¿Por qué Voltaire? Pues porque era un pensador enciclopedista, culto, brillante y enterado de lo que habla. Y por alejarme un poco de los tiempos modernos, que tan confundidos nos tienen sobre tantas cosas.
En éste caso concreto, creo que los tiempos de los que nos habla el autor, son los que produjeron la terible oposición entre cristianos y judíos, que va siendo hora de desterrar y librar de lunáticos y fanáticos. Todos, sin distinción de religión y generación tras generación somos culpables de la situación actual, empezando por el primer día de año I.
Compendio
de la historia de la Iglesia cristiana. No pretendemos sondear las profundidades
de la teología, guárdenos Dios de ello. Nos satisface tener humilde
fe y nos limitaremos
solamente a referir.
En
los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y
hombre, el pueblo hebreo contaba
con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve comunidades religiosas.
Componían estas
comunidades los fariseos, saduceos, esenios, judaítas, terapeutas,
herodianos, recabitas,
los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban
los hermanos, galileos
o fieles, que en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año
60 de nuestra era, y
que Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los
hombres.
Los
fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la
inmortalidad del alma y la
existencia de los espíritus; sin embargo, permanecían fieles al
Pentateuco. Plinio el naturalista
llama a los esenios gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna
en la que nadie
nace, por cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición
se aplicó más tarde a
los cenobitas.
Es
difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los
judaítas, cuando dice: «No
hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan
del tormento, y prefieren
la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso.
Resisten al hierro
y al fuego, y consienten que les quiebren los huesos antes que
proferir la menor palabra
contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer,
ese retrato debe
ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas
palabras de Josefo: «Judas
fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos,
fariseos y esenios. Los que
pertenecen a ella son judíos de nación, viven juntos y consideran
como un vicio la voluptuosidad».
El sentido lógico de esta frase hace creer que el autor se refiere a
los judaítas.
Sea como fuere, éstos fueron antes que los discípulos de Cristo
empezaran a formar
una comunidad considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes
y que adoraban
a Judas Iscariote.
Los
terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los
judaítas, y se asemejaban
a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes. «Se extasían
—dice Filón—
en arrebatos de amor celeste que les proporciona el entusiasmo de las
bacantes y coribantes
y los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta
nació en Alejandría,
donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»
Los
recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede
que de esta secta se aprovechara
Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.
(1)
Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de
Rechab y amigo de Jehu,
y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas. Cuando la
invasión de Nabucodonosor
se refugiaron en Jerusalén.
Los
herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un
mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los hebreos celebraban su
fiesta en Roma en la
época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por
Egipto, pero mucho más
por Siria, Arabia y el golfo Pérsico. Actualmente les llaman
cristianos de san Juan, y los
hubo en el Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que
Pablo, encontrando muchos
de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el
Espíritu Santo?» Y le
respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu
Santo». Pablo les replicó: «¿Qué
bautismo habéis recibido, pues?» Y le contestaron: «El bautismo de
Juan».
Con
todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los cimientos
de la única religión
verdadera. Quien más contribuyó a consolidar esta comunidad
naciente fue el mismo
Pablo que con el mayor encono la había perseguido. Pablo, natural de
Tarsis, fue educado
por el famoso doctor fariseo Gamaliel, discípulo de Hillel. Los
judíos aseguran que
riñó con Gamaliel porque éste se negó a que enmaridara con su
hija. Se traslucen indicios
de esta anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice
que tenía la frente
ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la
talla corta y gruesa y las piernas
torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris, hace un retrato
parecido. Se ha puesto
en duda que fuera ciudadano romano, dado que en aquella época no se
concedía ese título
a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia
romana como hace constar
Celario en su Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los
Hechos.
Dios,
que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y la
pobreza, dio a su
Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de
humillación en que El se dignó
nacer. Todos los paleocristianos eran hombres desconocidos que se
ganaban la vida con
el trabajo de sus manos. Pablo se dedicaba a hacer tiendas de
campaña. La asamblea de los
fieles se reunía en Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón,
según consta en el capítulo
IX de los Hechos de los Apóstoles.
Los
fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos
fueron a Roma, a vivir entre
los judíos, a quienes los romanos permitieron tener una sinagoga. Al
principio no se separaron
de los judíos y al igual que éstos siguieron la práctica de la
circuncisión. Lo quince
primerísimos obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron
circuncidados o por lo menos,
pertenecieron a la nación judía.
Cuando
Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él
mismo en Listre. Tito,
que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la
circuncisión. Los hermanos discípulos
de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que
Pablo fue perseguido
en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Los judíos le
acusaron de querer
destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta
acusación, el apóstol Santiago
le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el
templo con cuatro
judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice
Santiago en los Hechos de
los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el mundo sepa la
falsedad que os atribuyen
y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo,
Pablo, siendo ya cristiano,
se judaiza para que el mundo sepa que le calumnian al decir que no
observa la ley mosaica.
También le acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal
incoado contra él
duró mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las
acusaciones, que fue a Jerusalén
para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No
he pecado
contra
la ley judía, ni contra el templo».
Los
apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente
perseguido, como
un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para reformar
sus costumbres.
