miércoles, 5 de abril de 2017

IGLESIA. UN POCO DE HISTORIA (DIC. FILOSÓFICO DE VOLTAIRE)

¿Por qué Voltaire? Pues porque era un pensador enciclopedista, culto, brillante y enterado de lo que habla. Y por alejarme un poco de los tiempos modernos, que tan confundidos nos tienen sobre tantas cosas.
En éste caso concreto, creo que los tiempos de los que nos habla el autor, son los que produjeron la terible oposición entre cristianos y judíos, que va siendo hora de desterrar y librar de lunáticos y fanáticos. Todos, sin distinción de religión y generación tras generación somos culpables de la situación actual, empezando por el primer día de año I.

IGLESIA.

Compendio de la historia de la Iglesia cristiana. No pretendemos sondear las profundidades de la teología, guárdenos Dios de ello. Nos satisface tener humilde fe y nos limitaremos solamente a referir.

En los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y hombre, el pueblo hebreo contaba con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve comunidades religiosas. 


Componían estas comunidades los fariseos, saduceos, esenios, judaítas, terapeutas, herodianos, recabitas, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban los hermanos, galileos o fieles, que en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año 60 de nuestra era, y que Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los hombres.

Los fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus; sin embargo, permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna en la que nadie nace, por cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición se aplicó más tarde a los cenobitas.

Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los judaítas, cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan del tormento, y prefieren la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, y consienten que les quiebren los huesos antes que proferir la menor palabra contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer, ese retrato debe ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas palabras de Josefo: «Judas fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos, fariseos y esenios. Los que pertenecen a ella son judíos de nación, viven juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad». El sentido lógico de esta frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea como fuere, éstos fueron antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar una comunidad considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes y que adoraban a Judas Iscariote.
Los terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los judaítas, y se asemejaban a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes. «Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste que les proporciona el entusiasmo de las bacantes y coribantes y los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»

Los recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede que de esta secta se aprovechara Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.

(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de Rechab y amigo de Jehu, y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas. Cuando la invasión de Nabucodonosor se refugiaron en Jerusalén.

Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los hebreos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por Siria, Arabia y el golfo Pérsico. Actualmente les llaman cristianos de san Juan, y los hubo en el Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Y le respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo». Pablo les replicó: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y le contestaron: «El bautismo de Juan».

Con todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los cimientos de la única religión verdadera. Quien más contribuyó a consolidar esta comunidad naciente fue el mismo Pablo que con el mayor encono la había perseguido. Pablo, natural de Tarsis, fue educado por el famoso doctor fariseo Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos aseguran que riñó con Gamaliel porque éste se negó a que enmaridara con su hija. Se traslucen indicios de esta anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice que tenía la frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris, hace un retrato parecido. Se ha puesto en duda que fuera ciudadano romano, dado que en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana como hace constar Celario en su Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los Hechos.

Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de humillación en que El se dignó nacer. Todos los paleocristianos eran hombres desconocidos que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. Pablo se dedicaba a hacer tiendas de campaña. La asamblea de los fieles se reunía en Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón, según consta en el capítulo IX de los Hechos de los Apóstoles.

Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos fueron a Roma, a vivir entre los judíos, a quienes los romanos permitieron tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos y al igual que éstos siguieron la práctica de la circuncisión. Lo quince primerísimos obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados o por lo menos, pertenecieron a la nación judía.

Cuando Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él mismo en Listre. Tito, que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Los judíos le acusaron de querer destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta acusación, el apóstol Santiago le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el templo con cuatro judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice Santiago en los Hechos de los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el mundo sepa la falsedad que os atribuyen y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo, Pablo, siendo ya cristiano, se judaiza para que el mundo sepa que le calumnian al decir que no observa la ley mosaica. También le acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal incoado contra él duró mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No he pecado
contra la ley judía, ni contra el templo».

Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para reformar sus costumbres.

«La circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a los romanos— si observáis la ley, pero si la infringís vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»

Cuando Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio inefable de su consustancialidad con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don de Dios se ha infundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, Jesucristo. La muerte reina por el pecado de unos 8010 hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».

La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo, en Antioquía. Pedro comía con los gentiles convertidos sin observar con ellos las ceremonias de la ley y sin distinguir de carnes; comía con Bernabé y otros discípulos lo mismo carne de cerdo que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a sus compañeros, los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le reprendí — dice— porque su proceder fue vituperable».

La severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio perseguidor de los cristianos debía ser más transigente; cuando fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que la disputa que medió entre Pablo y Pedro fue fingida. En su primera Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos abogados que se acaloran y se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron dicha disputa, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín discrepa de esta opinión. Esta disputa entre Agustín y Jerónimo no debe menguar la veneración que les tenemos, ni menos la devoción que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo. Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.

Allá por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse de la comunidad judía, separación que les acarreó muchos disgustos y persecuciones de las sinagogas establecidas en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus hermanos judíos les acusaron de impiedad y ateísmo y les excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados, pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.

Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y cristianos se separaron del todo antes de terminar el siglo I. Ni el Senado de Roma, ni los emperadores, se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.

Una vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los cristianos tuvieron que combatir con una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos: los gnósticos. Las sectas enumeradas gozaban entonces de total libertad para dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos judíos que estaban establecidos en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de gobierno.

