consiste en disfrutar del beneficio de lo que se ha hecho pero sin incurrir en los riesgos del hacer. Por ejemplo, los trabajadores que no se sindican pero se benefician de un aumento de salario gracias a las acciones del sindicato; o los países que no toman ninguna medida para reducir sus emisiones de carbono pero se benefician de las acciones colectivas internacionales para reducir el calentamiento global. En estos casos el problema consiste en que tal vez ser un oportunista sea racional individualmente, en atención sólo a nuestro propio interés, pero si muchas personas razonaran del mismo modo no se conseguiría ninguno de los beneficios deseados. ¿Es adecuado entonces usar la coerción? ¿Es adecuado respetar a los miembros del sindicato que abogan por la afiliación obligatoria, o promover acuerdos internacionales vinculantes, respaldados por la amenaza de sanciones o de otras medidas de fuerza?

Otros parientes cercanos de los que no respetan la regla de oro son los hipócritas, quienes se toman la libertad de no comportarse como deberían al no practicar lo que predican: el párroco adúltero que exalta la santidad del matrimonio; el político que acepta un soborno mientras abomina de la indecencia financiera. Como ocurre con todas las violaciones de la regla de oro, la principal objeción en estos casos es la incoherencia: entre las opiniones que sostiene la gente y las convicciones que parece sugerir su comportamiento; entre la importancia que pretenden atribuir a ciertas proposiciones y la indiferencia que cabe deducir de sus acciones.

«Así que trata a los demás como te gustaría que te trataran a
ti, pues ello resume la ley y los profetas.»
Jesucristo, c. 30 d. C.

Observadores ideales y espectadores imparciales
«No desees a los otros lo
que no deseas para ti mismo
… Si deseas
reconocimiento, ayuda a los
otros a conseguirlo; si
deseas éxito, ayuda a los
otros a alcanzarlo.»
Confucio, c. 500 a. C.

La universalidad de la regla de oro —la razón de que se dé de una forma u otra en prácticamente todos los sistemas éticos filosóficos o religiosos— se debe en parte a su pura generalidad. Así, de acuerdo con los gustos y las necesidades particulares, se considera que sus rasgos dominantes son, entre otros, la reciprocidad, la imparcialidad y la universalidad. El carácter proteico de la regla ha implicado (casi) siempre la posibilidad de que aparezca de formas muy variadas en muchos sistemas distintos.

Una de sus versiones más influyentes es la del « observador ideal» . El supuesto en este caso consiste en que distintos factores como la ignorancia, la toma de partido por los amigos y la falta de simpatía hacia los extraños corrompen nuestros instintos puros e indomables. Como antídoto, se introduce a un observador ideal (o idealizado) cuya visión no está enturbiada por estas interferencias, y que así proporciona un criterio moral adecuado.

Uno de los desarrollos más célebres de esta noción es el « observador imparcial e informado» propuesto por el filósofo y economista escocés Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales de 1759. El espectador es la voz de la conciencia interior, « el hombre que hay en el interior de nuestros corazones, el gran juez y árbitro» de nuestra conducta; su jurisdicción se basa « en el deseo de poseer las cualidades y realizar los actos que amamos y admiramos en los demás; y en el horror de poseer las cualidades y realizar los actos que odiamos y despreciamos
en los demás» .
«La regla de oro es un buen criterio que puede mejorar
haciendo por los otros cualquier cosa razonable que quisieran
que hiciéramos por ellos.»
Karl Popper, 1945

Comprender la regla de oro 

A pesar de su atractivo inmediato, no está claro hasta qué punto la regla de oro puede brindarnos de hecho una guía práctica. Su perfecta simplicidad, aunque constituye uno de sus principales atractivos, la hace muy vulnerable a las críticas. Las personas disfrutan de modos muy distintos; la mayoría no masoquista debería desconfiar del masoquista que se atuviera rigurosamente a la regla. Además, cuando intentamos definir y precisar la regla, corremos el riesgo de sustraerle toda su fuerza. Podríamos desear especificar el contexto y las circunstancias de aplicación de la regla, pero cuando especificamos tanto la regla empieza a perder la universalidad, que constituye una parte muy importante de su interés.

La regla de oro encierra en su seno una demanda de consistencia, pero el egoísta puede perseguir de forma consistente su propio interés, y el hecho de que recomiende a los demás actuar del mismo modo no comporta ninguna inconsistencia.