«La
circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a los romanos—
si observáis la ley, pero
si la infringís vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si
un incircunciso cumple la
ley se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es
interiormente.»
Cuando
Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio
inefable de su consustancialidad
con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don de Dios se ha
infundido entre
nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, Jesucristo. La
muerte reina por el pecado
de unos 8010 hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo
hombre, que es Jesucristo.
Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo.
Todo está sujeto,
salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».
La
sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no
consiguió destruir la acalorada
disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo,
en Antioquía.
Pedro comía con los gentiles convertidos sin observar con ellos las
ceremonias de
la ley y sin distinguir de carnes; comía con Bernabé y otros
discípulos lo mismo carne de
cerdo que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí
muchos judíos cristianos
Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó
las ceremonias
de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a
sus compañeros,
los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le
reprendí — dice—
porque su proceder fue vituperable».
La
severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio
perseguidor de los cristianos
debía ser más transigente; cuando fue a sacrificar en el templo de
Jerusalén, había
circuncidado a su discípulo Timoteo y observado los ritos judíos,
que entonces reprochaba
a Pedro. San Jerónimo opina que la disputa que medió entre Pablo y
Pedro fue fingida.
En su primera Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos
abogados que se
acaloran y se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante
sus clientes; que dedicándose
Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron
dicha disputa, Pablo
para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San
Agustín discrepa de esta
opinión. Esta disputa entre Agustín y Jerónimo no debe menguar la
veneración que les tenemos,
ni menos la devoción que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo. Por
lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a
los extranjeros, parece probable
que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan
el viaje de
Pedro a Italia.
Allá
por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse
de la comunidad judía,
separación que les acarreó muchos disgustos y persecuciones de las
sinagogas establecidas
en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus hermanos judíos les acusaron de impiedad
y ateísmo y les excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los
sábados, pero Dios
los sostuvo siempre que fueron perseguidos.
Poco
a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y cristianos
se separaron del todo
antes de terminar el siglo I. Ni el Senado de Roma, ni los
emperadores, se inmiscuyeron
en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la
oscuridad había
dirigido Dios.
Una
vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los
cristianos tuvieron que combatir
con una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por
el frecuente trato
que tenían con los griegos: los gnósticos. Las sectas enumeradas
gozaban entonces de total
libertad para dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos
judíos que estaban establecidos
en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la
época de Domiciano
la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de gobierno.
El
celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no
impidió que la Iglesia hiciera
los progresos que Dios le tenía marcados. Al principio, los
cristianos celebraban sus misterios
en casas retiradas y en cuevas durante la noche; de esto provino que
les llamaran lucifugaces,
como dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los
gentiles les llamaban
galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que
prevaleció.
Pero
ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los
tiempos apostólicos fueron
muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por
la mañana, era el
ágape que tenía lugar por la tarde, y los usos cambiaron a medida
que la Iglesia fue consolidándose.
Cuando llegó a ser una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos
y la prudencia de los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.
San
Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron
forma fueron distinguiéndose
en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de
donde provinieron
los obispos; los antiguos de la comunidad, presbiteroi, o sea los
sacerdotes; diáconi,
o sea los diáconos; pistoi, o sea los iniciados, que eran los
bautizados que tomaban parte
en los ágapes; los catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los
energúmenos, que esperaban
que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se
diferenciaba en sus
vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello
es el libro que Tertuliano
dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles.
Durante los primeros
siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes en
pintura y escultura, ni
altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los cristianos ocultaban
celosamente sus libros a los
gentiles, sólo los daban a leer a sus iniciados y no se permitía a
los catecúmenos ni recitar
la oración dominical.
Del
poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia. Lo que
distinguía a los cristianos,
distinción que ha subsistido casi hasta nuestros días era el poder
de expulsar los demonios haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso,
nos dice que Antínoo,
al que divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por
medio de encantamientos
y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los
poseídos cuando
se pronuncia el nombre de Jesús.
Tertuliano,
desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su
Apologética que «si vuestros
dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero
cristiano, facultamos
para que derraméis la sangre de ese cristiano». ¿Puede darse
demostración más clara?
No
cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar
a los demonios. Los
judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, pues
cuando Jesús libró a los
posesos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un
rebaño de dos mil cerdos
y obró otras curaciones, los fariseos dijeron: «Expulsa los
demonios por el poder de Belcebú».
«Si yo los expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué
poder los expulsan
vuestros hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese
poder; tenían exorcistas
y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los
poseídos. El poder de
expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a
los cristianos, quienes desde
algún tiempo acá parece que también lo han perdido.
En
el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir
las operaciones de magia,
pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo
atestiguan los padres
de la Iglesia. San Justino nos dice que con frecuencia se evocan las
almas de los muertos
y de ello saca un argumento para defender la inmortalidad del alma.
Lactancio dice que
«aquel que se atreviere a negar la existencia de las almas después
de la muerte de los cuerpos
le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo,
Clemente, Tertuliano y
el obispo Cipriano, afirman lo mismo.
