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sábado, 27 de agosto de 2016

LA LUCHA DEL BIEN CONTRA EL MAL (7º DIA)

Séptimo Día

La cordillera de la Sierra Morena es parte de la divisoria Mariánica que separa el Sur de Andalucía del resto de la península ibérica; desde el Mediterráneo, frente a las Baleares, hasta el monte Gordo en la desembocadura del río Guadiana, su relieve tiene una longitud aproximada de seiscientos kilómetros. En el extremo occidental, dando origen al río Odiel, se dibuja de Este a Suroeste la sierra de Aracena, en uno de cuyos cerros se halla enclavado el castillo Templario al cual me referiré más adelante. Numerosas cadenas de sierras menores se extienden más al Sur: una de ellas es la de Río Tinto, de donde proviene el río del mismo nombre; otra es la de Catochar, asiento de las principales minas de la Casa de Tharsis. Los ríos Tinto y Odiel descienden hacia el Golfo de Cádiz y confluyen, pocos kilómetros antes de la costa, formando una ancha ría. En la franja de terreno que queda entre ambos ríos, sobre la desembocadura del Odiel, se asienta desde la Antigüedad la ciudad fluvial y marítima de Onuba, hoy llamada Huelva. Y a unos veinticinco kilómetros de Onuba, Odiel arriba, se encontraba la antiquísima ciudadela de Tharsis, en la cercanías de la actual villa Valverde del Camino. El río Tinto, o Pinto, recibe ese nombre porque sus aguas bajan rojizas, teñidas por el mineral de hierro que recoge en la sierra Aracena. El Odiel, en cambio, siempre fue un río sagrado para los iberos y por eso lo identificaban con la más importante Vruna, la que designa el Nombre de Navután, el Gran Jefe de los Atlantes blancos. Al parecer, Navután significaba Señor (Na) Vután, en la lengua de los Atlantes blancos; los distintos pueblos indogermanos que participaron del Pacto de Sangre, pero luego cayeron frente a la Estrategia del Pacto Cultural, concluyeron que se trataba de un Dios y le adoraron bajo diferentes Nombres, todos derivados de Navután: así, se le llamó Nabu (de Nabu- Tan); Wothan (de Na-Vután, Na-Wothan); Odán u Odín (de Nav-Odán, Nav- Odín); Odiel u Odal (de Nav-Odiel, Nav Odal); etc.

Cinco kilómetros al Norte de la ciudadela de Tharsis, en el sistema de la sierra Catochar, se halla el monte Char, nombre que significaba Fuego y Verbo en diversos dialectos iberos. En su cima existía un bosque de Fresnos que era venerado por los iberos en memoria de Navután: allí los Atlantes blancos habían erigido un enorme meñir señalado con Su Vruna. Lo habían plantado en el centro del bosque, en un sitio que, extrañamente, estaba poblado por un pequeño grupo de manzanos. En los días de los Señores de Tharsis, sólo sobrevivía uno de aquellos manzanos, y nadie sabía explicar si los otros habían desaparecido por causas naturales o por el talado intencional. El que quedaba estaba plantado a unos veinte pasos del meñir y se veía a todas luces que se trataba de un árbol varias veces centenario.
Toda la Antigüedad mediterránea pregriega conocía la existencia del “Manzano de Tharsis”, hacia el que solían emprender peregrinaciones anuales los devotos de la Diosa del Fuego. En un comienzo, en efecto, los fresnos y manzanos estaban asociados a Navután y Frya, respectivamente. Posteriormente, luego de la alianza de sangre con los pueblos del Pacto Cultural, los Sacerdotes consagraron el Manzano de Tharsis a la Diosa Belisana y establecieron la costumbre de celebrar el Culto al pie de su añoso tronco. Para ello construyeron un altar de piedra compuesto de dos columnas y una losa transversal, sobre la que se asentaba la Lámpara Perenne: aquel fuego inmortal representaba a la Diosa, y el Manzano el camino a seguir. Conforme enseñaban los Sacerdotes, el Dios Creador escribió el Culto en la semilla del manzano; el árbol era sólo una parte del mensaje referido al destino del hombre; la flor, por ejemplo, equivalía al corazón del hombre, el asiento del Alma, y su forma, y su color, expresaban la Promesa de la Diosa; pero otra parte del mensaje estaba escrito en el rosal y la Promesa de la Diosa también lucía en su flor, en su forma y su color; el manzano y el rosal no sólo eran plantas de la misma familia sino que en realidad consistían en una sola planta: fue la Promesa de la Diosa la que dividió la semilla del manzano para que hubiesen varias flores diferentes, flores que revelarían el camino de la perfección a aquellos hombres que se entregasen a Ella y abrazasen su Culto.

Por supuesto, el mito que describía el Culto sólo sería revelado por los Sacerdotes a quienes ellos consideraban que estaban preparados para la iniciación en el sacerdocio, es decir, a quienes iban a ser también Sacerdotes. El significado, secreto, de la Promesa sería éste: el manzano y el rosal correspondían a dos estados o fases de la vida del hombre, como la niñez y la adultez, por ejemplo; cuando era “como niño”, el hombre tenía su corazón semejante a la flor del manzano, que era blanca y sonrosada por fuera, y se desplegaba insensatamente; cuando fuese “como adulto”, es decir, cuando fuese iniciado como Sacerdote del Culto o cuando fuese capaz de oficiarlo como un Sacerdote, tendría el corazón como la flor del rosal, que era del color del Fuego de la Diosa y jamás se desplegaba totalmente, como no fuera para morir; por eso existía en el mundo un solo manzano y muchos rosales: porque muchas serían las perfecciones que podría alcanzar el hombre que emprendiese el sacerdocio de la Diosa; la historia del manzano ya estaba escrita, en cambio la historia del rosal se estaba siempre escribiendo; y la mejor parte aún no había sido escrita: vendrían al mundo, algún día, hombres de un corazón tan perfecto, que entonces advendrían las rosas más bellas, como nunca se vieron antes en la Tierra. Con esta explicación, se entenderá por qué los Sacerdotes habían permitido que un viejo rosal de pitiminí se hubiera enrollado como una serpiente en el tronco del Manzano de Tharsis: indudablemente, tal disposición de los dos árboles era necesaria para representar el significado secreto del Culto. El ritual obligaba a adorar el Fuego de la Diosa y admirar la flor del manzano, deseando intensamente que la Diosa cumpliese la Promesa y el corazón del Sacerdote se tornase como la flor del rosal. Pero el pueblo, que habitualmente ignoraba esta interpretación del Culto, acudía de todas partes al Manzano de Tharsis para realizar sus ofrendas ante el Altar de Fuego de la Diosa.