El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Al principio, los cristianos celebraban sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche; de esto provino que les llamaran lucifugaces, como dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los gentiles les llamaban galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que prevaleció.

Pero ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era el ágape que tenía lugar por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue consolidándose. Cuando llegó a ser una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos y la prudencia de los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.

San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la comunidad, presbiteroi, o sea los sacerdotes; diáconi, o sea los diáconos; pistoi, o sea los iniciados, que eran los bautizados que tomaban parte en los ágapes; los catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los energúmenos, que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en sus vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello es el libro que Tertuliano dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles. Durante los primeros siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes en pintura y escultura, ni altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los cristianos ocultaban celosamente sus libros a los gentiles, sólo los daban a leer a sus iniciados y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.

Del poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia. Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha subsistido casi hasta nuestros días era el poder de expulsar los demonios haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, nos dice que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por medio de encantamientos y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.

Tertuliano, desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su Apologética que «si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano». ¿Puede darse demostración más clara?
No cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar a los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, pues cuando Jesús libró a los posesos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y obró otras curaciones, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú». «Si yo los expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los poseídos. El poder de expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, quienes desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de magia, pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los padres de la Iglesia. San Justino nos dice que con frecuencia se evocan las almas de los muertos y de ello saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «aquel que se atreviere a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano, afirman lo mismo. 

Y si bien es verdad que en la actualidad todo ha cambiado no es menos cierto que Dios es muy dueño de avisar a los hombres por medio de prodigios en determinados tiempos y hacerlos cesar en otros.

De los mártires de la Iglesia. 


Cuando las comunidades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados procedieron contra ellas y los pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de privilegios y se encerraron en sus sinagogas permitiéndoles el ejercicio de su religión, como acontece en nuestros días en Roma. Los cristianos, al declararse enemigos de todos los cultos, sobre todo del culto al imperio, se vieron expuestos con frecuencia a sufrir crueles pruebas.

Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia y le hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época en que no mataban en Roma a los cristianos. No se sabe exactamente de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de ser clemente, sin dudasan Ignacio tendría enemigos implacables. Sea como fuere, la historia de su martirio refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro; por esto los cristianos adoptaron en algunas partes el nombre de Teóforos, que Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta (1) rogando a los obispos y a los cristianos que no se opongan a su martirio, bien porque entonces los cristianos fueron bastante poderosos para impedirlo, bien porque algunos de ellos tuvieran influencia para conseguir su perdón. Es de advertir que consintieron que los cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a esta ciudad, lo que prueba que castigaban a la persona y no a la secta.

(1) Dupin, en su Bibliotcca eclesiástica, demuestra que esta carta es auténtica. Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro tercero contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y a intervalos».

Dios veló tanto por su Iglesia que ésta, pese a sus enemigos, pudo celebrar cinco concilios en el siglo I, dieciséis en el II y treinta en el III; es decir, en asambleas secretas, pero toleradas. Sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. 


Subsisten pocos procesos de procónsules y pretores que condenaran a muerte a los cristianos, y que serían los únicos documentos que pudieran demostrar los motivos de las acusaciones a los cristianos y sus suplicios. Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría transcribiendo el extracto de un sumario que obraba en el archivo de un procónsul en Egipto, de la época del emperador

Valeriano, que dice:
«Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros por las conversaciones tenidas y por cuanto os he escrito de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes; quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una cosa que debe exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses protectores del imperio y abandonéis un culto que es opuesto a la naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió:

«Se rinde culto a diferentes dioses y cada uno adora al que cree que es el único verdadero». El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos que abusáis de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad y conforme a la orden recibida de los emperadores os destierro a Cefro, que está situado en el centro de Libia, y advierto que no os permito que celebréis allí ninguna reunión ni recéis en los sitios que llamáis cementerios; está absolutamente prohibido y os aseguro que no lo consentiré a nadie».

Ese proceso, que presenta todos los caracteres de la verdad, nos da a conocer que hacía tiempo estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De igual modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas y algunas veces torturaron y ahorcaron a ministros de ese credo que predicaban en sus asambleas infringiendo la ley. Asimismo, en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las reuniones a los católicos romanos y algunas veces los infractores son condenados a muerte.

A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano que los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el protector del cristianismo, prueba de ello es que varios cristianos obtuvieron cargos principales en su palacio, amén de que casó con una cristiana y consintió que en Nicomedia, lugar de su residencia, se edificara una hermosa iglesia ante su palacio. Y si luego mandó que destruyeran esa iglesia fue presionado por el césar Galerio, que aborrecía a los cristianos. Un cristiano más entusiasta que prudente hizo pedazos el edicto del emperador y de este hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.

En diversas épocas hubo tan gran número de mártires que casi es imposible conocer la cifra exacta, dado que en la historia aparecen mezcladas las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito existente en la abadía de san Benito o en el convento de celestinos de París concuerde con un manuscrito de los fuldenses para que esa acta sea auténtica; se necesita para esto que el acta sea antigua, esté escrita por coetáneos y ofrezca todas las garantías de veracidad.