Y si bien es verdad que en la
actualidad todo ha cambiado
no es menos cierto que Dios es muy dueño de avisar a los hombres por
medio de prodigios
en determinados tiempos y hacerlos cesar en otros.
De
los mártires de la Iglesia.
Cuando las comunidades cristianas
llegaron a ser numerosas y
combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados procedieron
contra ellas y los pueblos
las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de
privilegios y se encerraron
en sus sinagogas permitiéndoles el ejercicio de su religión, como
acontece en nuestros
días en Roma. Los cristianos, al declararse enemigos de todos los
cultos, sobre todo
del culto al imperio, se vieron expuestos con frecuencia a sufrir
crueles pruebas.
Uno
de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de
Antioquía, a quien sentenció
el emperador Trajano estando aquél en Asia y le hizo venir a Roma
para arrojarle a
las fieras, en una época en que no mataban en Roma a los cristianos.
No se sabe exactamente
de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de ser
clemente, sin
dudasan Ignacio tendría enemigos implacables. Sea como fuere, la
historia de su martirio
refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su
corazón con letras
de oro; por esto los cristianos adoptaron en algunas partes el nombre
de Teóforos, que
Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta (1) rogando a los
obispos y a los cristianos
que no se opongan a su martirio, bien porque entonces los cristianos
fueron bastante
poderosos para impedirlo, bien porque algunos de ellos tuvieran
influencia para conseguir
su perdón. Es de advertir que consintieron que los cristianos de
Roma salieran a recibirle
cuando lo llevaron a esta ciudad, lo que prueba que castigaban a la
persona y no a la
secta.
(1)
Dupin, en su Bibliotcca eclesiástica, demuestra que esta carta es
auténtica. Las
persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro tercero
contra Celso, dice: «Pueden
contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión,
porque fueron pocos,
de tiempo en tiempo y a intervalos».
Dios
veló tanto por su Iglesia que ésta, pese a sus enemigos, pudo
celebrar cinco concilios en
el siglo I, dieciséis en el II y treinta en el III; es decir, en
asambleas secretas, pero toleradas.
Sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados
temió que provocaran
tumultos.
Subsisten pocos procesos de procónsules y pretores que
condenaran a muerte
a los cristianos, y que serían los únicos documentos que pudieran
demostrar los motivos
de las acusaciones a los cristianos y sus suplicios. Conservamos
un fragmento de Dionisio de Alejandría transcribiendo el extracto de
un sumario
que obraba en el archivo de un procónsul en Egipto, de la época del
emperador
Valeriano,
que dice:
«Recibidos
en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el
prefecto Emiliano
les dijo: «Pudisteis convenceros por las conversaciones tenidas y
por cuanto os he escrito
de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes;
quiero volver a repetiros
que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una
cosa que debe
exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses
protectores del imperio y abandonéis
un culto que es opuesto a la naturaleza y al buen sentido.» Dionisio
respondió:
«Se
rinde culto a diferentes dioses y cada uno adora al que cree que es
el único verdadero». El
prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos que abusáis de la
bondad del emperador; por
lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad y conforme a la
orden recibida de los emperadores
os destierro a Cefro, que está situado en el centro de Libia, y
advierto que no os
permito que celebréis allí ninguna reunión ni recéis en los
sitios que llamáis cementerios;
está absolutamente prohibido y os aseguro que no lo consentiré a
nadie».
Ese
proceso, que presenta todos los caracteres de la verdad, nos da a
conocer que hacía tiempo
estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De igual modo se
prohibió en Francia
reunirse a los calvinistas y algunas veces torturaron y ahorcaron a
ministros de ese credo
que predicaban en sus asambleas infringiendo la ley. Asimismo, en
Inglaterra y en Irlanda
se prohíben las reuniones a los católicos romanos y algunas veces
los infractores son
condenados a muerte.
A
pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró
indulgencia para los cristianos
a muchos emperadores. El mismo Diocleciano que los ignorantes creen perseguidor
sañudo, fue durante más de ocho años el protector del
cristianismo, prueba de ello
es que varios cristianos obtuvieron cargos principales en su palacio,
amén de que casó con
una cristiana y consintió que en Nicomedia, lugar de su residencia,
se edificara una hermosa
iglesia ante su palacio. Y si luego mandó que destruyeran esa
iglesia fue presionado
por el césar Galerio, que aborrecía a los cristianos. Un cristiano
más entusiasta que
prudente hizo pedazos el edicto del emperador y de este hecho nació
la famosa persecución
en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio
romano, sin
contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató
sin observar las formas
jurídicas.
En
diversas épocas hubo tan gran número de mártires que casi es
imposible conocer la cifra exacta,
dado que en la historia aparecen mezcladas las fábulas y los
martirios. El benedictino
dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa,
hubiera podido
escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un
manuscrito existente
en la abadía de san Benito o en el convento de celestinos de París
concuerde con un
manuscrito de los fuldenses para que esa acta sea auténtica; se
necesita para esto que el acta
sea antigua, esté escrita por coetáneos y ofrezca todas las
garantías de veracidad.