Cuando mis antepasados adquirieron los derechos del Señorío de Tharsis, que entonces era muy reducido y estaba devastado por la reciente guerra contra los fenicios, se hicieron cargo naturalmente del Culto Local, aunque carecían de una Lámpara Perenne. Prácticamente no introdujeron reformas en lo referente a la Promesa pues aceptaban como un hecho que el corazón estaba relacionado con la flor del manzano y que la adoración a la Diosa ocasionaría una trasmutación análoga a la flor del rosal. Sólo en lo Tocante al Fuego se pudo apreciar el primer efecto visible que la misión familiar estaba causando en los Señores de Tharsis; agregaron al título de la Diosa la palabra “frío”, vale decir, que Belisana era ahora “la Diosa del Fuego Frío”. Explicaron ese cambio como una revelación local de la Diosa. Ella había hablado a los Señores de Tharsis; en la comunicación, afirmaba que sería Su Fuego el que se instalaría en el corazón del hombre y lo trasmutaría; y que ese Fuego, al principio extremadamente cálido, finalmente se tornaría más frío que el hielo: y sería ese Fuego Frío el que produciría la mutación de la naturaleza humana.

Hay que ver en este cambio algo más que un simple agregado de palabras: era la primera vez que en un Culto aparecía la posibilidad de enfrentar y superar al temor, es decir, al sentimiento que en todos los Cultos aseguraba la sumisión del creyente; el temor a los Dioses es un sentimiento necesario e imprescindible de mantener vivo para asegurar la autoridad terrestre de los Sacerdotes; si el hombre no les teme, al final se rebelará contra los Dioses: pero antes se sublevará contra los Sacerdotes de los Dioses. Empero este cambio no se verá si antes no se aclara algo que hoy no es tan obvio: el hecho de que en todas las lenguas indogermánicas “frío” y “miedo” tienen la misma raíz, lo que aún puede intuirse, por ejemplo, en escalo-frío (de terror). Pues bien, en aquel entonces, la palabra “frío” era sinónima de “terror” y, en consecuencia, lo que significaba el nuevo Culto era que un terror sin nombre se instalaría en el corazón del creyente como “Gracia de la Diosa”; y que ese terror causaría su perfección.

Así Belisana, la Diosa del Fuego Frío, se había convertido también en la “Diosa del Terror”, un título que, aunque los Señores de Tharsis no podían saberlo, perteneció en remotísimos tiempos a la misma Diosa, pues a la esposa de Navután se la conoció igualmente como “Frya, La Que Infunde Terror al Alma y Socorro al Espíritu”.

Tras su arribo a la península ibérica, los Golen intentaron en numerosas ocasiones ocupar el Bosque Sagrado y controlar el Culto a la Diosa del Fuego Frío, pero siempre fueron rechazados por la celosa y obstinada locura mística de los Señores de Tharsis. Hasta llegaron a ofrecer una auténtica Lámpara Perenne de los Atlantes morenos, sabedores de que carecían de ella y que estaban obligados a vigilar permanentemente la flama de su lámpara primitiva de aceite y amianto. No hay que aclarar que la ofrecían a cambio de la unificación del Culto y de la institución del Sacrificio ritual, y que semejante propuesta resultaba inaceptable para los Señores de Tharsis, porque ello es obvio a esta altura del relato. Como también es evidente que esa resistencia, insólita para quienes se habían impuesto sobre todos los pueblos nativos, unida a la imposibilidad de apoderarse de la Espada Sabia, los iba enconando permanentemente contra los Señores de Tharsis. La reacción de los Golen desencadenó aquella campaña internacional alentando la conquista de Tharsis que culminó en el peligroso intento de invasión fenicia desde las Baleares y Gades, o Cádiz. Pero los Señores de Tharsis convocaron a los lidios e hicieron desistir a los fenicios de su proyecto conquistador por lo menos por los siguientes cuatro siglos. De la alianza entre iberos y lidios surgió el “Imperio de Tartessos”, que pronto se expandió por toda Andalucía, la “Tartéside”, y privó a los fenicios de colonias costeras en su territorio. Las Baleares y la isla de León, asiento de Gades, quedaron aisladas de tierra firme pues los tartesios sólo les permitieron mantener un comercio exiguo a través de sus propios puertos. ¿Cuál sería la siguiente reacción de los Golen frente a ese poderío que se desarrollaba fuera de su control y que frustraba todos sus planes? Antes de responder, estimado y, paradójicamente, paciente Doctor Siegnagel, debo ponerlo al corriente de las consecuencias que la presencia de los lidios produjo en el Culto del Fuego Frío. Para entender lo que sigue sólo hay que recordar que los lidios eran más “cultos” que los iberos, es decir, más civilizados culturalmente, en tanto que los más “incultos” iberos, es decir, más bárbaros, estaban más “cultivados” espiritualmente que los lidios, poseían más Sabiduría que conocimiento.

Esas diferencias ocasionarían que los Príncipes lidios, ahora de la misma familia de los Señores de Tharsis, aceptasen sin profundizar el significado esotérico del Culto a la Diosa del Fuego Frío, que en adelante se denominaría por común acuerdo “Pyrena”, y empleasen todo su esfuerzo en perfeccionar la forma exotérica del Culto. Tal aplicación va siempre en perjuicio de la parte esotérica y, como no podía ser de otra manera, a la larga iba a resultar fatal para los tartesios. Mas esto ya lo verá, pues, como anuncié, estoy yendo paso a paso.

