domingo, 26 de marzo de 2017

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES, CAIGA QUIEN CAIGA

ABRAHÁN.

No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.

Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas. A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la Escritura: «Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26-32). «Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1-2). Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4). Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más. ¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más. No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del Génesis? Ninguno. Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.

También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).

El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet,cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.

Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.
Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.

Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas ceremonias.

La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.

Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.
En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.
Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».

La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.
Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias. El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14-15). Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el
Éufrates. Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.

El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16). Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población.

A estas objeciones se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido… se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.

Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado, por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la posteridad el recuerdo de los trescientos.

Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.

Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.

A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su pueblo natal.

Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem, y además. Aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.

Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.

Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.

La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes
metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.

Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios.

Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio Hide.

Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.

Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya florecientes todos los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los griegos.

Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.

Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos nieto, que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca.

Los judíos distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas? Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.

La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios histórico-críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.

Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.

Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia, Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus encantos.

La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.

La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.

El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible resolver.

Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que dimanan del Ser Supremo.

Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.

Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle. Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.

Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años? Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).

De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un
signo en una parte del cuerpo tan reverenciada entonces.


Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de Moisés. Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.

viernes, 24 de marzo de 2017

RELIGIÓN, SUPERSTICIÓN Y FANATISMO

Voltaire se consideraba buen cristiano y no hay razones para negarlo. Pero hace una acérrimoa críticas a todos los fanatismos. Y prefiero elegir un clásico del s. XVIII, digno representante de la Ilustración, movimiento que, si no hubiera sido interrumpido, sin duda habría dado como resultado hombres más instruídos y libres. Se interpuso la Revolución Indstrial y, con ella, todos los males que nos afligen.



RELIGIÓN.
Sabemos que los epicúreos no profesaban ninguna religión y recomendaban el alejamiento de los asuntos públicos, el estudio y la concordia. Esta secta constituía una comunidad de amigos porque su principal dogma era la amistad. Ático, Lucrecio, Memius y algunos hombres de este temple, podían vivir juntos honestamente y ejemplos semejantes se ven en todos los países. Entre hombres de esta clase se puede filosofar todo lo que se quiera. Son como los melómanos, que para complacerse a sí mismos se dan un concierto de música clásica y selecta, pero que se guardan bien de ejecutar ese concierto ante el vulgo ignorante y brutal, no vaya a ser que les rompan los instrumentos en la cabeza. El que tenga que gobernar un pueblo necesita que éste tenga una religión. No es mi propósito ocuparme de la nuestra, ya que es la única buena, la única necesaria y la única auténtica.

¿Habría sido capaz la inteligencia humana de admitir una religión no parecida a la nuestra, sino que fuera menos mala que las demás religiones del orbe juntas? ¿Y cuál sería esa religión? ¿No sería la que predicara la adoración del Ser Supremo, único, infinito, eterno y creador del universo, la que nos uniera a ese Ser como recompensa de nuestras virtudes y nos separara de él como castigo de nuestros crímenes? ¿La que admitiera pocos dogmas que son motivo eterno de disputa, la que enseñara una moral pura, sobre la que jamás se disputara? ¿La que no hiciera consistir el fundamento del culto en vanas ceremonias, como la de escupirnos a la boca, la de cortarnos el prepucio, la de extirparnos un testículo, puesto que se pueden cumplir todos los deberes sociales teniendo los testículos y el prepucio enteros y sin que nos escupan en la boca? ¿La que socorriera a nuestro prójimo por el amor de Dios, en vez de perseguirle y degollarle en nombre de ese mismo Dios? ¿La que tuviera ceremonias augustas que emocionaran al pueblo y careciera de misterios que pueden sublevar a los sabios y enojar a los incrédulos? ¿La que asegura a sus ministros una asignación honrosa para que subsistieran con decencia y no les dejara usurpar las dignidades y el poder que puede convertirlos en tiranos?

Buena parte de esta religión está grabada hoy en el corazón de algunos soberanos y llegará a ser la dominante cuando el articulado que propuso el abad de San Pedro sobre la paz perpetua sea firmado por todos los príncipes. Pasé la noche meditando. Absorto en la contemplación de la naturaleza, admiraba la inmensidad, el curso y las relaciones de esos astros infinitos que el vulgo no sabe admirar.

Pero admirando aún más la inteligencia que los dirige, me decía: Se necesita ser ciego para que este espectáculo nos deje indiferentes, es preciso estar locos para no adorarle. ¿Qué tributo de adoración debemos rendirle? ¿No debe ser siempre el mismo en todo el espacio por cuanto es el mismo Ser Supremo el que lo rige en su extensión? ¿El ser dotado de pensamiento que habite en una de las estrellas de la Vía Láctea no le debe el mismo homenaje que el que piensa en nuestro planeta? Si la luz es uniforme para el astro Sirio y para nosotros, la moral también debe ser uniforme. Si el animal que piensa y siente en Sirio nació de padres que intentan hacerle feliz, les debe corresponder con tanto amor y cuidados como debemos en el mundo a nuestros padres. Si algún habitante de la Vía Láctea ve a un indigente lisiado, puede socorrerle y no lo hace, es culpable ante todo el universo. El corazón tiene en todas partes las mismas obligaciones.
Absorto en estas ideas, vi que uno de los genios que llenan los intermundos descendió hasta mí. Reconocí al mismo espíritu sutil que se me apareció otra vez para enseñarme lo diferentes que son los juicios de Dios de los nuestros, y que una buena acción es preferible a una disputa.

Me llevó a un desierto lleno de cadáveres hacinados, y entre esos montones de muertos había unas alamedas de árboles siempre verdes; al extremo de cada alameda, un hombre alto y de soberano aspecto contemplaba con compasión aquellos restos inanimados.
— Arcángel mío, ¿a dónde me habéis traído?
— Al lugar de la desolación.
— ¿Quiénes son esos venerables patriarcas que veo inmóviles y conmiserativos al extremo de las alamedas, que parece lloran por los inmortales muertos?
— Lo sabrás, pobre criatura humana, pero antes es preciso que llores.