Nuestro
benedictino pudo muy bien omitir la aventura portagonizada por el
joven Romanus,
en el año 303. Romanus obtuvo el perdón de Diocleciano en Antioquía
y, sin embargo,
el mentado monje dice que el juez Asclepiade le sentenció a morir en
la hoguera.
Los
judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven san
Romanus y reprocharon
a los cristianos que Dios consintiera que se quemase, cuando libró
del fuego a Sidrac,
Misac y Abdenago, que en seguida, estando el tiempo sereno, movió
una tempestad que
apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del
joven Romanus; que el primer
médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente
la función de verdugo
y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era
tartamudo, habló con
naturalidad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar
tan bien sin lengua, y
que el médico, para repetir el experimento, cortó la lengua a un
transeúnte y éste murió en
el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió la referida
historieta, debía respetar más los
milagros que se obran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de los que
nadie duda, y no
aumentarlos con cuentos tan inverosímiles que pueden escandalizar a
los hombres de escasa
fe.
La
mencionada persecución no se extendió por todo el imperio. Por
aquel entonces existían en
Inglaterra algunos partidarios del cristianismo que se eclipsaron
pronto, para reaparecer en
la época de los reyes sajones. En
las Galias meridionales y en España pululaban los cristianos. El
césar Constancio los protegió
en todas sus provincias y tuvo una concubina cristiana que fue la
madre de Constantino,
más conocida por santa Elena. No se ha comprobado que se casara con
ella y la
repudió en 292, cuando contrajo matrimonio con la hija de Maximino
Hércules, pero siempre
tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia
nuestra santa religión.
Del
establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino.
Constantino Cloro falleció en
306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran
pequeños y no podían pretender
el imperio. Constantino consiguió que le eligieran emperador en York
unos seis mil
soldados alemanes, galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera
prevalecer esa elección,
pues se hizo sin el consentimiento de Roma, del Senado, ni de los
ejércitos, pero Dios
le hizo vencer a Majencio, que era el emperador elegido en Roma, y
consintió que se librara
de todos los pretendientes, porque como ya sabemos hizo morir a sus
próximos parientes,
incluso a su esposa e hijo.
No
cabe dudar de lo que sobre esto dice Zósimo. Refiere que
Constantino, atormentado por los
remordimientos que le produjeron sus crímenes preguntó a los
pontífices del imperio si podría
expiarlos y le respondieron que no. Cierto que tampoco había
expiación posible para Nerón,
que no se atrevió a asistir a los sagrados misterios en Grecia. Pese
a todo, estaban en uso
los tauróbolos (1) y es difícil creer que un emperador casi
omnipotente no encontrara un
sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiatorios. Pero puede
que sea menos creíble
todavía que Constantino, preocupado por la guerra, sus ambiciones y
sus proyectos, y
rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos.
Zósimo añade que un sacerdote
egipcio que vino de España y tenía entrada en palacio le prometió
la expiación de sus
delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese
sacerdote fue Osio, obispo
de Córdoba. Lo único cierto es que Dios eligió a Constantino para
que fuera el protector
de su Iglesia.
(1)
Tauróbolo era el sacrificio de un toro a Cibeles.
Constantino
fundó la ciudad de Constantinopla, que convirtió en el centro del
imperio y de la
religión cristiana. La Iglesia adquirió entonces forma augusta y es
de creer que, purificado
por el bautismo y haciendo acto de contrición a la hora de su
muerte, obtendría la
misericordia divina, pese a que murió siendo arriano; sería
demasiado duro que todos los seguidores
de los dos obispos Eusebio se hubieran condenado.
Desde
el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad,
los que habían perseguido
sañudamente a los cristianos fueron castigados por éstos. Los
fieles seguidores
de
Cristo arrojaron a la esposa de Maximino en el Oronte, degollaron a
sus parientes y mataron
en Egipto y Palestina a los magistrados que eran contrarios al
cristianismo.
Reconocieron
a la viuda e hija de Diocleciano que se hallaban escondidas en
Salónica y las arrojaron
al mar. Hubiera sido más digno que los cristianos no se dejaran
llevar por el espíritu
de venganza, pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que
manos cristianas
se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto aquéllos
pudieron obrar
con libertad.
Constantino
celebró en Nicea el primer Concilio ecuménico presidido por Osio y
se decidió la
gran cuestión que tenía alborotada a la Iglesia, acerca de la
divinidad de Jesucristo (1).
Sabido
es que la Iglesia, tras combatir durante trescientos años los ritos
del Imperio romano
luchó
luego consigo misma y fue siempre militante y triunfante.
(1)
Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo y Concilios.
Con
los años, la Iglesia griega, casi en su totalidad, y la Iglesia de
Africa, llegaron a ser esclavas
primero de los árabes y después de los turcos, que fundaron la
religión mahometana
sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió, pero
manchada de
sangre por los seiscientos años de discordia entre el imperio de
Occidente y el sacerdocio.
Las mismas discordias le hicieron poderosa. Los obispos y abades en
Alemania se
convirtieron en príncipes, y los papas conquistaron paulatinamente
el dominio absoluto en
Roma y un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con
humillaciones, perturbaciones,
delitos y esplendor.