Nuestro benedictino pudo muy bien omitir la aventura portagonizada por el joven Romanus, en el año 303. Romanus obtuvo el perdón de Diocleciano en Antioquía y, sin embargo, el mentado monje dice que el juez Asclepiade le sentenció a morir en la hoguera.

Los judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven san Romanus y reprocharon a los cristianos que Dios consintiera que se quemase, cuando libró del fuego a Sidrac, Misac y Abdenago, que en seguida, estando el tiempo sereno, movió una tempestad que apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven Romanus; que el primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la función de verdugo y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era tartamudo, habló con naturalidad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el experimento, cortó la lengua a un transeúnte y éste murió en el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió la referida historieta, debía respetar más los milagros que se obran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de los que nadie duda, y no aumentarlos con cuentos tan inverosímiles que pueden escandalizar a los hombres de escasa fe.

La mencionada persecución no se extendió por todo el imperio. Por aquel entonces existían en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo que se eclipsaron pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones. En las Galias meridionales y en España pululaban los cristianos. El césar Constancio los protegió en todas sus provincias y tuvo una concubina cristiana que fue la madre de Constantino, más conocida por santa Elena. No se ha comprobado que se casara con ella y la repudió en 292, cuando contrajo matrimonio con la hija de Maximino Hércules, pero siempre tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.

Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino. Constantino Cloro falleció en 306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran pequeños y no podían pretender el imperio. Constantino consiguió que le eligieran emperador en York unos seis mil soldados alemanes, galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esa elección, pues se hizo sin el consentimiento de Roma, del Senado, ni de los ejércitos, pero Dios le hizo vencer a Majencio, que era el emperador elegido en Roma, y consintió que se librara de todos los pretendientes, porque como ya sabemos hizo morir a sus próximos parientes, incluso a su esposa e hijo.

No cabe dudar de lo que sobre esto dice Zósimo. Refiere que Constantino, atormentado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes preguntó a los pontífices del imperio si podría expiarlos y le respondieron que no. Cierto que tampoco había expiación posible para Nerón, que no se atrevió a asistir a los sagrados misterios en Grecia. Pese a todo, estaban en uso los tauróbolos (1) y es difícil creer que un emperador casi omnipotente no encontrara un sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiatorios. Pero puede que sea menos creíble todavía que Constantino, preocupado por la guerra, sus ambiciones y sus proyectos, y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y tenía entrada en palacio le prometió la expiación de sus delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue Osio, obispo de Córdoba. Lo único cierto es que Dios eligió a Constantino para que fuera el protector de su Iglesia.

(1) Tauróbolo era el sacrificio de un toro a Cibeles.

Constantino fundó la ciudad de Constantinopla, que convirtió en el centro del imperio y de la religión cristiana. La Iglesia adquirió entonces forma augusta y es de creer que, purificado por el bautismo y haciendo acto de contrición a la hora de su muerte, obtendría la misericordia divina, pese a que murió siendo arriano; sería demasiado duro que todos los seguidores de los dos obispos Eusebio se hubieran condenado.

Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad, los que habían perseguido sañudamente a los cristianos fueron castigados por éstos. Los fieles seguidores
de Cristo arrojaron a la esposa de Maximino en el Oronte, degollaron a sus parientes y mataron en Egipto y Palestina a los magistrados que eran contrarios al cristianismo.

Reconocieron a la viuda e hija de Diocleciano que se hallaban escondidas en Salónica y las arrojaron al mar. Hubiera sido más digno que los cristianos no se dejaran llevar por el espíritu de venganza, pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que manos cristianas se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto aquéllos pudieron obrar con libertad.

Constantino celebró en Nicea el primer Concilio ecuménico presidido por Osio y se decidió la gran cuestión que tenía alborotada a la Iglesia, acerca de la divinidad de Jesucristo (1).

Sabido es que la Iglesia, tras combatir durante trescientos años los ritos del Imperio romano
luchó luego consigo misma y fue siempre militante y triunfante.

(1) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo y Concilios.

Con los años, la Iglesia griega, casi en su totalidad, y la Iglesia de Africa, llegaron a ser esclavas primero de los árabes y después de los turcos, que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió, pero manchada de sangre por los seiscientos años de discordia entre el imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas discordias le hicieron poderosa. Los obispos y abades en Alemania se convirtieron en príncipes, y los papas conquistaron paulatinamente el dominio absoluto en Roma y un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con humillaciones, perturbaciones, delitos y esplendor.

La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, la mejor parte de Suiza y Holanda; en cambio, ganó territorios en América con las conquistas de los españoles, pero menos vasallos. A lo que parece, la Providencia divina ha destinado el Japón, Siam, India y China a someterse a la obediencia del Papa para recompensarle de haber perdido Asia Menor, Siria, Grecia, Egipto, Africa, Rusia y otros estados. San Francisco Javier, que introdujo el Evangelio en las Indias orientales y el Japón cuando los portugueses fueron allí a comerciar, obró gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve muertos, aunque el padre Rivadeneira, en Flos sanctorum, se concreta a decir que sólo resucitó cuatro. Plugo a la Providencia que en menos de cien años se reunieran millares de católicos en las islas del Japón, pero el demonio sembró la cizaña entre el buen grano. 


