EL PRINCIPIO DE TODAS LAS COSA
Éramos pobres.
Yo diría que éramos pobres de solemnidad, como si la pobreza fuera
parte de nuestra naturaleza, como si hubiéramos nacido sólo para
ser pobres. Mi madre tenía a gala recalcar que ella había nacido
rica, la pobreza le había venido por el matrimonio con mi padre, que
había caído como un jarro de agua fría en la familia. Yo más bien
pienso, a estas alturas, que mi padre fue un soñador que marchó a
Madrid, como tantos otros, en busca de El Dorado y no lo encontró,
o por lo menos, no encontró lo que él buscaba y si algo había en
el carácter de mi madre que destacase más que cualquier cosa era la
impaciencia y la falta de comprensión, por lo menos con los sueños
de su marido, de quien se separaría en diversas ocasiones, para
volverse a juntar cuando mi padre aparecía de vuelta de alguna de
sus escapadas, siempre en busca de sabe Dios qué. Era un rebelde mi
padre, lo mismo que lo han sido mis dos hermanos, sin siquiera
saberlo.
Vivíamos realquilados en una habitación de reducidas
dimensiones, que compartíamos con la Sra. Lola y sus dos hijos. El
mayor se llamaba Vicente y, por esos juegos que se trae nuestra
memoria con las cosas pasadas es al único que recuerdo en una
especie de instantánea dónde yo vuelo por los aires feliz de que
alguien me cogiera después. La Sra. Lola era buena, a decir de mi
madre, porque nos dio cobijo a cambio de ayudarla a pagar el alquiler
al Sr. Juan, que ocupaba la habitación de al lado, toda para él
sólo porque era el casero. Bueno, era nuestro casero, porque él
tenía alquiladas las dos estancias a la Sr. Pepa, que vivía en
medio del patio en una casa con escalera, al final de la cual había
una jaula con conejos que el marido criaba y vendía después a sus
propios vecinos. Porque el patio estaba rodeado por una serie de
puertas que constituían cada una de ellas una vivienda. Por la
noche, el portón grande, que daba entrada a toda la finca, se
cerraba y los vecinos sacaban las sillas a las puertas y se hacía la
tertulia, donde se hablaba y, algunas veces se cantaba y se bailaba,
como sólo los pobres saben hacerlo. Junto al portón , ya dentro,
había una puertecita con un enorme escalón al que había que
encaramarse para hacer las necesidades puesto que el plato turco para
estos menesteres quedaba demasiado alto. Esta circunstancia hacía
que todo el recinto oliera siempre a pises y necesidades acumuladas.
No recuerdo que aquello se limpiara nunca.
Tenía una ventaja
aquella distribución. Mi madre podía irse a trabajar sin miedo a
que me pasara nada. Siempre había alguna vecina que te echaba un ojo
de vez en cuando para comprobar que estabas bien. Vivía también con
nosotros un gran gato de angora que desentonaba claramente y al que
llamábamos Napoleón. Recuerdo de él que era rubio y lo atropelló
un camión.
Subiendo dos o tres escalones de la Sra. Pepa, veías
al otro lado de la tapia, un corral con una mula, siempre comiendo,
de quién el marido de los conejos decía que estaba “famélica”.
Aquel hombre sabía muchas palabras de este estilo, pero no recuerdo
que se dedicara a nada. Mi madre decía que tenía bastante con los
alquileres que cobraba a todos los vecinos y con los conejos que
vendía. Como eran los caseros, eran más ricos, pero muy sencillos y
campechanos, siempre en opinión de mi madre.
Todo esto y una
estufa con un tubo largo que se perdía en el techo es lo que
recuerdo de nuestra estancia en aquel sitio, que, además, quedaba
muy cerquita del Cementerio de la Almudena, casi a sus puertas. Como
si la Providencia nos pusiera a mano nuestro propio entierro.