La
Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania,
Dinamarca, Suecia, Inglaterra,
Escocia, Irlanda, la mejor parte de Suiza y Holanda; en cambio, ganó
territorios en
América con las conquistas de los españoles, pero menos vasallos. A
lo que parece, la Providencia divina ha destinado el Japón, Siam,
India y China a someterse
a la obediencia del Papa para recompensarle de haber perdido Asia
Menor, Siria, Grecia,
Egipto, Africa, Rusia y otros estados. San Francisco Javier, que
introdujo el Evangelio
en las Indias orientales y el Japón cuando los portugueses fueron
allí a comerciar,
obró gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre
otros el de resucitar
nueve muertos, aunque el padre Rivadeneira, en Flos sanctorum, se
concreta a decir
que sólo resucitó cuatro. Plugo a la Providencia que en menos de
cien años se reunieran
millares de católicos en las islas del Japón, pero el demonio
sembró la cizaña entre
el buen grano.
Se asegura que los jesuitas fraguaron una conjuración
a la que siguió una
guerra civil que exterminó a los cristianos, el año 1628. Entonces,
la nación cerró sus puertas
a todos los extranjeros menos a los holandeses, que consideraron como comerciantes
y no como cristianos.
La religión católica, apostólica y romana se
proscribió en
China no hace mucho tiempo, pero con menor crueldad. Los jesuitas no
habían resucitado
muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón,
limitándose allí a enseñar
astronomía y a ser mandarines. Las disputas y cuestiones que
tuvieron con los dominicos
y otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yong Ching que,
aun siendo
justo y bondadoso, fue lo bastante obcecado para no permitir que se
enseñara la santa
religión en su imperio, ya que los misioneros no lograban
entenderse; finalmente, los expulsó
con bondad paternal proporcionándoles subsistencias y carruajes
hasta los límites de
su imperio.
Toda
Asia y Africa, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen a
los ingleses y holandeses
en América, todas las hordas americanas insumisas y todas las
tierras australes, que
ocupan una quinta parte del planeta, están bajo el poder del
demonio, sin duda para comprobar
estas santas palabras: «Muchos son los llamados y pocos los
escogidos».
Qué
significa la palabra Iglesia. La voz iglesia es de origen griego y
significa asamblea del
pueblo. Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron
sinagoga por iglesia, y utilizaron
la misma palabra para expresar la sociedad judía, la congregación
política, la asamblea
judía y el pueblo judío. Por eso se dice en el libro de los
Números: «¿Por qué habéis
llevado la Iglesia al desierto?», y en el Deuteronomio: «El eunuco,
el moabita y el amonita,
no entrarán en la Iglesia, y los idumeos y egipcios no entrarán en
la Iglesia hasta la
tercera generación».
Jesucristo
dice en el Evangelio de san Mateo: «Si vuestro hermano peca contra
vos, o lo que
es igual, os ofende, reprenderle en secreto, presentaos ante él con
dos testigos para que todo
se ponga en claro ante ellos, y si él no les hace caso quejaos ante
la asamblea del pueblo,
ante la Iglesia, y si no hace caso de la Iglesia, considéresele como
gentil o como recaudador
de tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en la
tierra, será atado
en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra, en el cielo será
desatado».
Se
trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en
ofenderlo. No podían
hacerle comparecer ante la asamblea, es decir, ante la Iglesia
cristiana, porque entonces
aún no existía; ni podían juzgar a ese hombre, cuyo compañero se
quejaba de él, ni
el obispo ni los sacerdotes, que tampoco existían; es más, ni los
sacerdotes judíos ni los sacerdotes
cristianos fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre
los particulares,
que eran asuntos de política. Los obispos no llegaron a ser jueces
hasta la época
de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que san Mateo
hace hablar en este
caso a nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una
predicción de lo que ha de
acontecer cuando la Iglesia cristiana tome forma y se establezca.
Selden
hace una observación pertinente respecto a ese pasaje: dice que
entre los judíos no excomulgaban
a los publicanos, ni a los recaudadores de tributos. El populacho
podía detestarlos,
pero eran empleados que nombraba el príncipe y a nadie se le ocurrió
nunca la idea
de separarlos de la asamblea. Los judíos estaban entonces bajo la
jurisdicción del procónsul
de Siria, que se extendía hasta los confines de Galilea y la isla de
Chipre, en donde
tenía viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar
públicamente a los empleados
legales del procónsul. Y además de imprudente hubiera sido injusto,
porque los patricios
romanos, arrendadores de los dominios públicos, recaudadores del
dinero del César,
desempeñaban su cargo autorizados por las leyes.
San
Agustín, en su homilía 81, puede aportar algún dato para la
inteligencia del pasaje en cuestión.
Hablando de quienes persisten en el rencor y no perdonan, dice:
«Considerar a vuestro
hermano como un publicano es atarle en el mundo, y antes de hacerlo
debéis reflexionar
si le atas justamente porque la justicia rompe las ataduras injustas,
pero si corregís
a vuestro hermano, si estáis de acuerdo con él, le habréis
desatado en el mundo».