Y señalando el primer montón de muertos, me dijo:
— Estos son los veintitrés mil judíos que exterminaron ante el becerro de oro y los veinticuatro mil que fueron muertos por los jóvenes madianitas. El número de asesinados por delitos y otras causas asciende a unos trescientos mil. En las alamedas siguientes están los cementerios de los cristianos que se degollaron unos a otros por discusiones metafísicas.

Están divididos en montones de cuatro siglos cada uno; si estuvieran en uno solo, llegarían hasta el cielo.
— ¿De este modo trataron los hermanos a sus hermanos de credo y tuve la desgracia de pertenecer a esta cofradía?
— He aquí los doce millones de americanos asesinados en su patria por no estar bautizados.
— ¿Por qué no dejó Dios que se descompusieran esos cadáveres en el hemisferio donde nacieron sus cuerpos? ¿Por qué ha reunido aquí estos monumentos de la barbarie y del fanatismo?
— Para instruirte.
— Ya que quieres instruirme, dime si además de los cristianos y judíos hubo otros pueblos en que el celo y la religión, convertidos en fanatismo, inspiraron crueldades tan abominables.
— Sí —me contestó—. Los mahometanos cometieron las mismas crueldades, pero pocas veces; cuando se les ha pedido clemencia y han ofrecido pagarles el tributo han sabido perdonar. Respecto a las demás naciones, desde que existe el mundo ninguna ha tenido una guerra puramente religiosa. Ahora, sígueme.

Así lo hice. Un poco más allá de aquellos montones de cadáveres encontramos otros, pero éstos eran sacos de oro y de plata, cada uno con su etiqueta: «Sustancia de los herejes asesinados en los siglos XVI, XVII y XVIII», «Oro y plata de los americanos degollados». Esos montones remataban con cruces, mitras, báculos y tiaras cubiertas de piedras
preciosas.
— ¿Por poseer tales riquezas acumularon tantos muertos? —pregunté al genio.
— Sí, hijo mío.

No pude contener las lágrimas, y cuando por la aflicción que experimentaba merecí que me llevara al extremo de las hileras de árboles verdes, me dijo:
— Contempla los héroes de la humanidad que fueron los bienhechores del mundo y que se han reunido para desterrar de él, en cuanto les fue posible, la violencia y la expoliación. Interrógales.

Me acerqué al que estaba más cerca; llevaba una corona en la cabeza y un pequeño incensario en la mano. Humildemente, le pregunté su nombre.
— Soy Numa Pompilio, fui el sucesor de un bandido y me vi obligado a gobernar bandidos. Les enseñé la virtud y el culto a Dios y después de mi muerte olvidaron más de una vez una y otro; prohibí que se practicaran simulacros en los templos porque la divinidad que rige la naturaleza no podemos representárnosla. Durante mi reinado, los romanos no tuvieron guerras ni sediciones, porque mi religión los civilizó. Todos los pueblos acudieron a honrar mis funerales, lo que a nadie acaeció más que a mí.

Le besé la mano y me dirigí al segundo personaje: era un venerable anciano de unos noventa años, vestido con un ropaje blanco que tenía colocado el dedo corazón sobre la boca y con la otra mano arrojaba habas detrás de él. Le reconocí, era Pitágoras. Me dijo que gobernó a los crotoniatas con tanta justicia como Numa Pompilio gobernaba a los romanos, era poco más o menos de su época, y que la justicia era lo más necesario y raro en el mundo. Me aseguró que los pitagóricos hacían examen de conciencia dos veces al día. Por complacerle, no repliqué a Pitágoras y pasé a ver a Zoroastro, que se hallaba ocupado en encontrar el fuego celeste en el hornillo de un espejo cóncavo, en el centro de un vestíbulo que tenía cien puertas y todas conducían a la sabiduría. Sobre la principal de esas puertas (1) leí unas palabras que compendian la moral y zanjan las controversias de los casuistas: «Cuando dudes de si una acción es buena o mala, abstente de practicarla».

— Seguramente —dije al arcángel—, los bárbaros que inmolaron esas víctimas, cuyos
cadáveres he visto, no leyeron esas hermosas palabras.

(1) Los preceptos de Zoroastro se llaman puertas y son cien.

Luego hablé con Zeleuco, Tales, Anaximandro y todos los sabios que buscaron la verdad y practicaron la virtud. Cuando llegué a Sócrates, que reconocí por su nariz chata, le dije:
— Todos los habitantes de Europa, menos los turcos y los tártaros de Crimea, que son profundamente ignorantes, pronuncian vuestro nombre con respeto y lo reverencian hasta tal punto que han tratado de averiguar los nombres de vuestros perseguidores. Por vos conocemos a Melitus y Anitus, de éste solo el nombre de pila; no sé precisamente qué era ese malvado que os calumnió y llegó a conseguir que os sentenciaran a beber la cicuta.
— Desde mi fatal aventura, no he vuelto a ocuparme de ese hombre —me respondió Sócrates—, pero el recordármelo os confieso que me causa lástima. Era un sacerdote perverso que se dedicaba a comerciar con cueros, profesión vergonzosa entre nosotros. Envió sus dos hijos a mi escuela y sus condiscípulos les afearon el oficio del padre, viéndose obligados a abandonar el estudio. Su padre, encolerizado, sublevó contra mí a los sacerdotes y sofistas, que lograron convencer al Consejo de los Quinientos que yo era un impío y no creía que la Luna, Mercurio y Marte fueran dioses. Efectivamente, entonces, como ahora, creía que no hay más que un Dios, señor de toda la naturaleza. Los jueces me entregaron al envenenador de la República, que acortó algunos días de mi vida. Morí tranquilamente a la edad de setenta años y desde entonces vivo feliz entre estos grandes hombres, de los que soy el más insignificante.