Los lidios, como en otras industrias, eran hábiles artesanos de la piedra. ¿Qué cree que hicieron en su afán de perfeccionar la forma exterior del Culto? Decidieron, ante el horror de sus parientes iberos que nada podían hacer para impedirlo, tallar el meñir del Bosque Sagrado con la Figura de Pyrena; la escultura contribuiría a sostener el Culto, explicaban, pues el pueblo lidio necesitaba una imagen más concreta de la Diosa: su representación como Flama era demasiado abstracta para ellos.
El meñir consistía en una piedra bruta de color aceitunado, de unos cinco metros de altura, y con forma de cono truncado: los lidios se proponían emplearlo íntegramente para tallar la Cabeza de la Diosa. De acuerdo con su proyecto, la nuca debía quedar frente al Manzano, de tal suerte que el Divino Rostro mirase directamente al pueblo; y el pueblo, distribuido en un claro circundante desde el que se dominaba la escena ritual, vería el Rostro de la Diosa y, tras de ella, al Manzano de Tharsis. Trabajaron dos Maestros escultores en la talla, uno para esculpir el Rostro y otro las guedejas serpentinas, en tanto que tres ayudantes se ocupaban de practicar el hueco de la nuca, conectado con los Ojos de la Diosa. La obra no estuvo lista antes de cinco años pues, aún cuando las herramientas de hierro de los lidios permitieron adelantar mucho de entrada, la terminación pulida que pretendían les demandó largos años de trabajo: en verdad, los tartesios continuarían puliendo durante décadas la Cabeza de Pyrena, hasta dotarla de un impresionante realismo. La necesidad que sentían los lidios de contemplar una manifestación figurativa de la Diosa era propia de la Epoca: los pueblos del Pacto Cultural experimentaban entonces una generalizada caída en el exoterismo del Culto, que los llevaba a adorar los Aspectos más formales y aparentes de la Deidad. Los pueblos presentían que los Dioses se retiraban desde adentro, pero sólo podían retenerlos desde afuera: por eso se aferraban con desesperación a los Cuerpos y a los Rostros Divinos, y a cualquier forma natural que los representase. Siendo así, no debe sorprender el intenso fervor religioso despertado en los pueblos, y la extraordinaria difusión geográfica, que produjo el Culto del Fuego Frío luego de la transformación del meñir. Además de los tartesios, orgullosos depositarios de la Promesa de la Diosa, hombres pertenecientes a mil pueblos diferentes peregrinaban hasta el “Bosque Sagrado de Tartéside” para asistir al Ritual del Fuego Frío: entre otros, acudían los iberos y ligures desde todos los rincones de la península, y los brillantes pelasgos desde Etruria, y los corpulentos bereberes de Libia, y los silenciosos espartanos de Laconia, y los tatuados pictos de Albión, etc. Y todos los que llegaban hasta Pyrena venían dispuestos a morir. A morir, sí, porque ésa era la condición de la Promesa, el requisito de Su Gracia: como todos sus adoradores sabían, la Diosa tenía el Poder de convertir al hombre en un Dios, de elevarlo al Cielo de los Dioses; mas, como todos también sabían, los raros Elegidos que Ella aceptaba debían pasar previamente por la Prueba del Fuego Frío, es decir, por la experiencia de Su Mirada Mortal; y esta experiencia generalmente acababa con la muerte física del Elegido. De acuerdo con lo que sabían sus adeptos, y sin que tal certeza afectase un ápice la fascinación por Ella, muchos más eran los Elegidos que habían muerto que los comprobadamente renacidos; los que recibían Su Mirada Mortal de cierto que caían; y muchos, la mayoría, jamás se levantaban; pero algunos sí lo hacían: y esa remota posibilidad era más que suficiente para que los adoradores de la Diosa decidiesen arriesgarlo todo. Los que se despertasen de la Muerte serían quienes verdaderamente habían entregado sus corazones al Fuego Frío de la Diosa y a los que Ella recompensaría tomándolos por Esposos: por Su Gracia, al revivir, el Elegido ya no sería un ser humano de carne y hueso sino un Hombre de Piedra Inmortal, un Hijo de la Muerte. Estos títulos al principio constituyeron un enigma para los Señores de Tharsis, que fueron quienes introdujeron la Reforma del Fuego Frío en el Antiguo Culto a Belisana, pues afirmaban haberlos recibido por inspiración mística directamente de la Diosa, aunque suponían que se refería a una condición superior del hombre, cercana a los Dioses o a los Grandes Antepasados. Mas luego, cuando entre los mismos Señores de Tharsis hubo Hombres de Piedra, la respuesta se hizo súbitamente clara. Pero ocurrió que esa respuesta no era apta para el hombre dormido, ni tampoco para los Elegidos que con más fervor adoraban a la Diosa: los Hombres de Piedra callarían este secreto, del que sólo hablarían entre ellos, y formarían un Colegio de Hierofantes tartesio para preservarlo. A partir de allí, serían los Hierofantes tartesios, es decir, mis antepasados trasmutados por el Fuego Frío, los que controlarían la marcha del Culto.

jueves, 25 de agosto de 2016

LUCHA DEL BIEN CONTRA EL MAL (6º DIA)


Sexto Día

La sierra Catochar siempre fue rica en oro y plata. Mientras mi pueblo era fuerte en la península ibérica, esa riqueza permitió que los Señores de Tharsis viviesen con gran esplendor. El modo de vida estratégico había sido olvidado miles de años antes de adquirir los derechos de aquel Señorío y ya no se “ocupaba” la tierra para practicar el cultivo mágico: en esa Epoca, se creía en la propiedad de la tierra y en el poder del oro. Todos los Reinos estaban infestados de comerciantes y mercaderes que ofrecían, por oro, las cosas más preciosas: especias, géneros, vestidos, utensilios, joyas, y hasta armas; sí, las armas que en el pasado eran producidas por cada pueblo combatiente, siendo las más perfectas acaparadas por los pueblos del Pacto de Sangre, entonces podían adquirirse a los traficantes por un puñado de oro. Y los Señores de Tharsis, con
su oro y su plata, compraban a los campesinos la mitad de sus cosechas: la otra mitad, menos lo necesario para subsistir, correspondía como es lógico a los Señores de Tharsis por ser estos los “propietarios” de la tierra. Y el sobrante de aquellos alimentos, junto con el oro y la plata que abundaban, iban a parar a los puertos de Huelva, que entonces se llamaba Onuba, para convertirse en mercancías de la más variada especie.

Los fenicios, descendientes de la Raza roja de la Atlántida, se contaban entre los pueblos que adhirieron de entrada al Pacto Cultural. En el pasado habían sido enemigos jurados de los iberos: tan sólo cien años antes de que mi familia llegase al Señorío de Tharsis, los fenicios tenían ocupada la ciudadela de “Tarshish”, que se hallaba enclavada cerca de la confluencia de los ríos Tinto y Odiel. Finalmente, luego de una breve pero encarnizada guerra, mi pueblo recuperó la plaza, aunque condicionada por un tratado de paz que permitía el libre comercio de los hombres rojos. Desde Tarshish hasta Onuba, en pequeños transportes fluviales o en caravanas, y desde Onuba hasta Medio Oriente en barcos de ultramar, los fenicios monopolizaban el tráfico de mercancías pues la presencia de mercaderes procedentes de otros pueblos era incomparablemente menor. Sin juzgar aquí el impacto cultural que aquel tránsito comercial causaba en las costumbres de mi pueblo, lo cierto es que los Señores de Tharsis gobernaban un país tranquilo, que iba siendo famoso por su riqueza y prosperidad.
Pero he aquí que aquella paz ilusoria pronto vino a ser turbada; y no precisamente, como podría concluirse de una observación superficial, porque el oro de Tharsis hubiese despertado la codicia de pueblos extranjeros y conquistadores. Tal codicia existió, e invasores y conquistadores hubo muchos, empero, el motivo principal de todos los problemas, y finalmente de la ruina de la Casa de Tharsis, fue la llegada de los Golen.
Desde el siglo VIII antes de Jesucristo, aproximadamente desde que Sargón, el Rey de Asiria, destruyera el Reino de Israel, comenzaron a aparecer los Golen en la península ibérica. Al comienzo venían acompañando a los comerciantes fenicios y desembarcaban en todos los puertos del Mediterráneo, pero luego se comprobó que también avanzaban por tierra, al paso de un pueblo escita al que habían dominado en Asia Menor. Este pueblo, que era de nuestra misma Raza, atravesó Europa de Este a Oeste y llegó a España dos siglos después, cuando la obra destructiva de los malditos Golen estaba bastante adelantada. Los Golen, por su parte, evidenciaban claramente que pertenecían a otra Raza, cosa que ellos confirmaban con orgullo: eran miembros, se vanagloriaban, del Pueblo Elegido por el Dios Creador para reinar sobre la Tierra.
Sus maestros habían sido los Sacerdotes egipcios y venían, por lo tanto, en representación de los Atlantes morenos. Todos los pueblos nativos de la península, y también el que luego llegó con los Golen, no recordaban ya el modo de vida estratégico y estaban en poder de Sacerdotes de distintos Cultos: la misión de los Golen consistía, justamente, en demostrar su autoridad sacerdotal y unificar los Cultos. Para ello disponían de diabólicos poderes, que recordaban sin
dudas a los Atlantes morenos, y una crueldad sin límites.