Otra
instantánea conservo en la memoria con unos barrotes y la cara de mi
madre al otro lado, yo corriendo y cayendo al suelo. Me levanto y
miro a mi madre que llora . Pertenece a la casa cuna en que mi madre
logró que me admitieran y a la que se acercaba para verme en el
recreo, haciendo un alto en su propio trabajo. Después la memoria
está más segura, pero todavía brumosa, como si poco a poco se
fuera descorriendo una cortina y el escenario se fuera haciendo cada
vez más visible. Allí, en algún día de Reyes, recibí mi primera
muñeca, de la que sólo recuerdo el acto de entrega, tanta debió de
ser mi alegría al recibirla. No sé cómo era, ni lo que fue de
ella, sólo sé que la tuve
Nunca he sido buena situando los
acontecimientos en una sucesión temporal, pero creo que, a
continuación, por lógica, debe de venir mi estancia en aquel
colegio, a las afueras de Madrid, que quedaba junto a las vías del
tren, cuyas pasadas nocturnas dibujaban extrañas figuras en la pared
de la enorme sala en que dormíamos. No es amable la memoria conmigo,
permitiéndome retener todo el horror de aquel sitio. Era a la vez
aspirantado para las monjas e internado para niñas díscolas y
difíciles y debía de recibir alguna clase de subvención del
estado, porque a las que se rebelaban, que siempre era alguna de las
mayores, las llevaban directamente al “correccional”, palabra
ésta que se decía en voz baja y misteriosa y que representaba para
nosotras una especie de casa de los horrores en fase terminal, como
si fuera un viaje sin posibilidad de retorno. Había un tercer grupo,
que éramos las de pago, poco pago debía de ser o alguien que
desconozco lo debía subvencionar porque mi madre nunca tuvo dinero
para colegios. Tenía bastante con sobrevivir y conservar algunas
fuerzas para visitarme el día señalado y sonreir desde lejos. Yo la
divisaba desde el momento en que bajaba del tren y la veía venir vía
adelante hasta llegar al portón de entrada, momento en que ya te
estaba permitido echar a correr y refugiarte en sus brazos, buscando
su olor y dejándote envolver por todo su cuerpo, recibiendo sus
besos, cuyos efectos tendrían que durar hasta el mes siguiente.
Porque allí, las visitas eran mensuales. Yo pertenecía a ese tercer
grupo, una especie de acogida a la que se le negaba algún derecho,
como, por ejemplo, el lavado de la ropa. Iba guardando toda la ropa
sucia en un saco que mi madre me dejaba todos los meses con la limpia
que me traía. Recuerdo sus reproches por mi empeño en perder las
bragas. No sé por qué, yo siempre perdía las bragas. Nunca me han
gustado las bragas y aún hoy, si puedo, no me las pongo, detalle que
me ha costado más de una discusión con Emilio, cuando me quejo de
haber cogido frío en la vagina, cuando, al hacer pis, me queda un
dolor insidioso y molesto que poco a poco se va pasando. Pero esto no
pertenece al principio, es más bien el final.
Bien. En aquel
colegio, junto a las vías del tren, descubrí el miedo, la maldad,
la humillación y el sexo. No sé en qué orden, pero supongo que se
juntaría todo y estaría en el ambiente que respirábamos. Y también
conservo una irrefrenable repugnancia por la calabaza. Las aspirantes
a monjas y éstas mismas cultivaban la huerta como ayuda para dar de
comer a tantas como allí vivíamos y cuyo número exacto desconozco.