Tras disfrutar de mi entrevista con Sócrates, fuimos avanzando mi guía y yo hacia un bosquecillo situado encima de aquella floresta, en donde los sabios de la Antigüedad parecía que gozaran de apacible reposo. Vi a un hombre de semblante sereno y expresivo que, a mi parecer, apenas habría cumplido treinta y cinco años. Lanzaba desde lejos miradas compasivas al montón de esqueletos blanquecinos, a través de los que había pasado para llegar a la morada de los sabios. Me afligió al ver sus pies hinchados y sangrientos, al igual que las manos, que estaba herido en un costado y tenía el cuerpo despellejado de recibir azotes.
— ¿Es posible —exclamé— que un justo, un sabio, pueda encontrarse en ese estado? Acabo de ver otro que lo trataron cruelmente pero no hay comparación entre su suplicio y el vuestro. Sacerdotes inicuos y jueces pérfidos le envenenaron, ¿acaso vos también fuisteis asesinado cruelmente por sacerdotes y jueces?
— Sí —me contestó con afabilidad.
— ¿Quiénes eran esos monstruos?
— Los hipócritas.
— Ya habéis dicho bastante y ello me hace comprender que os debieron sentenciar al último suplicio. ¿Les probasteis, acaso, como Sócrates, que la Luna no es una diosa, ni Mercurio un dios?
— No, no fue por cuestión de planetas. Mis coterráneos no sabían qué es un planeta. Todos eran ignorantes y tenían otras supersticiones que los griegos.
— ¿Tratábais de enseñarles una nueva religión?
— Tampoco. Les decía, sencillamente: amad a Dios de todo corazón y a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Seguramente comprendéis que este precepto es tan antiguo como el universo y que no les enseñaba un nuevo culto. Les repetía continuamente que había venido, no a abolir la Ley, sino para hacerla cumplir. Yo observaba todos sus ritos, estaba circuncidado como ellos, bautizado como ellos, presentaba mi ofrenda en el templo como ellos, y como ellos celebraba la Pascua, comiendo de pie un cordero asado con lechugas. Mis amigos y yo íbamos a rezar en el templo y mis amigos lo frecuentaron después de mi muerte; en una palabra, cumplí sus santas leyes sin exceptuar ninguna.
— Aquellos miserables ni siquiera os podían reprochar haberos separado de sus leyes.
— No, no podían.
— ¿Por qué, pues, se ensañaron con vos?
— Eran orgullosos e interesados, comprendieron que los conocía bien y supieron que haría los conocieran los demás compatriotas. Eran más fuertes y me quitaron la vida; sus semejantes harán siempre lo mismo, si pueden, a todo el que haga justicia.
— Pero ¿dijisteis o hicisteis algo que pudiera servirles de pretexto?
— Cualquier cosa sirve de pretexto a los perversos.
— ¿No les dijisteis que veníais a traer la guerra y no la paz?
— Eso fue un error del copista. Les dije que traía la paz y no la guerra. Y como no escribí nada, pudieron trastocar lo que dije sin mala intención.
— ¿No habréis contribuido, con vuestros discursos mal interpretados, a formar esos montones de cadáveres que encontré cuando venía a consultaros?
— Siempre me horrorizaron los criminales que asesinan.
— Y esos monumentos de poder y riqueza, de orgullo y avaricia, esos tesoros, ornamentos, esos signos de grandeza que acabo de ver acumulados, ¿provienen de vos?
— De ninguna manera. Los míos y yo hemos vivido humildes y pobres mi grandeza la encontré en la virtud.

Varias veces estuve a punto de rogarle que dijese quién era, pero el guía me aconsejó que no lo preguntara porque mi naturaleza no era la más apropiada para comprender esos misterios sublimes. Entonces supliqué al desconocido que me explicara la esencia de la verdadera religión.
— Ya os lo dije: amad a Dios y a vuestro prójimo como a vos mismo.
— ¿Y amando a Dios podré comer carne los viernes de Cuaresma?
— Yo siempre comí lo que me dieron, porque fui pobre y no podía invitar a comer a nadie.
— Amando a Dios y siendo justo, ¿me será lícito no confesar los secretos de mi vida a un desconocido?
— Así lo hice yo siempre.
— ¿Obrando bien podré eximirme de ir en peregrinación a Santiago de Compostela?
— Jamás estuve en ese país.
— ¿Será preciso que me decida por la Iglesia griega o por la Iglesia latina?
— Cuando estaba en el mundo, para mí no hubo ninguna diferencia entre el judío y el samaritano.
— Siendo así, os reconozco por mi único señor.

Entonces, el desconocido me hizo una señal con la cabeza que me llenó de consuelo. La visión desapareció y sólo quedó en mí la conciencia recta.

Cuestiones para la religión.

El hombre empezó por conocer un solo Dios y luego inventó la existencia de pluralidad de dioses. He aquí en qué apoyo mi creencia: No cabe duda que existieron pequeñas poblaciones antes de edificar grandes ciudades, y que los seres humanos se subdividieron en pequeñas repúblicas antes de unirse en grandes imperios. Es natural, pues, que un pequeño poblado, aterrorizado por los truenos y rayos, apesadumbrado por la pérdida de las cosechas, al sufrir las depredaciones del poblado inmediato y al conocer su debilidad, creyera que existía en todas partes un poder invisible e imaginara un ser superior a nosotros, del que provenía el bien y el mal. Me parece imposible que pensara en la existencia de dos poderes, porque igual podía haber pensado que existían muchos. En todas las especulaciones de la mente se empieza por lo simple, después se llega a lo compuesto y, con frecuencia, volvemos a lo simple otra vez al tener mayores conocimientos. Esta es la trayectoria del espíritu humano.