Comprendo
que san Agustín quiere decir que si el ofendido hizo encarcelar al
ofensor, debe entenderse
que está atado en el mundo, y también lo estará con las ligaduras
celestes, pero que
si el ofendido es inexorable él es quien se ata a sí mismo. No se
trata de la Iglesia en esta
explicación de san Agustín, sino de perdonar o no perdonar una
injuria. San Agustín no
se ocupa del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de
Dios; este derecho está
reconocido en otras partes y es un derecho que deriva del sacramento
de la confesión.
El
obispo de Hipona, a pesar de ser profundo en los tipos y en las
alegorías, no considera que
el susodicho pasaje sea una alusión a la absolución que dan o
niegan los ministros de la Iglesia
católica romana en el sacramento de la penitencia.
Del
número de iglesias en las comunidades cristianas.
Las comunidades
cristianas reconocen
cuatro iglesias: la griega, la romana, la luterana y la reformada o
calvinista. En Alemania,
los primitivos cuáqueros, los anabaptistas, socinianos, menonitas,
pietistas, moravos,
judíos y otras sectas, no forman iglesia. La religión hebraica ha
conservado el título
de sinagoga. Las sectas cristianas se toleran y no pueden tener más
que asambleas secretas,
conventículos, e igual ocurre en Londres. La Iglesia católica no
goza de reconocimiento
en Suecia, Dinamarca, partes septentrionales de Alemania, en las tres cuartas
partes de Suiza, ni en los tres reinos de la Gran Bretaña.
De
la primitiva Iglesia y quienes han creído restablecerla. Como los
pueblos de Siria, los
judíos se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones
religiosas, encaminadas todas
a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad guió a
los discípulos del Bautista,
que subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de
Dios predicho por
san Juan. Los discípulos de Jesús fueron iguales entre ellos, pues
su maestro les dijo terminantemente:
«No habrá entre vosotros primero, ni último. Vine al mundo para
servir, no
para ser servido. Aquel que pretenda ser señor de los demás, será
su criado».
La
prueba de la igualdad, que fue fundamento del cristianismo, la
tenemos en el hecho de que
al principio los cristianos se llamaban hermanos. Se reunían y
esperaban el espíritu, y profetizaban
cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera carta a los
corintios, les dice:
«Si cuando os congregáis, uno de vosotros se halla inspirado de
Dios para hacer un himno,
otro para instruir, éste para revelar alguna cosa de Dios, aquél
para hablar lenguas, debéis
aprovecharlos para mayor edificación. Si han de hablar que lo hagan
sólo dos y por turno,
y el otro explique lo que dice. Y si no hubiere intérprete, callen
en la iglesia los que tienen
ese don... De los profetas hablen dos o tres y los demás disciernan.
Y si a otro de los asistentes...
le fuere revelado algo, calle el primero. Así podéis profetizar
todos, unos después
de otros, a fin de que todos aprendan y se aprovechen. Pues los
espíritus o dones proféticos
están sujetos a los profetas. Porque Dios no es autor de desorden,
sino de paz, y esto
es lo que enseño en todas las iglesias de los santos».
En
la misma carta, san Pablo consiente que las mujeres profeticen,
aunque les prohíbe en el capítulo
XIV hablar en las asambleas. En este pasaje y en otros se ve que los
primitivos cristianos
eran todos iguales porque eran hermanos en Jesucristo. El espíritu
se comunicaba con
ellos, hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos
ellos, sin distinción de
categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los
neófitos, tenían sobre éstos la
preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus discípulos,
pero jurisdicción, poder
temporal, honores, distinción en las vestiduras y muestras de
superioridad, no tenían ninguna,
ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy
peculiar: la persuasión.
Los
hermanos ponían el dinero en común, como consta en los Hechos de
los Apóstoles, capítulo
VI, y elegían siete para que se encargaran de la despensa y
proveyesen las necesidades
comunes.
Para desempeñar esas funciones eligieron en Jerusalén a
Esteban, Filipo,
Procoro, Nicanor, Timón, Parmenás y Nicolás. Hay que anotar que
entre los siete que
eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los
apóstoles, no se encuentra el
ejemplo de ningún cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro
poder que el de enseñar,
exhortar, expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y
hacer milagros.
Entre
ellos todo era espiritual y nada se traslucía de las pompas del
mundo, pero en el siglo II empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e
interés. Los ágapes se
convirtieron en grandes festines, de los que reprochaban los
exquisitos platos y el inconveniente
lujo. Tertuliano lo confiesa: «Comemos muy bien —dice—, pero,
¿los misterios
de Atenas y Egipto no se celebraban con suculentas comidas? Aunque
gastemos mucho,
nuestros gastos son útiles porque aprovechan a los pobres».
Por
aquel entonces, algunas comunidades cristianas que se creían más
perfectas que las demás,
por ejemplo los montanos, que se jactaban de profesar una moral
austera, consideraban
adulterio las segundas nupcias, sentían públicamente convulsiones
sagradas y éxtasis,
y creían hablar con Dios cara a cara, quedaron convictos —según
se asegura— de mezclar
la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo
que esa cruel acusación
se extendiera hasta los verdaderos cristianos y motivara las
persecuciones. He aquí
lo que hacían, según cuenta san Agustín: clavaban alfileres en
todo el cuerpo del niño y
con la sangre que salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan;
si el niño moría le tributaban
honores de mártir (1).