Se asegura que los jesuitas fraguaron una conjuración a la que siguió una guerra civil que exterminó a los cristianos, el año 1628. Entonces, la nación cerró sus puertas a todos los extranjeros menos a los holandeses, que consideraron como comerciantes y no como cristianos. 


La religión católica, apostólica y romana se proscribió en China no hace mucho tiempo, pero con menor crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, limitándose allí a enseñar astronomía y a ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los dominicos y otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yong Ching que, aun siendo justo y bondadoso, fue lo bastante obcecado para no permitir que se enseñara la santa religión en su imperio, ya que los misioneros no lograban entenderse; finalmente, los expulsó con bondad paternal proporcionándoles subsistencias y carruajes hasta los límites de su imperio.

Toda Asia y Africa, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen a los ingleses y holandeses en América, todas las hordas americanas insumisas y todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del planeta, están bajo el poder del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos».

Qué significa la palabra Iglesia. La voz iglesia es de origen griego y significa asamblea del pueblo. Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron sinagoga por iglesia, y utilizaron la misma palabra para expresar la sociedad judía, la congregación política, la asamblea judía y el pueblo judío. Por eso se dice en el libro de los Números: «¿Por qué habéis llevado la Iglesia al desierto?», y en el Deuteronomio: «El eunuco, el moabita y el amonita, no entrarán en la Iglesia, y los idumeos y egipcios no entrarán en la Iglesia hasta la tercera generación».

Jesucristo dice en el Evangelio de san Mateo: «Si vuestro hermano peca contra vos, o lo que es igual, os ofende, reprenderle en secreto, presentaos ante él con dos testigos para que todo se ponga en claro ante ellos, y si él no les hace caso quejaos ante la asamblea del pueblo, ante la Iglesia, y si no hace caso de la Iglesia, considéresele como gentil o como recaudador de tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en la tierra, será atado en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra, en el cielo será desatado».

Se trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en ofenderlo. No podían hacerle comparecer ante la asamblea, es decir, ante la Iglesia cristiana, porque entonces aún no existía; ni podían juzgar a ese hombre, cuyo compañero se quejaba de él, ni el obispo ni los sacerdotes, que tampoco existían; es más, ni los sacerdotes judíos ni los sacerdotes cristianos fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre los particulares, que eran asuntos de política. Los obispos no llegaron a ser jueces hasta la época de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que san Mateo hace hablar en este caso a nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una predicción de lo que ha de acontecer cuando la Iglesia cristiana tome forma y se establezca.

Selden hace una observación pertinente respecto a ese pasaje: dice que entre los judíos no excomulgaban a los publicanos, ni a los recaudadores de tributos. El populacho podía detestarlos, pero eran empleados que nombraba el príncipe y a nadie se le ocurrió nunca la idea de separarlos de la asamblea. Los judíos estaban entonces bajo la jurisdicción del procónsul de Siria, que se extendía hasta los confines de Galilea y la isla de Chipre, en donde tenía viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar públicamente a los empleados legales del procónsul. Y además de imprudente hubiera sido injusto, porque los patricios romanos, arrendadores de los dominios públicos, recaudadores del dinero del César, desempeñaban su cargo autorizados por las leyes.

San Agustín, en su homilía 81, puede aportar algún dato para la inteligencia del pasaje en cuestión. Hablando de quienes persisten en el rencor y no perdonan, dice: «Considerar a vuestro hermano como un publicano es atarle en el mundo, y antes de hacerlo debéis reflexionar si le atas justamente porque la justicia rompe las ataduras injustas, pero si corregís a vuestro hermano, si estáis de acuerdo con él, le habréis desatado en el mundo».

Comprendo que san Agustín quiere decir que si el ofendido hizo encarcelar al ofensor, debe entenderse que está atado en el mundo, y también lo estará con las ligaduras celestes, pero que si el ofendido es inexorable él es quien se ata a sí mismo. No se trata de la Iglesia en esta explicación de san Agustín, sino de perdonar o no perdonar una injuria. San Agustín no se ocupa del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de Dios; este derecho está reconocido en otras partes y es un derecho que deriva del sacramento de la confesión.

El obispo de Hipona, a pesar de ser profundo en los tipos y en las alegorías, no considera que el susodicho pasaje sea una alusión a la absolución que dan o niegan los ministros de la Iglesia católica romana en el sacramento de la penitencia.

Del número de iglesias en las comunidades cristianas. 


Las comunidades cristianas reconocen cuatro iglesias: la griega, la romana, la luterana y la reformada o calvinista. En Alemania, los primitivos cuáqueros, los anabaptistas, socinianos, menonitas, pietistas, moravos, judíos y otras sectas, no forman iglesia. La religión hebraica ha conservado el título de sinagoga. Las sectas cristianas se toleran y no pueden tener más que asambleas secretas, conventículos, e igual ocurre en Londres. La Iglesia católica no goza de reconocimiento en Suecia, Dinamarca, partes septentrionales de Alemania, en las tres cuartas partes de Suiza, ni en los tres reinos de la Gran Bretaña.