A qué ser podían invocar, ¿al sol, a la luna? No me parece verosímil. Veamos lo que ocurre en los niños, muy parecidos a los hombres ignorantes. No les llama la atención la hermosura ni la utilidad del sol, ni lo beneficiosa que es la luna por la noche, ni las variaciones periódicas de su curso; se acostumbran a todo eso sin parar mientes en ello. No adoramos, invocamos, ni deseamos apaciguar más que a lo que tememos, y los niños ven el cielo con indiferencia. Pero cuando ruge el trueno, tiemblan y se esconden. Indudablemente, los primitivos hombres obraron como los niños. Sólo pudo haber, entonces, una especie de filósofos que fijándose en el curso de los astros lograran que los hombres los admiraran y adorasen, pero los simples labriegos, del todo ignorantes, no sabían lo suficiente para adoptar esa errónea adoración.

Por tanto, la población humilde, al principio, se concretaría a pensar: existe un poder que truena, que graniza, que mata a nuestros hijos; apacigüémoslo. Pero, ¿cómo hacerlo? Calmamos la ira de los enojados haciéndoles ofrendas; hagámoslas, pues, a ese poder. Necesitamos también designarlo con un nombre. Y el primero que les debió ocurrir fue el de jefe, de señor; ese poder se llamó, pues, mi señor. Probablemente, por esta razón los egipcios llamaron a su dios Knef; los sirios, Adoni; los pueblos inmediatos, Baal o Bel, Melch o Moloc, y los escitas Papee, vocablos que significan señor, dueño.

Así, cuando se descubrió América encontraron allí infinidad de poblaciones pequeñas con su dios protector. Incluso México y Perú, poderosas naciones, tenían un dios único; los mexicanos adoraban a Vitzliputzli, dios de la guerra, y los peruanos, a Manco Capack. No fue la razón superior e intelectiva de los pueblos la que les hizo reconocer una sola divinidad; si hubieran sido filósofos habrían adorado al Dios de toda la naturaleza, no al dios de una localidad, y hubieran estudiado las relaciones infinitas que median entre los seres, que prueban que existe un Ser creador y conservador. Pero no estudiaron, sólo sintieron. Cada localidad reconoció que era débil y necesitaba tener la protección de un Ser fuerte, creyó que ese Ser tutelar y terrible residía en un bosque cercano, en una montaña o en una nube, creyó que existía un solo Ser superior porque cuando iba a la guerra no tenía más que un caudillo, y creyó que era corporal porque le era imposible representárselo de otro modo. Creía asimismo que el pueblo vecino tenía también su dios, por eso Jepté dijo a los habitantes de Moab: «Poseéis legítimamente lo que vuestro dios Chamos os hizo conquistar y debéis dejarnos disfrutar lo que nuestro dios nos consiguió con sus victorias»
(Jueces, cap. 11, 24).

Son muy significativas las anteriores palabras, que pronunció un extranjero ante otros extranjeros. Los judíos y moabitas habían expulsado a los habitantes del país; ambos sólo contaban con el derecho de la fuerza y el jefe de unos dijo al de los otros: Tu dios ha protegido tu usurpación; consiente, pues, que mi dios proteja la mía. Jeremías y Amós preguntan: «¿Qué razón tuvo el dios Melchom para apoderarse del país de Gad?» Estos textos demuestran que la Antigüedad creyó que cada país tenía su dios protector. Huellas de esto las encontramos también en las obras de Homero.

Es asimismo natural que despertada la imaginación de los hombres y habiendo adquirido conocimientos confusos, multiplicaran sus dioses y tuvieran por protectores a los elementos, el mar, los bosques, los ríos y los campos. Cuanto más se dedicaron al estudio de los astros, más se llenaron de admiración. ¿Y cómo no habían de adorar al sol, cuando adoraban la divinidad de un riachuelo? Así que dieron el primer paso por este camino el mundo se pobló de dioses, y desde la adoración de los astros descendieron los hombres hasta la adoración de los gatos y cebollas.

Con el tiempo, la razón se fue perfeccionando y aparecieron filósofos que comprendieron que ni las cebollas, los gatos, ni los astros celestes habrían podido establecer el orden admirable de la naturaleza. Todos los filósofos, babilonios, persas, egipcios, escitas, griegos y romanos, admitieron la existencia de un Dios supremo, remunerador y vengador. Al principio no se atrevían a decirlo a los pueblos, porque el filósofo que hubiera osado profanar las cebollas y los gatos ante las beatas y sacerdotes hubiera sido lapidado, y al que hubiera censurado a los egipcios que comieran sus dioses se lo habrían comido.

¿Qué hicieron, pues? Orfeo y sus seguidores instituyeron los misterios que los iniciados prometían, con juramentos execrables, no revelar. El principal de ellos consistía en la adoración de un dios único. Esa gran verdad llegó a abarcar la mitad del mundo y la cantidad de iniciados alcanzó una cifra inmensa; la antigua religión seguía subsistiendo, pero como no era contraria al dogma de la unicidad de Dios la dejaron subsistir. Los romanos reconocían el Deus optimus maximus, y los griegos llamaban Zeus a su dios supremo. Sus demás divinidades no eran más que seres intermedios y colocaban a los héroes y a los emperadores en la categoría de dioses, equivalente a la nuestra de bienaventurados y no consideraban a Octavio, Claudio, Tiberio ni a Calígula como creadores del cielo y de la tierra. En una palabra, está demostrado que desde la época de Augusto todos los que profesaban una religión reconocían un Dios superior y eterno y varios órdenes de dioses subalternos, cuyo culto se llamó después idolatría.