En vez de considerar la regla de oro como una panacea moral (como algunos han pretendido), es más provechoso considerarla como un ingrediente esencial, una parte necesaria de los fundamentos de nuestro pensamiento ético: una demanda no sólo de consistencia sino de imparcialidad; la exigencia de intentar ponemos en el lugar del otro imaginariamente, de dispensar a los otros el mismo respeto y comprensión que esperamos recibir de ellos. Como tal, la regla de oro es un valioso antídoto a una especie de miopía moral que a menudo afecta a las personas cuando están en juego sus propios intereses.

La idea en síntesis: no hagas lo que no te gustaría que te hicieran

20 Actos y omisiones

«El nivel del agua ya llega por encima del pecho de los espeleólogos y sube cada vez más deprisa. Si el equipo de rescate no interviene enseguida, los ocho hombres morirán en menos de media hora. Pero ¿qué puede hacer el equipo de rescate? No hay modo de sacar a los hombres a tiempo, ni de detener el flujo de agua. La única opción es desviar el agua hacia una gruta menor cercana. Pero en ella se encuentran los dos espeleólogos que se han separado del grupo principal atrapado: y están a salvo, esperando pacientemente que los rescaten. Desviar el curso del agua inundará la gruta menor en unos minutos y los dos hombres que están allí se ahogarán. ¿Qué debe hacer el equipo de rescate, pues? ¿Cruzarse de brazos y dejar morir a los ocho hombres, o salvar sus vidas al precio de las de sus dos colegas espeleólogos?»

Un dilema horrible y difícil de resolver. Supongamos que sólo existen dos posibilidades: desviar el flujo de agua, lo cual representa una intervención deliberada que causa la muerte de dos personas que de otro modo conservarían sus vidas; y sentarse y no hacer nada, lo cual permite que mueran ocho personas que podrían haberse salvado. Aunque la última opción es más grave desde el punto de vista del número de vidas perdidas, a muchos de nosotros nos da la impresión de que es peor actuar de un modo que provoca la muerte de alguien que dejar que mueran por efecto de nuestra pasividad. Como era de prever, la presunta diferencia moral entre lo que hacemos y lo que permitimos que ocurra —la llamada doctrina de los actos y las omisiones— divide a los autores que teorizan sobre cuestiones éticas. Quienes insisten en que el valor moral de un acto debería juzgarse estrictamente a partir de sus consecuencias rechazan la doctrina; en cambio, suelen apelar a los filósofos que hacen hincapié en la propiedad intrínseca de determinado tipo de acciones, y en nuestro deber de llevarlas a cabo con independencia de sus consecuencias 

El principio del doble efecto

Al evaluar moralmente una acción, la intención del agente se considera crucial. Nuestras acciones pueden ser censurables incluso si las malas consecuencias que se derivan de ellas no son intencionadas (podrían evidenciar negligencia, por ejemplo), pero las mismas acciones tenderán a ser valoradas con mayor severidad si las consecuencias son intencionadas. El principio del doble efecto (íntimamente vinculado con la doctrina de los actos y las omisiones) ataca la idea de separar las consecuencias deseadas de una acción de las consecuencias meramente previsibles. Una acción que tiene resultados tanto buenos como malos puede entonces justificarse desde un punto de vista moral si se llevó a cabo con la intención de conseguir los buenos resultados, mientras que los malos resultados eran previsibles pero no deseados. El argumento se ha puesto a prueba en casos como éstos:

• La vida de una madre se salva mediante una intervención quirúrgica en
que se le extrae (y se mata) un feto: salvar la vida de la madre era el
objetivo que se deseaba conseguir; matar el feto era un efecto previsible
pero no deseado.
• Se suministran drogas mortíferas a pacientes terminales: la intención es
paliar el dolor; el efecto no deseado pero conocido es que sus vidas se
acortan.
• Se bombardea una fábrica de armamento del enemigo: la intención es
destruir la fábrica; la consecuencia no deseada pero previsible (o « los
daños colaterales» ) es que muchos civiles que viven en las
inmediaciones mueren.

En todos estos casos la idea del doble efecto interviene para reforzar el supuesto de que las acciones en cuestión son moralmente defendibles. Recurren a menudo a la doctrina los pensadores favorables a una concepción de la moralidad absolutista o basada en el deber (deontológica) para explicar casos en que los deberes entran en conflicto y los derechos son aparentemente quebrantados. La consistencia o debilidad del principio depende de la distinción entre intención y previsión; y se ha discutido mucho acerca de si semejante distinción está en condiciones de soportar la responsabilidad que se le exige.