De la primitiva Iglesia y quienes han creído restablecerla. Como los pueblos de Siria, los judíos se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones religiosas, encaminadas todas a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad guió a los discípulos del Bautista, que subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios predicho por san Juan. Los discípulos de Jesús fueron iguales entre ellos, pues su maestro les dijo terminantemente: «No habrá entre vosotros primero, ni último. Vine al mundo para servir, no para ser servido. Aquel que pretenda ser señor de los demás, será su criado».

La prueba de la igualdad, que fue fundamento del cristianismo, la tenemos en el hecho de que al principio los cristianos se llamaban hermanos. Se reunían y esperaban el espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera carta a los corintios, les dice: «Si cuando os congregáis, uno de vosotros se halla inspirado de Dios para hacer un himno, otro para instruir, éste para revelar alguna cosa de Dios, aquél para hablar lenguas, debéis aprovecharlos para mayor edificación. Si han de hablar que lo hagan sólo dos y por turno, y el otro explique lo que dice. Y si no hubiere intérprete, callen en la iglesia los que tienen ese don... De los profetas hablen dos o tres y los demás disciernan. Y si a otro de los asistentes... le fuere revelado algo, calle el primero. Así podéis profetizar todos, unos después de otros, a fin de que todos aprendan y se aprovechen. Pues los espíritus o dones proféticos están sujetos a los profetas. Porque Dios no es autor de desorden, sino de paz, y esto es lo que enseño en todas las iglesias de los santos».

En la misma carta, san Pablo consiente que las mujeres profeticen, aunque les prohíbe en el capítulo XIV hablar en las asambleas. En este pasaje y en otros se ve que los primitivos cristianos eran todos iguales porque eran hermanos en Jesucristo. El espíritu se comunicaba con ellos, hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción de categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían sobre éstos la preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus discípulos, pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en las vestiduras y muestras de superioridad, no tenían ninguna, ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy peculiar: la persuasión.

Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en los Hechos de los Apóstoles, capítulo VI, y elegían siete para que se encargaran de la despensa y proveyesen las necesidades comunes. 

Para desempeñar esas funciones eligieron en Jerusalén a Esteban, Filipo, Procoro, Nicanor, Timón, Parmenás y Nicolás. Hay que anotar que entre los siete que eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar, exhortar, expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y hacer milagros.

Entre ellos todo era espiritual y nada se traslucía de las pompas del mundo, pero en el siglo II empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e interés. Los ágapes se convirtieron en grandes festines, de los que reprochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo confiesa: «Comemos muy bien —dice—, pero, ¿los misterios de Atenas y Egipto no se celebraban con suculentas comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos son útiles porque aprovechan a los pobres».

Por aquel entonces, algunas comunidades cristianas que se creían más perfectas que las demás, por ejemplo los montanos, que se jactaban de profesar una moral austera, consideraban adulterio las segundas nupcias, sentían públicamente convulsiones sagradas y éxtasis, y creían hablar con Dios cara a cara, quedaron convictos —según se asegura— de mezclar la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo que esa cruel acusación se extendiera hasta los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que hacían, según cuenta san Agustín: clavaban alfileres en todo el cuerpo del niño y con la sangre que salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño moría le tributaban honores de mártir (1).

(1) San Agustín, De Haeresibus, haeres, cap. XXVI.

Tan corrompidas estaban entonces las costumbres que los santos padres se lamentaban sin cesar de lo que acontecía. He aquí lo que decía san Cipriano en su De los caídos: «Todos los sacerdotes corren en pos de bienes y honores con insaciable furor. Los obispos están faltos de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería, juran y perjuran, la discordia divide a los cristianos, los obispos dejan el púlpito para ir a las ferias y enriquecerse haciendo negocios; en resumen, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en disgustar a todo el mundo (2).»

(2) Véanse Obras de san Cipriano e Historia eclesiástica, de Fleury, tomo II, edición de 1725.

Antes de esos escándalos, el sacerdote Novatien dio uno muy funesto a los fieles de Roma, pues fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque secreto y expuesto a la persecución, era muy ambicionado porque sacaba pingües contribuciones a los cristianos y tenía autoridad suprema sobre ellos.

No repetiremos lo que consta en tantos archivos y dicen todos los días personas instruidas, acerca del considerable número de cismas y guerras que se sucedieron; ni nos vamos a ocupar de los seiscientos años de discordias sangrientas entre el imperio y el sacerdocio, ni del dinero de los países que iba a parar, por muchos conductos, unas veces a Roma y otras a Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos años; ni tampoco de la sangre que corrió por Europa en defensa de una tiara que Jesucristo no conoció, o por otras cuestiones ininteligibles de las que El tampoco se ocupó.

Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y la carnicería. Cuando el frenesí de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón humano llegó a su último exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido ilegalmente obispo de Roma, quitó esa ciudad a los emperadores y prohibió a los obispos de Occidente que usaran el título de papa para usarlo él solo, cuando siguiendo su ejemplo los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de Francia e Inglaterra trataban también de proclamarse, desde esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron comunidades cristianas que, bajo nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primera que tuvo el cristianismo.

Pero esta igualdad, posible en una comunidad reducida y oculta a las miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los obispos y las grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas se reunieron bajo las banderas del pontífice de la nueva Roma y combatieron pro aris et pro focis (por sus altares y hogares). Para sostener o humillar la nueva administración eclesial recurrieron a cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas, torturas, asesinatos en manos de verdugos o de sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones mediante el hierro y el fuego. Las olas de sangre y los huesos de los muertos escondieron la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo que apenas se ha podido encontrar.