El Dios Creador y las Potencias de la Materia los enviaban para reafirmar el Pacto Cultural. Los tiempos estaban maduros para que el hombre recibiese una nueva revelación, un conocimiento que traería más paz, progreso y civilización que lo hasta entonces alcanzado por los pueblos del Pacto Cultural, una idea que algún día haría que estos bienes fuesen permanentes y acabaría para siempre con el mal y con las guerras: esa revelación, ese conocimiento, esa idea, se sintetizaba en el siguiente concepto: la singularidad de Dios tras la pluralidad de los Cultos. Los Golen, en efecto, habían venido para iluminar a los pueblos, y a los Sacerdotes de todos los Cultos, sobre la multiplicidad de los rostros de Dios y la necesaria unidad que éste mantiene en su propia esfera; ésta sería la fórmula: “por sobre todas las cosas están los Dioses y por sobre todos los Dioses está El Uno”. Por eso ellos no pretendían reemplazar a los Dioses, ni cambiar sus Nombres, ni siquiera alterar la forma de los Cultos: “es natural, decían, que Dios posea muchos Nombres puesto que El exhibe muchos Rostros; es comprensible, también, que haya varios Cultos para adorar los distintos Rostros de Dios; nada de esto ofende a Dios, nada de esto cuestiona su unidad; pero donde El Uno se mostrará inflexible con el hombre, donde no aceptará disculpas, donde posará sus Mil Ojos Justicieros, será en el sacrificio del Culto”. Porque, cualquiera fuese la forma del Culto, “el Sacrificio es Uno”, vale decir, el Sacrificio participa de El Uno.

De acuerdo con esta novedosa revelación, la unidad del Dios Creador se comprobaba en el Sacrificio ritual; y la adoración al Dios Creador, para todo Culto, se demostraba por el Sacrificio ritual. Ay Dr., a pesar de que hoy en día esos Cultos parecen tan lejanos en el tiempo, no puedo pensar sin estremecerme de horror en las miles y miles de víctimas humanas causadas por el
descubrimiento de los Golen. 

He de referirme ahora a un aspecto escabroso de la conducta de los Golen. Acaso la clave esté en el hecho de que consideraban al Dios Creador, en su unidad absoluta, como masculino. El Uno, en efecto, era un Dios macho y nada había más arriba ni más abajo de El que equilibrase o neutralizase aquella polaridad. Admitían una relativa androgenia cósmica hasta determinado nivel,
poblado por Dioses y Diosas debidamente apareados; pero en la cima, como Creador y Señor de los demás Dioses, estaba El Uno, que no era ni andrógino ni neutro sino masculino. El Uno no admitía Diosas a su lado pues se bastaba a sí mismo para existir: era un Dios macho solitario. Con tan aberrante concepción, no debe sorprender que los Golen fuesen también hombres solitarios. Empero, aunque la clave de su conducta esté aquí, no ha de ser tan fácil derivar de ella el principio que los llevaba a practicar entre ellos el onanismo y la sodomía ritual.
Por su costumbre de habitar en los bosques, alejados del pueblo, y sus prácticas depravadas, muchos creyeron que los Golen procedían de Frigia, donde existía un Culto antiquísimo a la Abeja macho Bute, el cual también era realizado por Sacerdotes sodomitas: allí los Sacerdotes se castraban voluntariamente y el templo estaba guardado por una corte de eunucos. Otros suponían que procedían de la India, donde se conocía de antiguo un Culto de adoradores del falo. Pero los Golen no procedían ni de Frigia ni de la India sino del País de Canaán y no practicaban la castración ni la adoración del falo sino la sodomía simple y llana: habían desterrado a la mujer del mismo modo que su Dios había destronado a todas las Diosas; llevaban una vida solitaria y a menudo exenta de placeres, salvo la sodomía ritual, que representaba la Autosuficiencia de El.

Lógicamente, si bien los Golen eran extremadamente tolerantes hacia la forma de los Cultos, y en lo único que no transigían era en lo concerniente a la unidad de Dios en el Sacrificio, se entiende que manifestasen predilección hacia los pueblos cuyos Cultos se personificaban en Dioses masculinos y cierto desprecio por los adoradores de Diosas. A muy corto plazo esta actitud de indiferencia o desprecio, cuando no de franco rechazo, que los Golen dispensaban a las Diosas, iba a entrar en colisión con la forma tan particular que había adquirido en mi pueblo ibero el Culto a Belisana.