Jugar a ser Dios 

Por más firmes que sean nuestras convicciones en estos casos, a medida que examinamos con atención la distinción se va haciendo cada vez más imprecisa. La mayor parte de su atractivo, sobre todo en un asunto como la vida y la muerte, se debe a nuestro temor de « estar jugando a ser Dios» al hacer activamente las cosas: al decidir quién debe vivir y quién debe morir. Pero ¿en qué sentido propiamente moral « sentarse y no hacer nada» es, de hecho, no hacer nada? No actuar es una decisión, tanto como actuar, de modo que en tales casos no parece que tengamos otra elección que jugar a ser Dios. ¿Debemos mirar con peores ojos a los padres que escogen ahogar a sus hijos en el baño que a los que deciden no alimentarlos y dejarlos morir lentamente de hambre? Las sutiles distinciones entre matar y dejar morir parecen grotescas en estos casos, y nos costaría mucho decir que la « omisión» resulta en algún sentido menos reprobable que la « acción» .

Tomás de Aquino sobre la autodefensa

El planteamiento de lo que más tarde terminó conociéndose como la doctrina del doble efecto se atribuye generalmente al filósofo del siglo XIII Tomás de Aquino. Al discutir la justificación moral de matar en defensa propia, estableció distinciones que se encuentran muy próximas a las que recogen las modernas definiciones legales. El clásico planteamiento de la doctrina se encuentra en la Summa Theologica de Tomás de Aquino:
« Nada impide que un acto tenga dos efectos, y que sólo uno de ellos sea deseado, mientras que el otro no sea intencionado … el acto de la defensa propia puede tener dos efectos, uno es salvar la propia vida y el otro es dar muerte al agresor. Por eso, puesto que la intención es salvar la propia vida, este acto no es ilícito, y a que es natural que cualquiera quiera preservar su existencia tanto tiempo como sea posible. Y asimismo, aunque proceda de una buena intención, un acto puede devenir ilícito si es desproporcionado con relación al fin que persigue alcanzar. Porque si un hombre, en defensa propia, usa más violencia de la necesaria, también será un acto ilícito el suyo: mientras que si rechaza la fuerza con moderación su defensa será legítima» .

Enola Gay

¿Qué hubiera ocurrido si el bombardero B-29 Enola Gay no hubiera lanzado la primera bomba sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945? Todo parece indicar que aquella acción, a la invasión que siguió el lanzamiento de una segunda bomba sobre Nagasaki tres días después, precipitó el final de la segunda guerra mundial: Japón se rindió el día 14 de agosto. Puede argumentarse que, a pesar del acto deliberado que causó una cantidad atroz de muertes, se salvaron muchas más vidas puesto que se evitó la sangrienta japonesa. Así pues ¿estaba una segunda bomba sobre justificada la decisión de lanzar « la bomba» ? Según el presidente Truman, « No hubo ninguna decisión que deba lamentarse» .

La presunta distinción moral entre cosas hechas y cosas consentidas a menudo se invoca en cuestiones éticas médicas sensibles, como la eutanasia. En este caso suele establecerse una distinción entre la eutanasia activa, en la que los tratamientos médicos apresuran la muerte del paciente, y la eutanasia pasiva, en la que la muerte es consecuencia de la interrupción del tratamiento.

Efectivamente, la mayoría de los sistemas legales (probablemente de acuerdo con nuestros instintos en este caso) recogen esta diferencia, pero sigue resultando muy difícil establecer cualquier distinción moral relevante entre, por poner un ejemplo, la administración de fármacos letales (un procedimiento deliberado) y la sustracción de fármacos para prolongar la vida (una omisión deliberada). La posición legal se basa en parte en la noción (fundamentalmente religiosa en origen) del carácter sagrado de la vida humana; pero al menos en lo que se refiere al debate sobre la eutanasia se trata sobre todo de una preocupación por la vida humana per se, con muy poca o ninguna consideración por su calidad o por las preferencias del ser humano cuya vida se discute. La ley tiene, pues, la extraña consecuencia de tratar con menos atención a un ser humano en un estado de extremo sufrimiento y angustia, que a un animal de compañía o de las granjas ganaderas en circunstancias similares.