Sólo recuerdo que cualquier comida contenía calabaza como
complemento y que incluso los postres sabían a calabaza. En cambio,
me gustaba ir a rebuscar al basurero en el que las monjas tiraban las
partes de hortalizas que no utilizaban y buscar con verdadera ilusión
algún troncho de lechuga o repollo, que me comía con la más
absoluta tranquilidad. Supongo que todavía no había aprendido el
asco, porque aquellos tronchos me sabían a gloria. Hoy sigo
prefiriéndolos a la lechuga, la coliflor o el repollo. A mí que me
den los tronchos
Durante toda mi estancia en aquel lugar fui una
niña meona. En mi corto entendimiento, hacía todo lo que podía por
evitarlo, pero todas las noches indefectiblemente me despertaba
tarde, cuando el mal ya estaba hecho. Siempre tenía la esperanza de
que la mancha se secara antes de que amaneciera, pero esto ocurría
muy pocas veces. Por recomendación de las monjas, mi madre me surtía
todos los meses con una enorme caja de dulce de membrillo que se me
iba administrando en porciones diarias para evitar mi enuresis (que
es la palabra técnica, ahora lo sé). El membrillo estaba bueno pero
se mostró ineficaz para mi problema: comía membrillo y meaba la
cama.
La misma mente que inventó lo del membrillo debió de ser
la que insinuó otro remedio más drástico, que consistía en la
publicación ubi et orbi de mi pecado nocturno. A las doce de la
mañana (en esto eran consideradas), cuando el sol pegaba de pleno en
la pared, bajo las ventanas de la iglesia, se me sentaba en el suelo
con la sábana por la cabeza hasta que se secaba. En la sábana
aprendí a diferenciar las distintas tonalidades y extensión de mis
sucesivas meadas, aprendí a cantar en latín y la tabla de
multiplicar de oído. A través de las ventanas, sobre mi cabeza,
salía un coro de voces blancas que rezaban cantando y en latín el
ángelus, que empezaba con “Ángelus Dei...........María” y a
partir de ahí, con el calor del sol y sin posibilidad de ver nada,
yo me hacía a la idea de estar en el cielo. Pero también llegaban
hasta mí las voces de mis compañeras recitando todas a coro la
tabla de multiplicar:” dos por una es dos, dos por dos son cuatro,
dos por tres son seis........” Al final, entre unos sonidos y otros
yo me quedaba dormida no sin antes haberme deshecho en lágrimas y
peticiones de perdón, que nunca eran escuchadas. Mi improvisada
siesta era siempre interpretada como un acto de indiferencia y
rebeldía, por lo que pasé, durante el tiempo que permanecí en
aquel centro, la mayoría de las mañanas al sol. Aprendí también a
hacer bolillos, aunque nunca pasé de los ocho, ganchillo, punto de
cruz, festones, zurcidos, dobladillos y todas esas labores primorosas
que hacen tan bien las monjas. Con el tiempo y en mejores
circunstancias, llegué a ayudar a una monjita enferma a bordar una
primorosa capulla que ella quería terminar antes de morirse. Ignoro,
o por lo menos, no recuerdo si lo conseguimos. Pero esto no fue allí,
fue con “mis monjas”, las mías, las que he llevado en el corazón
durante todos estos años y cuyas enseñanzas y ejemplo templaron y
apaciguaron en gran medida, las malas experiencias anteriores.
Ni
la sábana por la cabeza ni el calorcito del sol, ni los salmos, ni
la tabla de multiplicar, acabaron con mi problema, así que se
intentó de otro modo. Se acabó el sol y empezaron las tinieblas.
Para acceder al comedor, había que b ajar unas escaleras con una
puerta en uno de sus descansillos. Allí se apiñaban las maletas que
todas llevábamos al llegar y recuperábamos cuando salíamos. Era un
cuarto sin ventana y lleno de cachivaches que, en la oscuridad y
dejando libre tu imaginación, constituían figuras cada vez más
atemorizantes. Su nombre era el cuarto de las ratas. No sé si
correspondía a la realidad, es decir, no sé si había o no ratas,
pero las veía por todas partes y de todos los tamaños. Allí dejé
lágrimas inútiles y llamadas de auxilio durante horas sin que, como
con la sábana, alguien se conmoviera con mi terror, porque, al
final, eran verdaderos ataques de miedo y terror lo que llegaba a
sentir. Allí se cumplían rigurosamente las penas. En el tiempo que
estuve, no recuerdo un acto de compasión por parte de aquellas
monjas. En cambio, algunas compañeras, compadecidas por tus lloros,
se acercaban a la puerta, exponiéndose ellas mismas al castigo, y te
hablaban durante unos instantes para que no te sintieras tan sola y
trataban de convencerte de que allí no había ratas. Solían ser las
mayores, las que se atrevían a enfrentarse a las monjas incluso
físicamente, que de todo vi en aquel lugar.