Pero ellos contaban, ciertamente, con el apoyo de las Potencias de la Materia. De otro modo no se explicaría su éxito, pues en relativamente poco tiempo, consiguieron dominar a los pueblos de hispania, e, inclusive, a los de Hibernia, Britania, Armórica y Galia. Pese al creciente poder de los Golen, su siniestra doctrina no hubiera causado ningún daño a los Señores de Tharsis, siempre dispuestos a aceptar todo lo que contribuyese a perfeccionar la práctica del Culto. No fueron los Sacrificios a El Uno los que determinaron la suerte de mi familia sino otra actividad que los Golen realizaban con gran energía: procuraban, por todos los medios, hacer cumplir la segunda parte del Pacto Cultural. Es decir, si bien ya no era necesario hacer la guerra a los pueblos del Pacto de Sangre, puesto que fueron derrotados culturalmente, aún permanecían intactas muchas obras megalíticas de los Atlantes blancos y eso constituía “un pecado que clamaba al Cielo”. “Los pueblos del Pacto Cultural faltaron a sus compromisos con los Dioses y esa culpa sería severamente castigada”; sin embargo, y por suerte para ellos, existía una solución: practicar el Sacrificio con el máximo rigor y secundar a los Golen en el cumplimiento de la misión. Con otras palabras, los pueblos nativos debían ahora consagrarse al Sacrificio, sacrificarse y sacrificar y,
como recompensa, los Golen los liberarían del castigo Divino ejecutando Ellos mismos la destrucción de las obras megalíticas o su neutralización. Esto sería todo, si no fuese porque los Dioses habían hecho una advertencia y quien la desoyese arriesgaría ser destruido sin piedad para escarmiento de los hombres: lo que no se iba a perdonar de ninguna manera en adelante, pues la Paciencia de los Dioses estaba agotada, era el recuerdo del Pacto de Sangre y la búsqueda de la Sabiduría. Esto era lo prohibido, lo abominable a los ojos de los Dioses. Pero lo más prohibido, y lo más abominable, un pecado irredimible, era sin dudas el querer conservar la Piedra de Venus. El que no entregase voluntariamente a los Sacerdotes del Culto, o a los Golen, la Piedra de Venus, sufriría la condena de exterminio, es decir lo pagaría con la destrucción de su linaje, con el aniquilamiento de todos los miembros de la Estirpe.

Demás está decir que los Golen se hicieron muy pronto de casi todas las Piedras que todavía continuaban en manos de los pueblos nativos. A diferencia de los Sacerdotes del Culto, ellos sólo remitían algunas a la Fraternidad Blanca: otras las reservaban para utilizarlas en actos de magia, pues se jactaban de conocer sus secretos y de poderlas emplear en provecho de sus planes; y a
éstas las denominaban, peyorativamente, huevos de serpiente. Los Señores de Tharsis, claro está, jamás confiaron en los Golen ni se amedrentaron por sus amenazas. Pero la Espada Sabia era una realidad que se había trocado en leyenda popular y a la que no se podía negar con seriedad: los Golen sospecharon desde un primer momento que en esa arma existía un secreto vestigio del Pacto de Sangre. Puesto que los Señores de Tharsis no accedían a entregarla voluntariamente, y que no podía ser comprada a ningún precio, decidieron aplicar contra ellos todos los recursos de su magia, los diabólicos poderes con que los habían dotado las Potencias de la Materia. Y aquí la
sorpresa de los Golen fue mayúscula pues comprobaron que aquellos poderes nada podían contra el Fuego demencial que encendía la sangre de los Señores de Tharsis. La locura, mística o guerrera, que los distinguía como hombres impredecibles e indómitos, los situaba también fuera del alcance de los conjuros mágicos de los Golen. No quedaba a éstos otra alternativa, de acuerdo a sus demoníacos designios, que apoderarse por la fuerza de la Espada Sabia y someter a la Casa de Tharsis a la pena de exterminio.

Este fue, Dr. Siegnagel, el verdadero motivo del contínuo estado de guerra en que debieron vivir en adelante los Señores de Tharsis, lo que significó la pérdida definitiva de la ilusoria soberanía disfrutada hasta entonces, y no la “codicia” que pueblos extranjeros y conquistadores pudiesen haber alimentado por sus riquezas. Al contrario, no existía en todo el orbe un Rey, Señor, o simple aventurero de la guerra, al que los Golen no hubiesen tentado con la conquista de Tharsis, con el fabuloso botín en oro y plata que ganaría el que intentase la hazaña. Y fueron sus intrigas las que causaron el constante asedio de bandidos y piratas. Mientras pudieron, los Señores de Tharsis resistieron la presión valiéndose de sus propios medios, es decir, con el concurso de los guerreros de mi pueblo. Pero cuando ello ya no fue posible, especialmente cuando se enteraron que los fenicios de Tiro estaban concentrando un poderoso ejército mercenario en las Baleares para invadir y colonizar Tharsis, no tuvieron más salida que aceptar la ayuda, naturalmente interesada, de un pueblo extranjero.

En este caso solicitaron auxilio a Lidia, una Nación pelasga del Mar Egeo, integrada por eximios navegantes cuyos barcos de ultramar atracaban en Onuba dos o tres veces por año para comerciar con el pueblo de Tharsis: tenían el defecto de que eran también mercaderes, y productores de prescindibles mercancías, y estaban acostumbrados a prácticas y hábitos mucho más “avanzados culturalmente” que los “primitivos” iberos; pero, en compensación, exhibían la importante cualidad de que eran de nuestra misma Raza y demostraban una indudable habilidad para la guerra.

Por “pelasgos” la Historia ha conocido a un conjunto de pueblos afincados en distintas regiones de las costas mediterráneas y tirrenas, de la península egea, y del Asia Menor. Así que, para hallar un origen común en todos ellos, hay que remitirse al Principio de la Historia, a los tiempos posteriores a la catástrofe atlante, cuando los Atlantes blancos instituyen el Pacto de Sangre con los nativos de la península ibérica. En verdad, entonces sólo había un pueblo nativo, que fue separado de acuerdo a las leyes exógamas atlantes en tres grandes grupos: el de los iberos, el de los vaskos, y el de los que después serían los pelasgos. A su vez, cada uno de estos grandes grupos se subdividía internamente en tres en todas las organizaciones sociales tribales de las aldeas, poblados y Reinos.

Aquel pueblo único sería conocido luego de la partida de los Atlantes blancos como Virtriones o Vrtriones, es decir, ganaderos; pero el Nombre no tardó en convertirse en Vitriones, Vetriones, y, por influencia de otros pueblos, especialmente de los fenicios, en Veriones o Geriones. El “Gigante Geriones”, con un par de piernas, es decir con una sola base racial, pero triple de la cintura para arriba, o sea, con tres cuerpos y tres cabezas, procede de un antiguo Mito pelasgo en el que se representa al pueblo original con la triple división exogámica impuesta por los Atlantes blancos; con el correr de los siglos, los tres grandes grupos del pueblo nativo fueron identificados por sus nombres particulares y se olvidó la unidad original: las rivalidades e intrigas estimuladas desde el Pacto Cultural contribuyeron a ello, acabando cada grupo convencido de su individualidad racial y cultural. A los iberos ya los he mencionado, pues de ellos desciendo, y los seguiré citando en esta historia; de los vaskos nada diré fuera de que temprano traicionaron al Pacto de Sangre y se aliaron al Pacto Cultural, error que pagarían con mucho sufrimiento y una gran confusión estratégica, puesto que eran un pueblo de Sangre Muy Pura; y en cuanto a los pelasgos, el caso es
bastante simple. Cuando los Atlantes blancos partieron, iban acompañados masivamente por los pelasgos, a quienes habían encargado la tarea de transportarlos por mar hacia el Asia Menor. Allí se despidieron de los Atlantes blancos y decidieron permanecer en la zona, dando lugar con el tiempo a la formación de una numerosa confederación de pueblos. Sucesivas invasiones los obligaron en muchas ocasiones a abandonar sus asentamientos, mas, como se habían transformado en excelentes navegantes, supieron salir bien parados de todos los trances: sin embargo, aquellos desplazamientos los traerían nuevamente en dirección de la península ibérica; en el momento que transcurre la alianza con los lidios, siglo VIII A.J.C., otros grupos pelasgos ocupan ya Italia y la Galia bajo el nombre de etruscos, tyrrenos, truscos, taruscos, ruscos, rasenos, etc. El grupo de los lidios que convocaron los Señores de Tharsis, aún permanecían en Asia Menor, aunque soportando en esa Epoca una terrible escasez de alimentos; reconocían por las tradiciones el parentesco cercano que los unía a los iberos, pero afirmaban descender del “Rey Manes”, legendario antepasado que no sería otro más que “Manú” el Arquetipo perfecto del animal hombre, impuesto en sus Cultos por los Sacerdotes del Pacto Cultural.