La idea en síntesis: ¿hacer o no hacer?







21 Terrenos resbaladizos

El elevado terreno moral está rodeado de montañas, y las montañas implican laderas (muchísimas, y muy peligrosas también). En los debates públicos acerca de un buen número de asuntos sociales y políticos, el fantasma que aparece con mayor frecuencia y ahínco es el del terreno resbaladizo. La imagen es aparentemente tan sugestiva que se presenta a menudo sin demasiada comprobación y se acepta sin ofrecer demasiada resistencia. Además, aunque el deslizamiento hacia el terreno resbaladizo no es necesariamente ilícito, casi siempre se propone en los casos de asuntos con una considerable carga emotiva y, en muchos casos, el recurso es engañoso o elusivo. La forma general del argumento del terreno resbaladizo está lejos de ser simple: si permites que se practique A (sea una práctica inocua o ligeramente discutible), ello conducirá inevitablemente a practicar Z (detestable e indeseable). Los terrenos resbaladizos pueden detectarse en un número apabullante de situaciones.
He aquí algunos ejemplos clásicos:


• Permitir la eutanasia activa para que los enfermos terminales escojan el momento de su muerte nos abocaría inexorablemente a un ambiente de culpa en el que los ancianos aceptan « pasar en silencio» , para hacer espacio, para reducir la carga de los costes y los cuidados a los jóvenes, etcétera.
• Permitid a los padres seleccionar el sexo de sus hijos, y dentro de nada querrán decidir cualquier otro atributo deseable y estaremos sumidos en la pesadilla de los niños de diseño.
• La legalización de drogas blandas como el cannabis fomentará la experimentación con drogas duras, y antes de damos cuenta las calles estarán forradas de las jeringuillas de los yonquis.
• La indulgencia con los delincuentes jóvenes los anima a cometer actos criminales más graves, y antes de darnos cuenta nuestras casas serán asediadas por jóvenes ladrones y asesinos.

Una característica común de todos estos argumentos es afirmar que entre A y Z se abre un terreno resbaladizo, y omitir los espacios intermedios que se abren entre B e Y. Por lo general, la omisión más notable es la más importante, una especie de justificación de la mencionada inevitabilidad de Z a partir de A. Se centra la atención en Z, que suele teñirse de los colores más siniestros, y con ello se espera evitar cualquier discusión para que los méritos de practicar A pasen inadvertidos. En efecto, el argumento es sustituido por la retórica. La conveniencia, por ejemplo, de permitir a los padres escoger el sexo de sus hijos debería considerarse a partir de su propio valor, y si se considera objetable deberían existir buenas razones para impedirlo. Si se establece que la práctica es por sí misma inofensiva, podría ser importante considerar la presunta inevitabilidad de otras prácticas asociadas que sí son objetables. Pero sería difícil que se diera el caso, puesto que en la vida real, donde el peligro de los terrenos resbaladizos es genuino, normalmente siempre es posible plantear normas y pautas para prevenir patinazos no deseados.

El dominó, los icebergs y las fronteras 


Los terrenos resbaladizos no son los únicos accidentes de los que nos alertan los moralizadores públicos. El primer paso en falso en el terreno resbaladizo suele precipitarnos cuesta abajo hasta hundirnos en el bosque de otros peligros verbales, donde se oye el repiqueteo de las piezas de dominó que caen, y el ruido de bolas de nieve que cobran dimensiones monstruosas en su caída, y de esclusas completamente abiertas, y donde cada iceberg anuncia profundidades ocultas.

Hervir ranas

Los peligros de la cautela frente a los cambios políticos y sociales se ilustran a veces con la historia de la rana hervida: si la echamos al agua hirviendo no servirá de nada (de ahí la historia), pues inmediatamente saldrá de un salto; este inconveniente puede evitarse, sin embargo, echando la rana en agua fría y llevándola a ebullición lentamente. Del mismo modo, los liberales de alma anfibia argumentan que la erosión gradual de nuestras libertades civiles nos aboca a una pérdida acumulada (o a una « usurpación del poder» ) que habría podido evitarse firmemente con una sola intervención. La teoría sociopolítica es más plausible que la teoría de la rana; la falsedad de la última debería asumirse, no probarse.