Escisión entre las Iglesias griega y latina en Asia y Europa. Los hombres de bien lamentan, hace catorce siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido siempre rivales y la túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta división es, sin embargo, muy lógica. Roma y Constantinopla se odiaban, y cuando los señores se aborrecen sus vasallos se detestan. Las dos confesiones religiosas se han disputado siempre la superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia y el poder.

En esta cuestión, los griegos llevaron durante mucho tiempo la ventaja; alardeaban de ser maestros de los latinos y haberles enseñado lo que sabían. Los Evangelios se escribieron en griego, y no hay un dogma, un rito, un misterio y un uso que no sea griego; desde el vocablo bautismo hasta la voz eucaristía, todo es griego en ellos. Sólo hubo padres de la Iglesia en Grecia hasta san Jerónimo, que tampoco era romano, pues era de Dalmacia. San Agustín, que siguió en el orden cronológico a san Jerónimo, era africano. Los siete grandes concilios tuvieron lugar en ciudades griegas, y los obispos de Roma no asistieron a ellos porque sólo sabían latín, y éste corrompido.

La escisión entre Roma y Constantinopla estalló en 452, en el Concilio de Calcedonia, convocado para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una persona, o dos personas y una naturaleza. En el mismo Concilio se decidió que la Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a honores, y el patriarca de una igual al patriarca de la otra.

El papa san León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas, pero ni él ni sus sucesores concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Parece indiscutible que en esta disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las palabras de Jesucristo que constan en el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero, ni último». Los santos siempre son santos, pero no se libran del orgullo y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de ira al hijo de un albañil que llegó a ser obispo porque no le llamaban monseñor (1), hizo pelear al universo cristiano.

(1) Biord, obispo de Annecy.

Los romanos fueron siempre menos polemistas y sutiles que los griegos, pero mucho más políticos. Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar, acabaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin recurrir a tantos argumentos, supo fundar su poder sobre las ruinas del imperio de Occidente.

El odio pasó a ser escisión en la época de Focio, papa o vigilante de la Iglesia bizantina, y de Nicolás I, papa o vigilante de la Iglesia romana. Como por desgracia nunca hubo ninguna disputa eclesial que no tuviera su parte ridícula, ocurrió que la lucha empezó por dos patriarcas que eran eunucos, Ignacio y Focio, que disputaban la sede de Constantinopla, estaban castrados, y esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser más que padres de la Iglesia.

Dícese que los castrados son marrulleros, malignos e intrigantes: Ignacio y Focio perturbaron Grecia. El papa latino Nicolás I siguió el partido de Ignacio y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu Santo por medio del Padre y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del padre. Además de esa procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en Cuaresma, y para completar sus faltas, el papa romano se hacía afeitar la barba, lo cual era una apostasía para los patriarcas griegos, porque a Moisés, los patriarcas y Jesucristo los pintan siempre barbudos los pintores griegos y latinos.

Cuando en el año 789 ocupó su sede el patriarca Focio por el octavo Concilio ecuménico griego, al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior el papa Juan VIII le recomendó por hermano. Dos legados que dicho papa envió al mencionado Concilio unieron su voto al de la Iglesia griega y declararon que aquel que dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo sería un Judas, pero como los romanos persistieron en la costumbre de rasurarse la barba y de comer huevos en Cuaresma, las dos iglesias quedaron separadas para siempre.

El cisma se consumó del todo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma, León IX, y a todos los latinos, añadiendo a los reproches de Focio, que empleaban pan ázimo en la eucaristía, las prácticas de los apóstoles, acusándoles de perpetrar el delito de comer morcilla y retorcer el pescuezo a los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. En fin, cerraron todas las iglesias latinas en el imperio griego y prohibieron cualquier trato con los que comieran morcilla.

El papa León IX negoció seriamente el asunto con el emperador Constantino Monómaco y consiguió apaciguarle. El emperador griego favoreció al papa en lo que pudo, mas no consiguió que se reconciliaran los griegos y latinos. Los griegos creían que sus adversarios eran bárbaros porque no sabían una palabra de la lengua griega.

La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto liberar los Santos Lugares y por objeto apoderarse de Constantinopla, terminó de hacer odiosos a los romanos ante los griegos. Con todo, el poder de la Iglesia latina fue cada día en aumento y poco a poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas fueron desde hace mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y toda la Iglesia griega quedó esclavizada desde Mahomed II, salvo Rusia, que entonces era un país bárbaro y de cuya Iglesia no se hacía caso. Quienes conocen la historia del Cercano Oriente, saben que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del báculo y el anillo, sin temor a ser excomulgados, como los papas excomulgaron a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.

La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrarse arzobispos, pero en realidad elige al que indica la Puerta. Esa titularidad cuesta actualmente ochenta mil francos, que quien la asume tiene que sacar a los griegos. Si aparece algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado o dan la titularidad al último postor, igual que Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo x. Si el patriarca nombrado se niega a renunciar a su título le dan cincuenta palos en las plantas de los pies y le destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le ocurrió al patriarca Lucas Cirilo en 1638.