Una vez logrado el acuerdo con los embajadores del Rey de Lidia, que incluía el consabido intercambio de princesas, decenas de barcos pelasgos comenzaron a llegar a los puertos de Tharsis. Venían repletos de temibles guerreros, pero también traían muchas familias de colonos dispuestas a establecerse definitivamente entre aquellos parientes lejanos, que tanta fama tenían por su riqueza y prosperidad. Esa pacífica invasión no entusiasmaba demasiado a los de mi pueblo, pero nada podían hacer pues todos comprendían la inminencia del “peligro fenicio”. Peligro que desapareció no bien estos advirtieron el cambio de situación y evaluaron el costo que supondría ahora la conquista de Tharsis. Por esta vez los Golen fueron burlados; pero no olvidarían
a la Espada Sabia, ni a los Señores de Tharsis, ni a la sentencia de exterminio
que pesaba sobre ellos.

En aquellas circunstancias, la alianza con los pelasgos fue un acierto desde todo punto de vista. Los Lidios se contaban entre los primeros pueblos del Pacto de Sangre que habían vencido el tabú del hierro y conocían el secreto de su fundición y forjado: en ese entonces, las espadas de hierro eran el arma más poderosa de la Tierra. Sin embargo, pese a ser notables comerciantes, jamás
vendían un arma de hierro, las que sólo producían en cantidad justa para sus propios usos. Fabricaban, en cambio, gran número de armas de bronce para la venta o el trueque: de allí su interés por radicarse en Tharsis, cuya veta cuprífera de primera calidad era conocida desde los tiempos legendarios, cuando los Atlantes cruzaban el Mar Occidental y extraían el cobre con la ayuda del Rayo de Poseidón. El cobre casi no había sido explotado por los Señores de Tharsis,
deslumbrados por el oro y la plata que todo lo compraban. La asociación con los lidios modificó esencialmente ese criterio e introdujo en el pueblo un novedoso estilo de vida: el basado en la producción de objetos culturales en gran escala destinados exclusivamente para el comercio.

Una disuasiva muralla de piedra se levantó en torno de la antiquisíma ciudadela de Tarshis, que los pelasgos denominaban Tartessos y terminó dando nombre al país, con un perímetro que abarcaba ahora un área cuatro o cinco veces superior. La vieja ciudadela se había transformado en un enorme mercado y en los nuevos espacios fortificados los talleres y fábricas surgían día a día.
Telas, vestidos, calzado, utensilios, cacharros, muebles, objetos de oro, plata, cobre y bronce, prácticamente no existía mercancía que no se pudiese comprar en Tartessos: y salvo el estaño, imprescindible para la industria del bronce, que se iba a buscar a Albión, todo, hasta los alimentos, se producía en Tartessos.

Evidentemente por influencia del Pacto Cultural, la alianza entre mi pueblo y los lidios culminó en una explosión civilizadora. Muy pronto el antiguo Señorío de Tharsis se convirtió en “el Reino Tartéside” y, en pocos siglos, se expandió por toda Andalucía: los tartesios fundaron entonces importantes ciudades, tales como Menace, hoy llamada Torre del Mar, o Masita, a la que los usurpadores cartagineses rebautizaron Cartagena. Su flota llegó a ser tan poderosa como la fenicia y su comercio, altamente competitivo por la mejor calidad de los productos, consiguió poner en grave peligro la economía de los hombres rojos.
Recién a partir del siglo IV A.J.C., a causa de la colonización griega y de la expansión de la colonia fenicia de Cartago, declinó en algo la supremacía comercial y marítima mediterránea de los tartesios.

Debo insistir en que el hecho de ser parientes cercanos facilitó enormemente la integración con los pelasgos. Ello se pudo comprobar especialmente en el caso del Culto, donde casi no había diferencia entre los dos pueblos pues los lidios adoraban también a la Diosa del Fuego, a la que conocían como Belilith. Con pocas palabras: para los lidios, Beleno era “Bel”, y Belisana, “Belilith”; también, por provenir de una región donde el Pacto Cultural tenía mayor
influencia, presentaban algunas diferencias en la lengua y en el alfabeto sagrado; la antigua lengua pelasga, que en mi pueblo aún se hablaba con bastante pureza, había sufrido en los lidios el influjo de lenguas semitas y asiáticas: sin embargo, aquella jerga de navegantes, era más adecuada para el comercio de ultramar que ellos practicaban. La otra diferencia estaba en el alfabeto: hacía miles de años que en mi pueblo se había olvidado la Lengua de los Pájaros; empero, los últimos Iniciados, y luego los Sacerdotes de la Flama, conservaron el alfabeto sagrado de trece más tres Vrunas, a las que representaban con dieciséis signos formados con líneas rectas y a los que habían asociado un sonido de la lengua corriente: de ese modo se disponía de trece consonantes y tres vocales; las vocales sólo las conocían los Señores de Tharsis pues expresaban el Nombre pelasgo, secreto, de la Diosa Luna, algo así como Ioa; pues bien: la novedad que traían
los lidios era un alfabeto sagrado compuesto por trece más cinco letras, es decir, por dieciocho signos que representaban sendos sonidos de la lengua corriente; tenía también trece consonantes, pero las vocales eran cinco: y, las dos agregadas, los lidios no podían suprimirlas ya sin perder más de la mitad de sus palabras. De todo esto, lo más importante, aquello en lo que se debía acordar de entrada, era el Nombre de la Diosa y el número del alfabeto sagrado. Sobre lo primero, se convino en referirse a la Diosa en lo sucesivo con un Nombre más antiguo, que había sido común a los dos pueblos: Pyrena; desde entonces, Belisana y Belilith, serían para los tartesios la Diosa del Fuego Pyrena. Con respecto a lo segundo, los Señores de Tharsis, que estaban en esa ocasión apremiados por la presión enemiga, no tuvieron más remedio que aceptar la imposición del alfabeto sagrado de dieciocho letras: el único consuelo, ironizaban, consistía en que “el número dieciocho agradaba mucho más a la Diosa que el dieciséis”.