Debía de haber
alguna monja más bondadosa, porque otras veces me tocaba pasar la
mañana en el “cuartito”. Era como se llamaba al water en
lenguaje autorizado. El cuartito estaba en una de las esquinas del
inmenso dormitorio y servía para las urgencias nocturnas. Y para
encerrarme a mí, precisamente por no utilizarlo para mi urgencia,
que yo no sentía hasta que era demasiado tarde. Allí también
lloraba, pero menos, más que nada por la costumbre y porque era lo
que se esperaba de mí, pero lo que de verdad sentía en el cuartito
era un inmenso aburrimiento, porque allí no llegaba ruido alguno,
más que el de los trenes que pasaban, pero como no era de noche, no
podía entretenerme con las formas de sus luces sobre las paredes.
Que me expliquen a mí la caverna de Platón.
Como el enclave
estaba en pleno campo, las tormentas eran grandiosas. Y a veces la
noche hacía que muchas buscaran cobijo en la cama de cualquier
compañera mayor, pecado capital castigado con toda dureza si te
llegaban a descubrir. A veces la suciedad que los adultos van
acumulando en sus mentes hace que ensucien las intenciones y mentes
de los niños y en aquel colegio se cumplía y daban todas las
condiciones para que esto sucediera. Mucha mugre debía haber en la
“clausura” (parte del convento exclusivo para las monjas) cuando
sus coletazos llegaban hasta nosotras. Allí cualquier acto se
enjuiciaba como transgresión del sexto mandamiento.
Descubrí
el sexo. Primero como juego y luego su vertiente sucia. El juego con
mi amiga Nicolasa, que un día se afeitó las cejas porque tenía
hambre. Esa fue su explicación. Mi amiga Nicolasa tenía su cama
junto a la mía y, si algún día me libraba del castigo era porque
ella se había despertado y me llevaba al cuartito. Pero no siempre
se despertaba. De todas formas era una de las que se exponía al
hacerme múltiples visitas durante mis horas de encierro. Decían que
estaba algo mal de la cabeza, pero era mi amiga. Yo creo que mi amiga
Nicolasa era una pasota, simplemente. Fue la primera que me enseñó
sus genitales e indagó entre los míos a ver si eran iguales. Una
vez comprobada la igualdad me enseñó a pasármelo bien indicándome
el punto exacto donde debía tocar. Ella me llevaba la mano y, tengo
que reconocer que, tonta sería, pero también una experta en
tocamientos. A partir de ahí, yo hice mis propios descubrimientos,
por ejemplo, lo bien que me lo pasaba restregándome con las
esquinas, me gustaba y lo hacía siempre que tenía ocasión. A esas
prácticas las llamábamos “hacer pichichi” y utilizábamos a
veces las almohadas entre las piernas porque su calorcito aumentaba
la sensación.