El Gran Turco concede los otros obispados mediante fianza, en la época de Mahomed II, la suma tasada para cada obispado constaba siempre en la patente, pero lo pagado de más no constaba, por lo que no puede saberse con exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.

Son divertidas esas patentes. He aquí una muestra de ellas: «Concedo a Fulano de Tal, sacerdote cristiano, el presente mandamiento para perfección de felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada como obispo de los infieles cristianos, según su antiguo uso y sus vanas y extravagantes ceremonias, queriendo y mandando que todos los cristianos de este distrito le reconozcan y ningún sacerdote ni monje pueda casarse sin su permiso» o sea, sin pagar.

La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia, pero los griegos tienen lo que merecen; estaban ocupados seriamente en discutir sobre la luz del Thabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron Constantinopla.

sábado, 1 de abril de 2017

PONIENDO UN POCO DE ORDEN

He leído muchas veces que el hombre concibe a Dios con una figura determinada y que esto es un “antropocentrismo”. Dejando aparte al Dios Creador que, claramente, no puede tener forma, todos los demás (llamémosles espíritus), cuando tienen que comunicarse con el hombre, intentan semejarse al hombre para que éste no se llevé un susto de muerte. ¿qué pasaría si un ser con forma de tarántula grande, peluda y con muchas patas, se apareciera a un hombre, envuelta en una preciosa luz blanca y le dijera que es un dios, o la virgen o cualquier otra cosa? Ese pobre hombre no se repone en su vida. Así que no tienen más remedio que aparentar ser humanos, aunque siempre les delata la nombrada luz blanca que los envuelve, que el vidente interpreta como un manto maravilloso, cuando en realidad es un escudo transparente de energía que les permite hacerse visibles y desaparecer en un instante. Algo sabrán sobre antigravedad y sobre energías negativas y positivas o de electromagnetismo.

Bueno, pero lo que yo quiero dejar claro es que no comparte eso del “antropocentrismo”. Ellos fueron los que empezaron: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” dijeron los conjurados. Violaron el mandato de no intervención y aceleraron nuestro tranquilo proceso de evolución, en el que ya habíamos alcanzado, por lo menos, un respeto por los muertos y los enterrábamos para que no se los comieran las alimañas. Hicieron vete tú a saber cuántos experimentos hasta que quedaron más o menos contentos con el resultado.

De esto hace tanto tiempo que los hechos, aparte de quedar grabados en algunos sitios en idiomas incomprensibles, se fueron desvirtuando poco a poco y de boca en boca, la historia se fué contando añadiendo, quitando, agrandando, inventando…… y muchos -andos.

De todos los que pasaron por aquí, los peores fueron los Nefelim que tenían la función de observadores y, como se aburrían, les dió por lo que les da a todos los machos de cualquier especie (en esto, la Naturaleza no ha cambiado un ápice), se dedicaron a preñar mujeres, ante el terror e inhibición del marido y, a lo mejor, en algún caso, contentos de que su mujer pariera un medio-dios. Porque estos son los dioses de cuya historia nos hablan las mitologías de los pueblos. La primera generación constituyó un problema: los niños eran tan grandes que superaban en altura a sus padres y además sólo habían heredado las peores características de sus progenitores. No creo que el hombre, desde el principio, fuese carnívoro. Algo les quedaría de sus primos `primates y les gustaría más los frutos de los árboles. Pero a estos nuevos retoños, no les satisfacían las exquisiteces vegetales y los padres les empezaron a echar trocitos de carne. Le cogieron el gusto y, cegados por el hambre y por un cerebro no muy espabilado, se comían a sus propios padres y, después entre sí. Hubo que eliminarlos. En la Biblia Kolbrin, esta es la razón de la inundación terrible que ocurrió en aquellos territorios en los que vivían hombres. Como entonces no se sabía la extensión de la tierra, hemos heredado la denominación de “diluvio universal”. Hombre, universal, universal no fue pero los niños gigantes desaparecieron.

“….. y nos hicieron a su imagen y semejanza”. O sea, de sus manipulaciones, surgieron unos seres sumisos, serviles, asustadizos, pero buenos trabajadores. Los dioses se regocijaron de su invento. A cambio de alimento, mano de obra gratis. Pero además incluyeron en nosotros todos sus vicios: crueldad, agresividad, envidia, soberbia, lujuria, ira. En fin, cualquier cosa, menos buenos sentimientos e intenciones.

Cuando, debido a sus rivalidades, organizaron una guerra catastrófica y emplearon las armas más potentes que poseían (que serían de destrucción masiva, digo yo), los que pudieron se marcharon en sus naves pero no todos tenían esa posibilidad. Muchos de ellos habían nacido en la tierra y sus organismos no se podían adaptar a otros planetas, ni siquiera al del origen de su raza (se llamara como se llamara) y, después de provocar el hundimiento de su propio territorio, se extendieron por la tierra, llegando sobre todo a las costas. Estos fueron los primeros reyes o faraones de Egipto, cuyos conocimientos les hacían superiores a los hombres.