Las leyes de los judíos nunca favorecieron la idolatría, y aunque admitían la existencia de los ángeles no asignaban culto a esas divinidades secundarias. Cierto que adoraban a los ángeles, esto es, se arrodillaban cuando los veían, pero como sucedía pocas veces no tenían ceremonias ni culto legal para ellos. Los querubines del Arca no recibían homenaje. Parece que los judíos, desde la época de Alejandro, adoraron en público un solo Dios, al igual que la multitud innumerable de los iniciados lo adoraban secretamente en sus misterios.

En la época que el culto de un Dios supremo quedó reconocido por todos los sabios de Asia, Europa y Africa, fue cuando nació la religión cristiana. El platonismo contribuyó en gran manera a la inteligencia de sus dogmas. El Logos, que en Platón significa la sabiduría, la razón del Ser Supremo, se convirtió en nosotros en el Verbo y en la segunda persona de Dios. La metafísica profunda y superior a la inteligencia humana fue el santuario inaccesible en que se envolvió la religión.

Por no pecar de reiterativos dejaremos de explicar cómo María fue declarada Madre de Dios con el transcurso del tiempo, ni cómo se estableció la consustancialidad del Padre y del Verbo, ni la protección del Pneuma, órgano divino del Logos, dos naturalezas y dos voluntades resultantes de la hipóstasis, ni la ingestión superior que nutre al alma y al cuerpo con la sangre del Hombre-Dios, adorado y comido bajo la forma del pan. Ya hemos dejado constancia de todos esos misterios.

Desde el siglo II empezaron a expulsar los demonios del cuerpo en nombre de Jesús, porque antes los expulsaban en nombre de Jehová. San Mateo refiere que habiendo dicho los enemigos de Jesús que expulsaba a los demonios en nombre del príncipe de los diablos, El les contestó: «Si expulso a los demonios en nombre de Belcebú, ¿en nombre de quién los expulsan vuestros hijos?»
Se ignora la época en que los judíos reconocieron a Belcebú por príncipe de los demonios, siendo un ser extranjero. Pero Flavio Josefo nos dice que en Jerusalén había exorcistas nombrados para expulsar los demonios del cuerpo de los posesos, o sea de los hombres afectos de ciertas enfermedades, que entonces se creía ocasionadas por los genios maléficos.

Expulsaban, pues, los demonios pronunciando continuamente la palabra Yahvé, sistema que hoy se ha perdido, al igual que se han olvidado otras ceremonias. El exorcismo que practicaban pronunciando dicha voz con otros nombres de Dios todavía estaba en uso en los primeros siglos del cristianismo. Orígenes, en su obra contra Celso, le dice: «Si al invocar a Dios le llamamos Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, conseguiremos muchas cosas pronunciando esos nombres, cuya naturaleza y fuerza son tales que los demonios se someten a quienes las pronuncian, pero si aplicamos otra denominación, como por ejemplo, dios del mar alborotado, dios suplantador, estos nombres no tendrán ninguna virtud. El nombre de Israel, traducido al griego, no tiene ningún poder, pero pronunciándolo en hebreo, con las palabras necesarias, se logrará el conjuro».

De Orígenes son estas notables palabras: «Existen nombres que poseen naturalmente virtud, como los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. La llamada magia no es un arte vano y quimérico, como aseguran estoicos y epicúreos, ni los nombres de Sabaoth y Adonai se establecieron para seres creados porque pertenecen a una teología esotérica que hace referencia al Creador. De esto proviene la virtud de tales nombres, cuando se usan y pronuncian sometiéndose a las reglas».

Con estas palabras, Orígenes no manifiesta su opinión, sino más bien la opinión universal. Las religiones conocidas entonces admitían la magia distinguiendo la celeste de la demoníaca, y conocían además la nigromancia y la teurgia. En ellas todo era prodigio, adivinación y oráculo. Los persas no negaban los milagros de los egipcios, ni éstos los de aquéllos. Dios permitió que los primitivos cristianos creyeran en los oráculos atribuidos a las Sibilas y los dejó vivir en algunos errores de poca entidad que no corrompían el fondo de la religión.

Sin embargo, es extraño que los cristianos de los dos primeros siglos tuvieran horror a los templos, altares y simulacros, como refiere Orígenes. Pero todo cambió cuando quedó establecida la disciplina de la Iglesia y ésta adquirió una forma constante. Se dice que la religión de los paganos era absurda en muchas cosas amén de contradictoria y perniciosa. Me parece, sin embargo, que le atribuyen más daño del producido y más tonterías de las que predicó. Moliere dice: «No me parece hermoso que Júpiter sea toro, serpiente, cisne o cualquier otra cosa, pero no me extraña que lo encuentren bello los demás.» Indudablemente, esas metamorfosis son impertinentes, pero ruego a quienes lo dicen que me enseñen dónde existió en la Antigüedad un templo dedicado a Leda yaciendo con un cisne o un toro. ¿Pueden presentarme algún sermón predicado en Atenas o Roma que induzca a las doncellas a refocilarse con los cisnes de sus corrales? ¿Acaso las leyendas que recogió e ilustró Ovidio pueden tomarse como dogmas de la religión pagana? ¿No son equivalentes a la Leyenda áurea y al Florilegio de los santos de la religión católica? Si algún brahmán o derviche criticara la historia de santa María Egipcíaca apoyándose en que no teniendo con qué pagar a los marineros que la llevaron a Egipto concedió a todos ellos sus favores, replicaríamos: Reverendos santones, estáis equivocados. Nuestra religión no está basada en la Leyenda áurea.