Del mismo modo que al caer una pieza de dominó puede golpear sobre la siguiente e iniciar así una cadena de sucesivas caídas, con el efecto dominó se sugiere que el advenimiento de un acontecimiento particular no deseado desencadena una secuencia de acontecimientos similares asociados. El ejemplo más conspicuo de esta idea es del año 1954, cuando surgió la « teoría del

dominó» propuesta por el presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower para justificar la intervención estadounidense en Vietnam. De acuerdo con la teoría, permitir que un país cayera en manos de los comunistas llevaría inevitablemente a que ocurriera lo mismo en otros países asiáticos. En ese caso la primera pieza del dominó, Vietnam, había caído, pero si se conseguía que Camboya no lo hiciera la previsible propagación del comunismo por toda la región se evitaría; en este caso fue muy evidente que la supuesta inevitabilidad no era tal.

Una pequeña grieta en una piedra o en la madera puede ir abriéndose progresivamente si se introduce una cuña; del mismo modo, cuando se apela a la metáfora de la punta del iceberg se pretende sugerir que un cambio aparentemente insignificante, por ejemplo una norma o una ley, puede ser el principio de, o la excusa para, una reforma general. El supuesto de que podría prescindirse del derecho a juicio con jurado en los complejos casos de fraude es percibido por algunas personas como la punta del iceberg, pues sospechan que propiciará un progresivo recorte de derechos en otros ámbitos (tal vez en todos).

Pero la sospecha de los teóricos sigue siendo una mera suposición hasta que las evidencias muestren que los políticos tienden a confirmarla.

El hocico del camello

Una variante de la metáfora del terreno resbaladizo muy divertida y exótica, supuestamente basada en una fábula oriental, nos permite

vislumbrar de un modo encantador los peculiares peligros de la vida en una tienda (o en la piel de un camello). Las nefastas consecuencias de « dejar que el camello meta el hocico en la tienda» —especialmente porque la nariz es sin duda alguna la parte más desagradable del camello — las captó de un modo delicioso la poeta norteamericana del siglo XIX

Lydia Howard Sigourney :

Cuando a su tienda llegó un hombre por el trabajo estragado,
con los brazos molidos, y el pensamiento embotado,
a través del espacio de la ventana abierta
¡Qué vio! Un camello asomaba la testa.
« Tengo la nariz helada» , lloró lastimeramente,
« ay, deja que un poco me la caliente» .

Como al meter el hocico nadie le dijo que no
el largo y sinuoso cuello tras la cabeza siguió
igual que a la misa la Eucaristía
y cuando luego intensa lluvia caía
de un brinco entero todo su cuerpo metió.
Aterrado, su alrededor el hombre escrutó
y a su insolente invasor escudriñó
pues cuanto más cerca lo veía,
para aquel invitado habitación no había,
mas pasmado le oyó decir

« Si estás incómodo te puedes ir
pues de aquí tú ya no me mueves» .
Oh, qué frívolo corazón joven eres,
del pobre árabe mofarte no debes
pues la mala costumbre es, como verás,
la primera treta que sufrirás.

No la escuches, ni la mires, ni le sonrías jamás,
la oscura fuente antes de que brote ahogar deberás
y ni siquiera el hocico al camello consentirás.

El problema de dónde establecer la frontera habitualmente procede del afán de conocimiento acerca de cosas sobre las que no es posible ningún conocimiento, es decir, de la expectativa de un grado de precisión inadecuada en el contexto.

Todos nosotros podemos estar de acuerdo, por ejemplo, en que sería un error permitir que millones de inmigrantes entraran en nuestro país cada año y en que, no obstante, es correcto permitir la llegada de algunos. ¿Dónde establecer la frontera? El hecho de que exista necesariamente un grado de vaguedad acerca de una decisión, o del contexto en el que se plantea, no significa que no pueda o no deba tomarse dicha decisión. Ése es exactamente el tipo de problema que ha dominado el debate sobre el aborto: muchos coinciden en que un embrión recién gestado y un bebé completamente desarrollado son distintos, aunque resulte complicadísimo (por imposible) establecer con exactitud el momento preciso en el que se produce ese cambio. Ello ocurre porque el desarrollo del feto es un proceso gradual, y cualquier punto en el que decidamos establecer la frontera será en alguna medida arbitrario. Lo cual no significa que cualquier punto sea tan bueno (o malo) como otro, que no pueda establecerse ninguna frontera, o que cualquier frontera que establezcamos carezca de autoridad o de consistencia.

La idea en síntesis: si les das una mano se tomarán…

No hay comentarios:

Publicar un comentario