Intentaron imponer la ley de la pureza de la sangre, pero como no eran dioses de verdad, algún detalle tenía que faltar en sus inmensos conocimientos. No se dieron cuenta de los riesgos de la endogamia que produce individuos inútiles y enfermizos. Así que la Casta Divina, en un momento dado, desapareció y la sangre de los hombres, con los cruces entre varios pueblos se fue enriqueciendo. Y, el resto es historia.

Y todo esto, miles de años antes de que en Europa dejaran de tirarse piedras para pelear, ya había un sitio en la tierra en el que se recogió todo el saber de los viajeros. Los Vedas indúes tienen una antigüedad de más de 5.000 años y es allí (y en otros libros que aparecen en momentos especiales de nuestra historia) dónde se nos dice que, de todas formas, aunque aquellos seres antropomórficos (porque lo eran), nos hubieran engañado con su ciencia, nosotros seguíamos siendo hijos de un Dios Creador. Y en los libros ocultos en varios sitios se encuentra la verdadera Sabiduría, aquella que nos muestra el camino a seguir hasta volver a Dios, que fue nuestro origen.

En todo lo que llevo recopilado en este blog, hay una parte de la verdad. Como la búsqueda es personal, cada lector debe decidir qué parte le parece verdad. Como guía tenemos los principios de la Filosofía hermética, que se pueden considerar principios regidores de todo lo existente. Buenas tardes y hasta mañana


jueves, 30 de marzo de 2017

HOY SÓLO UN SALUDO

El hecho de que me dedique a buscar y estudiar textos ancestrales, no debe hacer pensar que los asuntos diarios me sean indiferentes. Lo que pasa es que, igual que no sé qué parte de los textos nos dicen la verdad y qué parte de ellos nos toma el pelo, cuando me pongo a considerar cómo está el mundo me entra un desánimo que me deja inhibida para varios días. Yo pienso y pienso, y no se me ocurre ni una pequeña idea de cómo podemos salir del barrizal espiritual en el que nos hemos metido. Repaso y reviso los libros tratando de precisar el momento exacto en el que cogimos el camino de la perdición. Y, ya no veo salvación. Ni siquiera los gobiernos pueden hacer nada más que ofrecernos espectáculo gratuito para que nos entretengamos. Los gobiernos no gobiernan. Los sindicatos no sindican. Los médicos tienen una lista de medicamentos de la que no se pueden salir. Desde que Monsanto se ha aliado con la Bayer, ya no deberíamos  tomar aspirina ni paracetamol. Los campesinos más pobres se ven obligados a comprarle las semillas a Monsanto, con grandes ganancias para los dirigentes del país supongo; estas semillas están tratadas químicamente para que sólo sirvan para una sola vez; así que no se puede guardar parte para la próxima siembra: hay que volver a comprársela a la Empresa. De esta forma se apropian del alimento más elemental como por ejemplo, el trigo, que fué un regalo de los dioses al hombre.
Según las consignas, el agua se está acabando, o sea, que sólo quedará agua para las piscinas de la élite. Los demás, la pagaremos a precio de oro sólo para subsistir. Otra mentira de la Matrix. (ese monstruo multifacético y omnipresente que se ha propuesto convertirnos en aquello para lo que, según algunos, fuimos creados: esclavos.
Pero incluso los esclavos vivían mejor que nosotros, tenían la comida asegurada y alguna que otra forma de liberarse. No hay esperanza para nosotros.
Es un poco triste que alguien se muera y tú tengas que hacer un terrible esfuerzo para no alegrarte. No es bueno para el espíritu, pero, por ejemplo, la muerte de Rockefeller, esa momia ridícula que reía en todas las fotos, me dejó completamente indiferente. Deseando que sus herederos se maten como perros por la herencia y al final se la gasten en vicios. Y él que lo vea, desde dónde quiera que vayan a parar esos espíritus tan perversos. En la misma línea de pensamiento, siento que Bill Gates sea joven y le queden tantos años para poder mandar a todos los niños del tercer mundo al "otro", con sus mortíferas vacunas y sus multinacionales farmacéuticas.
Yo, si os parece bien, voy a seguir leyendo y contándoos sobre escritos antiguos a ver si en alguno encontramos alguna fórmula que nos consuele un poco de tanta mediocridad, avaricia, maldad
En fin, que buenas tardes.

domingo, 26 de marzo de 2017

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES, CAIGA QUIEN CAIGA

ABRAHÁN.

No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.

Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas. A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la Escritura: «Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26-32). «Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1-2). Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4). Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más. ¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más. No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del Génesis? Ninguno. Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.

También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).

El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet,cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.

Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.
Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.

Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas ceremonias.

La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.

Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.
En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.
Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».

La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.
Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias. El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14-15). Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el
Éufrates. Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.

El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16). Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población.

A estas objeciones se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido… se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.

Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado, por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la posteridad el recuerdo de los trescientos.

Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.

Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.

A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su pueblo natal.

Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem, y además. Aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.

Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.

Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.

La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes
metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.

Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios.

Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio Hide.

Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.

Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya florecientes todos los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los griegos.

Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.

Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos nieto, que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca.

Los judíos distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas? Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.

La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios histórico-críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.

Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.

Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia, Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus encantos.

La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.

La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.

El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible resolver.

Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que dimanan del Ser Supremo.

Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.

Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle. Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.

Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años? Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).

De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un
signo en una parte del cuerpo tan reverenciada entonces.


Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de Moisés. Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.