Criticamos a los antiguos que creyeron a pies juntillas los prodigios y oráculos. Pero si volvieran hoy al mundo y supieran los milagros que atribuimos a Nuestra Señora de Loreto y a Nuestra Señora de Éfeso, ¿no nos criticarían también a nosotros?
Los sacrificios humanos estaban generalizados en casi todos los pueblos antiguos, aunque raras veces se practicaban. Sólo sabemos que los judíos inmolaron a la hija de Jefté y al rey Agag, pero Isaac y Jonatás no llegaron a ser sacrificados. Entre los griegos no está comprobada la historia del sacrificio de Ifigenia, y entre los romanos fueron muy raros los sacrificios humanos; en una palabra, la religión pagana derramó poca sangre y la nuestra la hizo correr por todo el mundo. Nuestra religión es indudablemente la única verdadera, pero por ella hemos causado tanto daño que cuando hablamos de las otras debemos proceder con indulgencia.

El hombre que desee convencer de la verdad de su religión a extranjeros o a coterráneos, debe dedicarse a esa tarea con moderación y suave insinuación. Si empieza afirmando que lo que expone está demostrado, encontrará multitud de incrédulos, y si se atreve a decirles que rechazan su doctrina porque ésta trata de refrenar las pasiones y la razón de ellos discurre erróneamente, les sublevará en su contra, les afirmará en sus falsas creencias y no conseguirá sus propósitos.


Si la religión que enseña es verdadera no conseguirá que lo sea más la cólera y la insolencia. ¿Hay acaso necesidad de enfurecerse para predicar que el hombre debe ser clemente, benéfico y justo, y cumplir todas las obligaciones sociales? No, no hay ninguna necesidad, porque todo el mundo profesa esta religión. ¿Por qué, pues, habéis de injuriar a nuestro hermano cuando le predicáis una metafísica esotérica? Sin duda porque su buen sentido excita vuestro amor propio. Sois tan soberbios que exigís a nuestro hermano que someta su inteligencia a la vuestra y el orgullo humillado se enciende en cólera; no da otro resultado. El militar que recibe veinte heridas en una batalla no se encoleriza, pero el teólogo herido por una opinión contraria se torna furioso implacable.

jueves, 23 de marzo de 2017

PATRIA. TEXTO DEL S. XVIII PARA NO HERIR SUSCEPTIBILIDADES, PERO SIN DESPERDICIO


PATRIA.
En este artículo, siguiendo nuestro método, nos limitaremos a proponer unas cuestiones que no podemos resolver. El judío, ¿tiene patria? Sí, ha nacido en Coimbra, vive entre una multitud de ignorantes que presentarán muchos argumentos en su contra y dará respuestas absurdas si es que se atreve a responder; le vigilarán los inquisidores, le condenarán a la hoguera si averiguan que no come carne de cerdo y, después, se apoderarán de sus bienes. ¿Cabe decir que Coimbra es su patria, que acaso puede amarla? ¿Puede decir, como los Horacios de Corneille: Albe, mon cher pays et mon premier amour... Mourir pour le pays est un si digne sort Qu'on briguerait en foule une si belle mort?

Su patria, ¿es Jerusalén? Oyó decir vagamente que en la Antigüedad sus antepasados habitaron en aquel territorio pedregoso y estéril, rodeado por un desierto inhóspito, y que los turcos son hoy dueños de aquel país. Jerusalén no es, hoy, su patria, ni hay en el mundo un pie cuadrado de tierra que les pertenezca.

El guebro, que es más antiguo y respetable que el judío y hoy vive esclavo de los turcos, los persas o del Gran Mogol, ¿puede contar como patria las chozas que eleva en secreto en la cumbre de las montañas? El baniano y el armenio, que pasan la vida recorriendo el Oriente dedicados a ejercer el oficio de comisionistas, ¿pueden decir que ésa es su querida patria?

No tienen más patria que su bolsa y su libro de cuentas. Y en las naciones de Europa, todos esos mercenarios que alquilan sus servicios y venden su sangre al primer rey que les paga, ¿tienen patria? Menos que el ave de rapiña que vuelve todas las noches al hueco de la peña donde su madre hizo el nido. ¿Se atreven los frailes a decir que tienen patria? Dicen que su patria es el cielo; enhorabuena, pero en el mundo no sé que tengan patria.

La palabra patria, ¿es adecuada y conveniente en boca de un griego moderno, que ignora que existieron Milcíades y Agesilao, que sólo sabe que es esclavo de su jenízaro, y éste esclavo de un aga, y éste de un bajá, y éste de un visir, y éste esclavo del padisha, que los europeos llamamos el Gran Turco?

¿Qué es, pues, la patria? ¿Será acaso un buen campo cuyo dueño, viviendo cómodamente en una casa provista de todo, pueda decir: este campo que cultivo, esta casa que he edificado, son míos, y vivo en ellos bajo la protección de las leyes que ningún tirano puede violar? Cuando los que posean campos y casas, como yo, se reúnan para tratar de sus intereses comunes, tendré voto en esa asamblea porque constituyo parte del todo, una parte de la comunidad, una parte de la soberanía; ésta es mi patria. Y todo lo que no sea esta convivencia de hombres no suele ser más que una caballeriza gobernada por un palafrenero que se impone a latigazos. Se tiene una patria bajo un buen rey; no bajo un tirano.

Un joven pastelero que había estudiado en el colegio y recordaba aún algunas frases de Cicerón, se enorgullecía un día de amar con entusiasmo a la patria. «¿Qué entiendes tú por patria? —le preguntó un vecino— ¿Es el horno donde trabajas, la aldea donde naciste y no has vuelto a ver, la calle donde vivían tus padres, que se arruinaron, obligándote a pasar la vida haciendo pasteles, la iglesia de Nuestra Señora en la que no conseguiste ser monaguillo, mientras que un hombre cualquiera llega a ser arzobispo o duque y disfrutar de veinte mil luises de oro de renta?» El joven no supo qué contestar, y un filósofo, que estaba oyendo la conversación, sacó por consecuencia que en la patria se encuentran frecuentemente millones de almas que no tienen patria.