(1)
San Agustín, De Haeresibus, haeres, cap. XXVI.
Tan
corrompidas estaban entonces las costumbres que los santos padres se
lamentaban sin cesar
de lo que acontecía. He aquí lo que decía san Cipriano en su De
los caídos: «Todos los
sacerdotes corren en pos de bienes y honores con insaciable furor.
Los obispos están faltos
de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería, juran y
perjuran, la discordia divide
a los cristianos, los obispos dejan el púlpito para ir a las ferias
y enriquecerse haciendo
negocios; en resumen, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en
disgustar a todo
el mundo (2).»
(2)
Véanse Obras de san Cipriano e Historia eclesiástica, de Fleury,
tomo II, edición de 1725.
Antes
de esos escándalos, el sacerdote Novatien dio uno muy funesto a los
fieles de Roma, pues
fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque secreto y
expuesto a la persecución,
era muy ambicionado porque sacaba pingües contribuciones a los
cristianos y tenía
autoridad suprema sobre ellos.
No
repetiremos lo que consta en tantos archivos y dicen todos los días
personas instruidas, acerca
del considerable número de cismas y guerras que se sucedieron; ni
nos vamos a ocupar
de los seiscientos años de discordias sangrientas entre el imperio y
el sacerdocio, ni del
dinero de los países que iba a parar, por muchos conductos, unas
veces a Roma y otras a
Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su
residencia durante setenta y dos
años; ni tampoco de la sangre que corrió por Europa en defensa de
una tiara que Jesucristo
no conoció, o por otras cuestiones ininteligibles de las que El
tampoco se ocupó.
Nuestra
religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado
manchada mucho
tiempo con el crimen y la carnicería. Cuando
el frenesí de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón
humano llegó a su último
exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido ilegalmente obispo de
Roma, quitó esa
ciudad a los emperadores y prohibió a los obispos de Occidente que
usaran el título de papa
para usarlo él solo, cuando siguiendo su ejemplo los obispos de
Alemania se proclamaron
soberanos, y los de Francia e Inglaterra trataban también de
proclamarse, desde
esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron
comunidades cristianas que, bajo
nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primera
que tuvo el cristianismo.
Pero
esta igualdad, posible en una comunidad reducida y oculta a las
miradas del mundo, no
lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y triunfante no
podía ya ser la Iglesia desconocida
y humilde. Los obispos y las grandes comunidades monásticas, ricas
ya y poderosas
se reunieron bajo las banderas del pontífice de la nueva Roma y
combatieron pro aris
et pro focis (por sus altares y hogares). Para sostener o humillar la
nueva administración
eclesial recurrieron a cruzadas, ejércitos, sitios, batallas,
rapiñas, torturas, asesinatos
en manos de verdugos o de sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones
mediante el hierro y el fuego. Las olas de sangre y los huesos de los
muertos escondieron
la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo que apenas se ha podido
encontrar.
Escisión
entre las Iglesias griega y latina en Asia y Europa. Los hombres de
bien lamentan,
hace catorce siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido
siempre rivales y la
túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta
división es, sin embargo,
muy lógica. Roma y Constantinopla se odiaban, y cuando los señores
se aborrecen
sus vasallos se detestan. Las dos confesiones religiosas se han
disputado siempre la
superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la
ciencia, la elocuencia y el poder.
En
esta cuestión, los griegos llevaron durante mucho tiempo la ventaja;
alardeaban de ser maestros
de los latinos y haberles enseñado lo que sabían. Los Evangelios se
escribieron en griego,
y no hay un dogma, un rito, un misterio y un uso que no sea griego;
desde el vocablo
bautismo hasta la voz eucaristía, todo es griego en ellos. Sólo
hubo padres de la Iglesia
en Grecia hasta san Jerónimo, que tampoco era romano, pues era de
Dalmacia. San Agustín,
que siguió en el orden cronológico a san Jerónimo, era africano.
Los siete grandes concilios
tuvieron lugar en ciudades griegas, y los obispos de Roma no
asistieron a ellos porque
sólo sabían latín, y éste corrompido.
La
escisión entre Roma y Constantinopla estalló en 452, en el Concilio
de Calcedonia, convocado
para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una persona, o dos
personas y una
naturaleza. En el mismo Concilio se decidió que la Iglesia de
Constantinopla era igual en
todo a la de Roma respecto a honores, y el patriarca de una igual al
patriarca de la otra.
El
papa san León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas,
pero ni él ni sus sucesores
concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Parece indiscutible que
en esta disputa sobre
la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las
palabras de Jesucristo que
constan en el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero, ni
último». Los santos siempre
son santos, pero no se libran del orgullo y el mismo espíritu que
hizo echar espumarajos
de ira al hijo de un albañil que llegó a ser obispo porque no le
llamaban monseñor
(1), hizo pelear al universo cristiano.
(1)
Biord, obispo de Annecy.