Descubrí el sexo sucio. Tiene su historia. La
comunidad pertenecía a una orden mendicante. Todos los días tres o
cuatro monjas, con alguna alumna elegida por ellas, cogían el tren e
iban a Madrid a recoger las limosnas a las casas de gente
colaboradora. Yo era una niña gordita y daba la impresión de estar
bien alimentada, por lo que me tenían en el punto de mira para estos
periplos, que constituían para mí un verdadero suplicio, porque
significaban horas y horas andando de un sitio para otro, según un
itinerario que sólo la monja sabía. Yo a veces preguntaba:”Sor,
¿falta mucho?” para recibir la misma respuesta: “No, sólo dos
más”. Y siempre eran dos más., Cuando volvíamos al colegio, a la
caída de la tarde, te recompensaban con un gran tazón de leche y
unas galletas o una naranja. Allí cualquier cosa que se pudiera
comer era bienvenida. Supongo que algo de hambre pasaríamos, aunque
no me consta. Eran casas lujosas, a las que teníamos que acceder por
el ascensor de servicio, que siempre daba a la puerta de la cocina.
Allí, la Sor entregaba la tarjeta y la cocinera o la doncella era la
encargada de entregar el donativo. A veces, hasta un bocadillito para
la niña, que la monja guardaba celosamente, para cuando llegara la
hora.
Una de ellas era Sor Francisca, de la que recuerdo el
bigote y una truculenta historia en la que estaban implicados el
jardinero, el único hombre que existía en aquel mundo femenino y
alguna niña, que al parecer pasaba uso días en la enfermería. Era
ésta un edificio de ladrillo rojo que se levantaba al final del
huerto y que servía para trasladar a cualquiera que adquiriera
alguna dolencia contagiosa, como el sarampión, la varicela, la
gripe, en fin servía aquella construcción para evitar el contagio.
Y algo debió pasar con el jardinero y alguna de las alumnas que, por
lo que fuese, habitaba por unos días en la enfermería.
El caso
es que en mi último periplo por las calles de Madrid, Sor Francisca,
en vez de rezar el rosario, como hacíamos siempre mientras
caminábamos y entre casa y casa, empleó todos sus recursos en
hacerme confesar qué había pasado entre yo y el jardinero. Por lo
visto en el asunto estaba implicada una niña rubia y gordita y de
ahí ella concluía que yo cumplía con el retrato robot que ella
misma se había formado en la cabeza. Yo no recuerdo que pasara nunca
por la enfermería, ni sabía tampoco de qué me estaba hablando,
pero ella estaba segura de que yo tenía que confesar no sé qué
asunto entre yo y el jardinero. Lo negué todo, a pesar de sus
amenazas que iban desde un castigo hasta las penas del infierno,
pasando por una lección de amor celestial y perdón divino que me
serían concedidos con mi confesión y mi arrepentimiento. Aquello
debió durar todo el día :ella insistiendo y yo negando, con la
diferencia de que ella sabía lo que quería oir y yo desconocía lo
que tenía que contestar. Pero, el cansancio y la insistencia
debieron hacer mella en mi ánimo porque, al final de la jornada, yo
estaba dispuesta a confesar hasta un asesinato, con tal de que mi
cabeza encontrara reposo. Así que, con la idea de que quedaría
tranquila, confesé mi affaire con el jardinero.
Me equivoqué
al pensar que la confesión me traería la tranquilidad, porque lo
que vino después da una idea de hasta dónde puede llegar el abuso
de un adulto sobre un niño y la imaginación de éste por
congraciarse con su torturador. La hermana, lo que quería saber era
exactamente cómo era el pene del jardinero y me pedía urgentemente
dimensiones de algo que yo no había visto en mi vida. No sólo le
interesaba la longitud, sino también el perímetro. Y, ya de
perdidos al río, ahí me vi yo inventándome y señalando con los
dedos las exactas medidas de la pirula del jardinero, para
satisfacción, supongo, de una mente sucia.
Nunca volví a saber
del tema. Creo recordar que efectivamente, por aquel entonces,
desapareció una de las alumnas, rubia y gordita, que, casualmente,
era hermana de una novicia. El incidente, además de grabarse en mi
memoria para el resto de mis días, me libró también del oficio de
acompañante de pedigüeña, puesto que nunca más fui reclamada para
esos menesteres. Pero el recuerdo de Sor Francisca y su reprimida
sexualidad no me han abandonado en ningún momento.