Tú, voluptuoso parisiense, que nunca hiciste más viaje que el de París a Dieppe para comer pescado fresco, que sólo conoce la suntuosa casa que tienes en la ciudad y la linda casa de campo, que hablas bastante bien la lengua francesa porque no sabes hacer otra cosa que parlotear. estás enamorado de todo eso y de las querindangas que mantienes y del champaña, ¿afirmas que amas a tu patria?

¿Puede decirse, en conciencia, que el financiero ama acendradamente a su patria? ¿Que el oficial y el soldado, que devastarían el distrito donde tienen su acuartelamiento si les mandaran hacerlo, acaso profesan afecto tierno a los campesinos que arruinarían? ¿Cuál era la patria del duque de Guisa, apodado el Acuchillado? ¿Era Nancy, París, Madrid o Roma? ¿Qué patria tuvieron los cardenales La Balue, Duprat, Lorena y Mazarino? ¿Cuál fue la patria de Atila y demás héroes de este jaez que todo lo recorrieron y no pararon nunca?

Quisiera que me dijeran cuál fue la patria de Abrahán. Creo que fue Eurípides el primero que dijo que la patria es el sitio donde nos encontramos bien. Pero sin duda lo diría antes que Eurípides, el primer hombre que salió del lugar de su nacimiento para buscar el bienestar en otra parte.

Patria es la agrupación de muchas familias, y así como de ordinario sostenemos a la familia por amor propio, cuando no media un interés contrario, por ese mismo amor propio sostiene cada individuo la ciudad o el pueblo de su nacimiento que llamamos su patria. Cuando más grande es la patria menos la amamos, porque el amor dividido se debilita. Es imposible amar tiernamente a una familia numerosa que apenas conocemos.

El que siente la ardiente ambición de ser edil, tribuno, pretor, cónsul o dictador, se esfuerza por pregonar que ama a su patria, pero sólo se ama a sí mismo. Cada ciudadano desea estar seguro de poderse acostar por la noche en su casa sin que otro hombre se arrogue el poder de mandarle que se acueste en otra parte: la ciudadanía quiere estar segura de su fortuna y su vida. Teniendo todos los ciudadanos los mismos deseos, el interés particular deviene en interés general; cuando se hacen votos en favor de la república, en realidad cada cual los hace en beneficio propio.

Es imposible que exista en el mundo ningún estado que al principio no se haya gobernado por la república, porque ésta es la marcha natural de la naturaleza del humano linaje. Al principio, algunas familias empezaron a unirse para defenderse de los osos y lobos; las que sólo tenían cereales los cambiaban con las que sólo poseían leña. Cuando descubrimos América encontramos sus poblaciones divididas en repúblicas, sólo había dos monarquías en toda aquella parte del mundo. Entre mil naciones, únicamente encontramos dos que estuvieran subyugadas.

Igual ocurría en el mundo antiguo; en Europa, todo eran repúblicas antes de conocerse los reyezuelos de Etruria y de Roma. Existieron durante muchos siglos las repúblicas de Asia, de Trípoli, de Túnez y de Argel; hacia la parte septentrional eran repúblicas de bandidos.

Los hotentotes, situados en el Mediodía, aún viven como en las primeras edades del mundo, libres, todos iguales, sin amos ni vasallos, sin dinero y casi sin necesidades. La carne de sus corderos les alimenta, con sus pieles se visten, chozas de madera y barro son sus viviendas, y apestan más que los demás hombres, pero no se dan cuenta. Viven y mueren más dulcemente que nosotros.

Quedan en Europa ocho repúblicas, Venecia, Holanda, Suiza, Ginebra, Lucca, Génova y San Marino, pudiéndose considerar Polonia, Suecia e Inglaterra como repúblicas gobernadas por un rey.

Preguntamos: ¿qué es preferible, que vuestra patria sea un estado monárquico o un estado republicano? Hace cuatro mil años que se debate esta cuestión. Si la han de resolver los ricos dirán que prefieren la aristocracia; si ha de resolverla el pueblo afirmará que prefiere la democracia. Sólo los reyes preferirán la monarquía. ¿Cómo es posible, pues, que en casi todo el mundo gobiernen monarcas? Preguntádselo a los ratones, que cierto día se propusieron colgar un cascabel al gato y ninguno se atrevió a ponérselo (1).

(1) La Fontaine. fábula 2ª del libro II.


La verdadera razón consiste en que los hombres rara vez son dignos de gobernarse por sí mismos. Es triste que, con frecuencia, para ser buen patriota sea preciso ser enemigo del resto de los hombres. Catón, que era un buen ciudadano, proclamaba en el Senado: «Esta es mi opinión: que Cartago sea destruida». Ser buen patriota es desear que la ciudad donde hemos nacido se enriquezca con el comercio y sea poderosa por las armas, pero no está claro que un país pueda ganar sin que otro país pierda, y que no se pueda vencer sin causar víctimas. Tal es la condición humana, pues desear la grandeza de nuestro país es desear la decadencia de otros. Quien deseara que su patria nunca fuera más grande ni más pequeña, ni más rica ni más pobre, sería el verdadero ciudadano del mundo.

martes, 21 de marzo de 2017

UNA PARTE MUY INTERESANTE DE LA Hª DE LAS MATEMÁTICAS(ESCRITO EN EL S XVIII)

INFINITO.

Historia del infinito.