Los
romanos fueron siempre menos polemistas y sutiles que los griegos,
pero mucho más políticos.
Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar, acabaron siendo
vasallos, y el
obispo de Roma, sin recurrir a tantos argumentos, supo fundar su
poder sobre las ruinas del
imperio de Occidente.
El
odio pasó a ser escisión en la época de Focio, papa o vigilante de
la Iglesia bizantina, y de
Nicolás I, papa o vigilante de la Iglesia romana. Como por desgracia
nunca hubo ninguna
disputa eclesial que no tuviera su parte ridícula, ocurrió que la
lucha empezó por dos
patriarcas que eran eunucos, Ignacio y Focio, que disputaban la sede
de Constantinopla,
estaban castrados, y esa mutilación les prohibía obtener la
verdadera paternidad;
no podían ser más que padres de la Iglesia.
Dícese
que los castrados son marrulleros, malignos e intrigantes: Ignacio y
Focio perturbaron
Grecia. El papa latino Nicolás I siguió el partido de Ignacio y
Focio le declaró hereje
porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu
Santo por medio del Padre
y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo
hacía proceder del padre.
Además de esa procedencia herética, Nicolás comía y permitía
comer huevos y queso
en Cuaresma, y para completar sus faltas, el papa romano se hacía
afeitar la barba, lo cual
era una apostasía para los patriarcas griegos, porque a Moisés, los
patriarcas y Jesucristo
los pintan siempre barbudos los pintores griegos y latinos.
Cuando
en el año 789 ocupó su sede el patriarca Focio por el octavo
Concilio ecuménico griego,
al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que trescientos le
habían condenado en
el Concilio ecuménico anterior el papa Juan VIII le recomendó por
hermano. Dos legados
que dicho papa envió al mencionado Concilio unieron su voto al de la
Iglesia griega
y declararon que aquel que dijera que el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo sería
un Judas, pero como los romanos persistieron en la costumbre de
rasurarse la barba y de
comer huevos en Cuaresma, las dos iglesias quedaron separadas para
siempre.
El
cisma se consumó del todo durante los años 1053 y 1054, cuando
Miguel Cerulario, patriarca
de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma, León
IX, y a todos los
latinos, añadiendo a los reproches de Focio, que empleaban pan ázimo
en la eucaristía, las
prácticas de los apóstoles, acusándoles de perpetrar el delito de
comer morcilla y retorcer
el pescuezo a los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos.
En fin, cerraron todas
las iglesias latinas en el imperio griego y prohibieron cualquier
trato con los que comieran
morcilla.
El
papa León IX negoció seriamente el asunto con el emperador
Constantino Monómaco y consiguió
apaciguarle. El emperador griego favoreció al papa en lo que pudo,
mas no consiguió
que se reconciliaran los griegos y latinos. Los griegos creían que
sus adversarios eran
bárbaros porque no sabían una palabra de la lengua griega.
La
irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto liberar los Santos
Lugares y por objeto apoderarse
de Constantinopla, terminó de hacer odiosos a los romanos ante los
griegos. Con
todo, el poder de la Iglesia latina fue cada día en aumento y poco a
poco los turcos fueron
conquistando a los griegos. Los papas fueron desde hace mucho tiempo
soberanos poderosos
y ricos, y toda la Iglesia griega quedó esclavizada desde Mahomed
II, salvo Rusia,
que entonces era un país bárbaro y de cuya Iglesia no se hacía
caso. Quienes conocen
la historia del Cercano Oriente, saben que el sultán confiere el
patriarcado de Grecia
por medio del báculo y el anillo, sin temor a ser excomulgados, como
los papas excomulgaron
a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.
La
Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrarse
arzobispos, pero en realidad
elige al que indica la Puerta. Esa titularidad cuesta actualmente
ochenta mil francos,
que quien la asume tiene que sacar a los griegos. Si aparece algún
canónigo de fama
que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado o dan la
titularidad al último
postor, igual que Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en
el siglo x. Si el
patriarca nombrado se niega a renunciar a su título le dan cincuenta
palos en las plantas de
los pies y le destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le
ocurrió al patriarca Lucas
Cirilo en 1638.
El
Gran Turco concede los otros obispados mediante fianza, en la época
de Mahomed II, la suma
tasada para cada obispado constaba siempre en la patente, pero lo
pagado de más no constaba,
por lo que no puede saberse con exactitud la cantidad que al
sacerdote griego le cuesta
comprar el obispado.
Son
divertidas esas patentes. He aquí una muestra de ellas: «Concedo a
Fulano de Tal, sacerdote
cristiano, el presente mandamiento para perfección de felicidad. Le
mando que resida
en la ciudad aquí nombrada como obispo de los infieles cristianos,
según su antiguo uso
y sus vanas y extravagantes ceremonias, queriendo y mandando que
todos los cristianos
de este distrito le reconozcan y ningún sacerdote ni monje pueda
casarse sin su permiso»
o sea, sin pagar.
La
esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia, pero los griegos
tienen lo que merecen;
estaban ocupados seriamente en discutir sobre la luz del Thabor y en
disputar sobre
su ombligo cuando los turcos tomaron Constantinopla.