Por lo demás, los lidios habían sufrido una suerte parecida a la de mi pueblo. En algún momento de su historia los ganó la Fatiga de Guerra y acabaron cediendo frente a los pueblos del Pacto Cultural; los últimos de sus Iniciados consiguieron entonces plasmar las “misiones familiares” en un número aún mayor de Estirpes que las existentes entre los míos; eso explicaba la gran cantidad de familias de artesanos, especializados en los más variados oficios, que integraban el pueblo de los lidios

miércoles, 24 de agosto de 2016

LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL (5º DIA)

Quinto Día

Ahora, que ya le comuniqué estos antecedentes imprescindibles, entraré de lleno en la historia de mi familia, Dr. Siegnagel. La misma, según adelanté, desciende directamente de los Atlantes blancos y, desde luego, de los Antiguos Divinos Hiperbóreos. Hace miles de años, los iberos fueron víctima también de esa Fatiga de Guerra que iba causando una amnesia generalizada en los
descendientes de los Atlantes blancos. Primero se fue flexibilizando la austeridad de las costumbres y se permitió que los hábitos urbanos de los pueblos del Pacto Cultural se confundiesen con el modo de vida estratégico: aquella penetración cultural tuvo incidencia decisiva en la desmoralización del pueblo, en la pérdida de su alerta guerrero. Luego se sellaron las alianzas de sangre que, conforme al engaño que padecían los últimos Guerreros Sabios, concretarían las ilusiones de la paz, la riqueza, la comodidad, el progreso, etc. Lógicamente, junto con los Príncipes y Princesas de los pueblos del Pacto Cultural, vinieron los Sacerdotes a imponer sus Cultos a los Dioses Traidores y a las Potencias de la Materia. Los guerreros perdieron así su espiritualidad, conocieron el temor y especularon con el valor de la vida: aún serían capaces de luchar, pero sólo hasta los límites del miedo, como los animales; y, por supuesto, se harían “temerosos de los Dioses”, respetuosos de sus Voluntades Supremas a las que nadie osaría desafiar; ya no levantarían, pues, la vista de la Tierra, ni buscarían el Origen. En adelante sólo
los Héroes protagonizarían las hazañas que los guerreros ahora no se atrevían a realizar: triste lugar de excepción el reservado a los Héroes, cuando en los días de los Atlantes blancos toda la Raza era una comunidad de Héroes. El triunfo del Culto causó el olvido de la Sabiduría. El Espíritu se fue adormeciendo en la Sangre Pura y sólo aquellos Guerreros Sabios que todavía conservaban un resto de lucidez atinaron al recurso desesperado de plasmar la “misión familiar”. En el caso de nuestra Estirpe, Dr. Siegnagel, la locura de reunir en una sola mano el Culto y la Sabiduría condujo a mis antepasados a una demencial propuesta: establecieron como pauta la perfección del Culto. 

Es decir que la cosa a perfeccionar no sería para nosotros una mera cualidad, tal como el color o el sonido, sino el propio Culto impuesto por los Sacerdotes, el Culto a una Deidad revelada por los Atlantes morenos. Y me refiero precisamente a Belisana, la Diosa del Fuego. Pero, todo Culto es la descripción de un Arquetipo: la misión familiar exigía, pues, el demencial objetivo de perfeccionar el Culto hasta ajustarlo a su Arquetipo, el que tan luego era una Diosa, vale decir,
una Faz del Dios Creador; y, como culminación se ordenaba re-crear en el Espíritu a ese Arquetipo, a esa Diosa, y comprenderlo con el Símbolo Increado del Origen: ¡ello era como pretender que el Espíritu de un miembro descendiente del linaje familiar abarcase un día al Dios Creador, y al Universo entero, para comprenderlo luego con el Símbolo del Origen!, con otras palabras, ¡ello era como exigir, al final, la Más Alta Sabiduría, el cumplimiento del mandato de los
Atlantes blancos: comprender a la serpiente, con el Símbolo del Origen! No podría asegurarle si esta alucinante propuesta fue el producto de la locura de mis antepasados u obedeció a una inspiración superior, a una solicitud que los Dioses Liberadores hacían a la Estirpe: quizá Ellos sabían desde el principio que uno de los nuestros llegaría a cumplir la misión familiar y despertaría, como Guerrero Sabio, en el momento justo en que se librase, sobre la Tierra, la Batalla Final. Porque, si descartamos un acto de locura de los Guerreros Sabios y aceptamos que obraron con plena conciencia de lo que suponían conseguir, no se explica la extrema dificultad de semejante misión a menos que su cumplimiento contribuyese a la Estrategia de la Guerra Esencial y se confiase en la ayuda y la guía invisible de los Dioses Liberadores. Tal vez, entonces, los Dioses Liberadores quisieron contar durante la Batalla Final con Iniciados capaces de enfrentarse con ellos cara a Cara, y hubiesen decidido dotar a ciertos linajes, como el mío, del instrumento adecuado para ello, esto es, de la comprensión del Arquetipo de los Dioses. Esta necesidad se entiende por medio de una antigua idea que los Atlantes blancos transmitieron a los Guerreros Sabios de mi pueblo: de acuerdo a esa revelación, los Dioses Liberadores eran Espíritus Increados que existían libremente fuera de toda determinación material; pero los Espíritus encadenados en la Materia, en el animal hombre, habían perdido el Origen y, con ello, la capacidad de percibir lo Increado: sólo podían relacionarse con lo creado, con las formas arquetípicas; por eso los Dioses Liberadores solían emplear “como ropaje” algunos Arquetipos
de Dioses para manifestarse a los hombres: naturalmente, tales manifestaciones sólo tendrían lugar frente a los Iniciados Hiperbóreos, porque sólo los Iniciados serían capaces de trascender “los ropajes”, las formas de los Arquetipos creados, y resistir “cara a Cara” las Presencias Terribles de los Dioses Liberadores. Siendo así, tal vez Ellos habrían querido que un Iniciado de mi Estirpe llegase algún día, presumiblemente durante la Batalla Final, a ponerse en contacto con la Diosa Hiperbórea que suele manifestarse a través de Belisana, la que los Atlantes blancos llamaban Frya y los Antiguos Hiperbóreos Lillith.