Los primeros geómetras se percataron desde la undécima o duodécima proposición que, aunque iban bien encaminados, andaban por los bordes de un abismo, y que las insignificantes verdades irrebatibles que iban encontrando las rodeaba el infinito. Lo vislumbraban desde que averiguaron que, por un lado, del cuadrado no se puede medir la diagonal, y que las circunferencias de círculos diferentes pasan siempre entre un círculo y su tangente. Quien tan sólo deseaba averiguar la raíz del número seis comprendía que era un número entre dos y tres pero por más divisiones que hacía, aunque siempre se aproximaba a la raíz, nunca conseguía encontrarla. Si suponían una línea recta cortando otra línea recta perpendicularmente, imaginaban ver que se cortaban en un punto indivisible, pero de cortarse oblicuamente se veían obligados a suponer un punto más grande que otro, o a no comprender la naturaleza de los puntos, ni el principio de toda magnitud.

El análisis de un cono les maravillaba porque su base, que es un círculo, contiene un número infinito de líneas, y su vértice difiere infinitamente de la línea. Si cortaban dicho cono paralelamente a su eje, presentaba una figura que se aproximaba cada vez más a los lados del triángulo que formaba el cono sin ser el triángulo realmente. El infinito se encontraba en todas partes. ¿Cómo conocer el área de un círculo, ni el área de una curva cualquiera?

Antes de la época de Apolonio, el círculo sólo se estudiaba como medida de los ángulos y para adquirir determinados medios proporcionales, lo que prueba que los egipcios, que enseñaron la segunda geometría a los griegos, fueron medianos geómetras pese a que eran astrónomos bastante buenos. Apolonio estudió detalladamente las secciones cónicas. Arquímedes consideró el círculo como una figura de infinidad de lados y relacionó el diámetro con la circunferencia, como la inteligencia humana puede imaginarlo. Cuadró la parábola. Hipócrates de Chio cuadró las lúsculas del círculo. Los antiguos buscaron baldíamente la duplicación del cubo, la trisección del ángulo, que son inabordables para la geometría ordinaria, y la cuadratura del círculo, que es imposible para toda clase de geometría. Desvelaron algunos secretos en el camino que recorrieron, como ocurrió a los que iban buscando la piedra filosofal; como por ejemplo, la cisoide de Diocles, la concoide de Nicomedes y la espiral de Arquímedes. Todo ello se logró sin saber álgebra, sin ese cálculo que tanto ayuda a la inteligencia y la dirige sin esclarecerla.

Digo sin esclarecerla porque suponiendo que dos matemáticos tengan que hacer un cálculo, el primero lo haga de memoria teniendo presente todos los números y el otro lo haga sobre el papel siguiendo una regla de rutina, pero segura, que sólo le hace conocer la verdad que busca cuando llega al resultado, ésta es poco más o menos la parca diferencia que media entre el geómetra sin cálculo, que examina las figuras y ve sus relaciones, y el algebrista que busca sus relaciones efectuando operaciones que no hablan a su inteligencia.

Harriot, Viete y, sobre todo, el famoso Descartes, emplearon los signos y las letras. Descartes sometió las curvas al álgebra reduciéndolo todo a ecuaciones algebraicas. En la época de Descartes, Caballero publicó en 1635 la Geometría de los invisibles, geometría nueva en la que los planos se componen de infinidad de líneas y los sólidos de infinidad de planos, pero no se atrevió a emplear el vocablo infinito en matemáticas, como Descartes no se atrevió a mencionarlo en física. Ambos empleaban para designarlo la voz indefinido. Al mismo tiempo que Robesval tenía idénticas ideas en Francia, un jesuita de Brujas avanzaba a pasos de gigante en esa misma dirección por diferente camino. Gregorio de san Vicente, el jesuita en cuestión,tomando por punto de partida un error y creyendo encontrar la cuadratura del círculo, encontró realmente cosas admirables. Redujo el infinito a relaciones finitas y lo conoció en pequeño y en grande, pero sus descubrimientos se ahogaron en tres tomazos que carecen de método, y el error flagrante con que terminó su obra perjudicó a las verdades que contiene.

Se continuaba siempre cuadrar las curvas. 
Descartes se valió de las tangentes, Fennat empleó su regla de maximis et minimis, y Wallis en 1655 publicó valientemente Aritmética de los infinitos y de las series infinitas en número. Brounker se sirvió de esta obra para cuadrar una hipérbole. Mercator de Holstein tuvo gran parte en esta invención, pero se trataba de hacer con las curvas lo que Brounker intentó con éxito. En aquel entonces trataban de encontrar un método general que sujetara el infinito al álgebra, igual que Descartes sujetó a ésta lo infinito, y ese método lo encontró Newton a la edad de veintitrés años.

El método de Newton tiene dos partes, que se denominan cálculo diferencial y cálculo integral. El diferencial consiste en encontrar una cantidad más pequeña que ninguna asignable, la que tomada una infinidad de veces sea igual a la cantidad dada. El cálculo integral consiste en tomar la suma total de las cantidades diferenciales.

El célebre filósofo Leibnitz y el profundo matemático Bernouille han reivindicado cada uno el cálculo diferencial, pero sólo cuando se es capaz de inventar cosas tan sublimes se puede tener la audacia de atribuirse tal honor. ¿Tres grandes matemáticos que buscan la verdad no es posible que la hayan encontrado? ¿Torricelli, La Loubere, Descartes, Roberval y Pascal, no han demostrado, cada uno a su manera, las propiedades de la cicloide? ¿No hemos visto muchas veces varios oradores tratando de idéntico asunto, utilizar los mismos pensamientos, pero exponerlos de diferente modo? Pues bien, los signos que usaron Newton y Leibnitz eran diferentes, pero sus pensamientos eran los mismos.

Desde entonces, el infinito empezó a tratarse mediante el cálculo y se acostumbraron insensiblemente a admitir unos infinitos mayores que otros. Este edificio tan atrevido asustó a uno de los artífices que lo construyeron: Leibnitz llamó entonces incomparables a esos infinitos, y Fontenelle, en su obra Geometría del infinito, establece, sin pararse en contemplaciones, diferentes órdenes de infinitos y debe estar muy seguro de lo que imagina para atreverse a tanto.