Recuerdo a
otra monja, hemipléjica, cuyo lado izquierdo estaba paralizado y
arrastraba uno de los pies al andar. Sor Otilia se llamaba y su
presencia nos llenaba de zozobra y nerviosismo. Todas en aquella casa
sentíamos miedo de ella. Quizá fuera simplemente sus dificultades
físicas las que le hacían parecer ante nosotras como algo
amenazante, pero la verdad es que la Sor tenía un humor de perros y
utilizaba el castigo físico más frecuentemente que otras. Un poco
sádica también era. Te mandaba al huerto a pedirle a alguna de las
que trabajaban allí una vara apropiada para azotarte. Labor que
desempeñaba a conciencia, a pesar de que las novicias elegían
siempre la más apropiada para que el dolor fuera menor. Las novicias
eran buenas, pero no se les permitía tener contacto con nosotras,
para no exponerlas a una crisis de vocación. Sor Otilia fue la
causante de mi marcha de aquel colegio y, a pesar de todo, le estoy
agradecida.
Ocurrió una noche de tormenta, de esas tormentas de
verano que yo sólo he contemplado en la sierra de Madrid, con unos
truenos que te hacían encogerte bajo las sábanas y unos relámpagos
que iluminaban toda la habitación. Una de esas noches en que el
miedo te hacía correr a la cama de otra compañera, como si su
compañía conjurara el peligro y el pavor. Yo me refugiaba en
aquellas ocasiones con mi amiga Nicolasa y metía la cabeza bajo sus
brazos. Lógicamente en aquellas ocasiones siempre aparecía Sor
Otilia, como el ángel de la muerte, buscando una víctima a la que
aumentar, si era posible, el terror. Aquella noche me tocó a mí. No
sólo me arrancó de los brazos amigos de Nicolasa, sino que me
colocó violentamente en el alfeizar de una ventana y cerró los
cristales por dentro, para que me acostumbrara a las tormentas de una
vez por todas. Me recuerdo llorando y tapándome los ojos cada vez
que la luz de un relámpago preludiaba el trueno, siempre en una
relación constante. Había por aquel entonces tantas tormentas que
sabíamos calcular, entre otras cosas, la proximidad del fenómeno
contando desde el momento del relámpago hasta que nos llegaba el
chasquido del trueno que a veces hacía estremecer todo el edificio.
Aquella noche Sor Nicolasa se olvidó de mí y allí permanecí
durante toda la noche, no sólo temblando de miedo sino también de
frío, empapada por la lluvia que guardaba también relación con el
fragor del fenómeno atmosférico. Cuando amaneció, las mayores
alborotaron todo el colegio con sus protestas, Sor Otilia fue
amonestada, me consta, por sus superioras y a mí me costó un
principio de pulmonía que casi me traslada al otro mundo.
Ardiendo
de fiebre, tosiendo y soñando pasé quince días en la cama, con las
constantes visitas de mi amiga Nicolasa, que contaba con el permiso
oficial, como si con sus visitas quisieran compensarme de cierta
forma de su descuido y crueldad. Quiso el destino que el percance
ocurriera pocos días antes del de las visitas, con lo que eso
suponía, puesto que mi madre no me podría ver en aquella ocasión.
No sé qué disculpas le darían puesto que ni mi madre ni yo
comentamos este incidente en los años venideros, pero mi amiga
Nicolasa se las apañó para que marchara bien informada de lo que
había pasado.
Supongo el disgusto de mi madre y el cabreo de
mis hermanos, que no tardaron ni tres días en presentarse en aquel
colegio, leerles la cartilla a sus caridades y trasladarme a casa con
mis pocas pertenencias. Supongo que alguna braga quedaría por allí
como recuerdo de mi estancia. Nunca volví a ver a mi amiga Nicolasa
pero no la he olvidado y su recuerdo provoca en mí una cálida
sonrisa.