Cualquiera fuese el caso, por locura o inspiración Divina, lo cierto es que la pauta de aquella misión determinó que nuestra familia se consagrase con ardor a la perfección del Culto a la Diosa Belisana. Seguramente esa dedicación tan especial a la práctica de un Culto haya sido salvadora pues, durante muchas generaciones, se creyó que el nuestro era un linaje de Sacerdotes: en verdad, los primeros descendientes en la misión familiar no se debían diferenciar mucho de los más fanáticos Sacerdotes adoradores del Fuego. Sin embargo, con el correr de las generaciones, fueron surgiendo miembros que penetraron más y más en la esencia de lo ígneo.

La Diosa Belisana estaba representada, en el Culto primitivo, por la Flama de una Lámpara Perenne de los Atlantes morenos. Las Lámparas Perennes las habían cedido los Sacerdotes para sellar las alianzas de sangre entre miembros del pueblo del Pacto Cultural y del Pacto de Sangre, y como el medio mágico más seguro para imponer el Culto sobre la Sabiduría. De ese modo, entre los iberos de mi pueblo, un Guerrero Sabio contrajo enlace con una princesa ibera, que era también Sacerdotisa del Culto a la Diosa Belisana, y recibió como dote aquella lámpara cuya Flama no se apagaba nunca. Absurdamente, mi familia poseyó entonces la Espada Sabia, con la Piedra de Venus de los Atlantes blancos, y la Lámpara Perenne, con la Flama de los Atlantes morenos. Pero la Espada Sabia no jugaría aún su papel: sólo era celosamente conservada, por
tradición familiar, pues se había perdido la facultad de ver el Signo del Origen sobre la Piedra de Venus. En cambio a la Lámpara Perenne, al Culto a la Flama Sagrada, se le ofrendaba toda la atención. Así, hubo descendientes que consiguieron perfeccionar la Divina Flama, aproximándola cada vez más al Arquetipo ígneo de la Diosa. Y hubo también descendientes que lograron aislar y
aprehender la esencia de lo ígneo, incorporando el Arquetipo del Fuego en la sangre familiar. Cuando esto ocurrió, algunos antepasados, prudentemente, abandonaron el Culto de la Flama y se retiraron a un Señorío del Sur de España.

Dejaron la Lámpara Perenne a los restantes familiares, que eran incapaces de faltar al Culto, y conservaron la Espada Sabia, que para aquéllos no significaba nada. Por supuesto, quienes quedaron en custodia de la Lámpara Perenne continuaron siendo Reyes o Sacerdotes porque el pueblo estaba completamente entregado al Culto de la Diosa Belisana: los que se retiraron, mis antepasados directos, tuvieron que ceder en cambio todos sus derechos a la sucesión real. No
obstante, mantuvieron algún poder como Señores de la Casa de Tharsis, cerca de Huelva, en Andalucía.

Fue entonces cuando adoptaron el Barbo Unicornio como símbolo de la Casa de Tharsis. Al principio representaban aquel pez mítico en sus escudos o en primitivos blasones, pero en la Edad Media, como se verá, fue incorporado heráldicamente al escudo de armas familiar. El barbo caballero, barbus eques, es el más común en los ríos de España, especialmente el Odiel que circulaba a escasos metros de Tharsis; recibe el pez tal nombre debido a cuatro barbillas que tiene en la madíbula inferior, la cual es muy saliente. Empero, el barbo al que se referían los Señores de Tharsis era un pez provisto de un cuerno frontal y cinco barbillas. El mito que justificaba al símbolo afirmaba que el barbo, desplazándose por el río Odiel, era semejante al Alma transitando por el Tiempo trascendente de la Vida: una representación del animal hombre. Pero los descendientes de los Atlantes blancos no eran como el animal hombre pues poseían un Espíritu
Increado encadenado en el Alma creada: entonces el barbo no los representaba concretamente. De allí la adición del cuerno espiralado, que correspondía al instrumento empleado por los Dioses Traidores para encadenar al Espíritu Increado, vale decir, a la Llave Kâlachakra; naturalmente, el Espíritu Increado era irrepresentable, y por eso se lo insinuaba dejando sin terminar, en las representaciones del barbo unicornio, la punta del cuerno: más allá del cuerno, a una distancia infinita, se hallaba el Espíritu Increado, absurdamente relacionado con la Materia Creada. Y la barba del barbo, desde luego, significaba la herencia de Navután, el número de Venus.

Naturalmente, los Señores de Tharsis prosiguieron practicando el Culto a Belisana pues, hasta Lito de Tharsis, no hubo ninguno que comprendiese la misión familiar y, además, porque ello estaba establecido y sancionado por las leyes de mi pueblo. Mas, el objetivo secreto de la misión familiar impulsaba inexorablemente a sus partícipes a recrear espiritualmente el Arquetipo ígneo, y eso los marcó con una señal inconfundible: adquirieron fama de ser una familia de místicos y de aventureros, cuando no de locos peligrosos. Y algo de verdad había en tales fábulas pues aquel Fuego en la sangre, al principio descontrolado, causaba los extremos más intensos de la violencia y la pasión: existieron quienes experimentaron en sus vidas el odio más terrible y el amor más sublime que humanamente se puedan concebir; y toda esa experiencia se condensaba y sintetizaba en el Arbol de la Sangre y se transmitía genéticamente a los herederos de la Estirpe. Con el tiempo, las tendencias extremas se fueron separando y surgían periódicamente Señores que eran puro Amor o puro Valor, es decir, grandes “Místicos” y grandes “Guerreros”. Entre los primeros, estaban los que aseguraban que la Antigua Diosa “se había instalado en el corazón” y que su Flama “los encendía en un éxtasis de Amor”; entre los segundos, los que, contrariamente, afirmaban que “Ella les había Helado el corazón”, les había infundido tal Valor que ahora eran tan duros “como las rocas de Tharsis”. También las Damas intervenían en esta selección: ellas sentían el Fuego de la Sangre como un Dios, al que identificaban como Beleno,”el esposo de Belisana”, en realidad este Beleno, Dios del Fuego al que los griegos conocían como Apolo, el Hiperbóreo, era un Arquetipo ígneo empleado desde los días de la Atlántida por el más poderoso de los Dioses Liberadores como “ropaje” para manifestarse a los hombres: me refiero al Gran Jefe de los Espíritus Hiperbóreos, Lúcifer, “el que desafía con el Poder de la Sabiduría al Poder de la Ilusión del Dios Creador”, el Enviado del Dios Incognoscible, el verdadero Kristos de Luz Increada.

Faltaba, pues, que de la Estirpe de los Señores de Tharsis brotase el retoño que habría de cumplir la misión familiar, el que recrease en el Espíritu el Fuego de los Dioses y lo comprendiese con el Símbolo del Origen. Le anticipo, Dr. Siegnagel, que sólo hubo dos que tuvieron esa posibilidad en grado eminente: Lito de Tharsis, en el siglo XVI, y mi hijo Noyo en la actualidad. Pero, vayamos hacia esto paso a paso.