PACTANDO CON EL DIABLO. MUSSOLINI Y PÍO XI
El, Estado Vaticano, tal como lo conocemos hoy, nace con la firma del Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929, pero para llegar hasta ahí el trono de San Pedro tuvo que atravesar un prolongado período de decadencia a lo largo de 59 años que a punto estuvo de comprometer su existencia. La salida de aquella situación vendría de la mano de Pío XI, que no dudó a la hora de pactar con el mismo diablo, encamado en la figura de Benito Mussolini, para salvar a la Santa Sede de la ruina.
A comienzos de 1929, poco imaginaba el mundo la tremenda crisis económica a la que tendría que hacer frente apenas unos meses más tarde. Sin embargo, la miseria ya llevaba tiempo instalada entre los, sólo aparentemente, opulentos muros del Vaticano. Hacía tiempo que los números rojos habían impuesto su dictadura en las arcas vaticanas. La quiebra en 1923 del Banco de Roma, donde se gestionaban todas las cuentas de la Santa Sede, supuso un serio quebranto para las finanzas pontificias, a pesar de que la institución fue salvada en última instancia por Mussolini que aportó 1.750 millones de liras. Esta aportación fue un primer acercamiento entre la Santa Sede y los fascistas, lo que dejó prácticamente indefenso al Partido Católico, única fuerza democrática con suficiente implantación como para plantarle cara a los seguidores del Duce (título equivalente al de caudillo en español). De hecho, a raíz de esta intervención, las jerarquías prohibieron que los clérigos militasen en este partido, lo que según diversos analistas allanó de forma notable el ascenso al poder de Mussolini.
Pero el balón de oxígeno que supuso el reflote del Banco de Roma no había sido suficiente. El palacio de Letrán necesitaba urgentes reformas y el personal de la Santa Sede había sido reducido a su mínima expresión para minimizar los gastos lo máximo posible. Nunca la Iglesia había estado tan cerca del ideal de pobreza de los primeros cristianos. Las causas de este estado eran múltiples, y entre ellas cabe destacar no sólo la mala suerte financiera, sino el catastrófico efecto que para las cuentas papales había tenido el proceso de reunificación de Italia, que tuvo lugar en el siglo xix. Este hecho histórico privó, además, al Vaticano de muchos de sus recursos económicos, en especial grandes extensiones de terreno —los Estados Pontificios que ocupaban buena parte de la Italia central— que habían proporcionado a la Santa Sede unas saneadas rentas.
Incluso el pontífice había tenido que soportar la humillación de ser «invitado a abandonar» el palacio del Quirinal, en el centro histórico de Roma, que fue ocupado por la familia real y el presidente. A partir de entonces se sucedieron varios intentos infructuosos de alcanzar un acuerdo. En 1871 el gobierno italiano garantizó al papa Pío IX, por medio de la llamada Ley de Garantías, que tanto él como sus sucesores podrían disponer del Vaticano y del palacio de Letrán. También se les indemnizaría con 3.250.000 liras anuales como compensación por la pérdida de los Estados Pontificios. Los representantes de la Iglesia se negaron en redondo a aceptar estas condiciones. Para ellos la cuestión de la soberanía era fundamental, ya que, según su parecer, era imprescindible para el cumplimiento de su misión espiritual que la sede de la Iglesia se mantuviera independiente de cualquier poder político.
Así pues, a partir de ese momento los papas pasaron a considerarse a sí mismos como «prisioneros» dentro del Vaticano.
SEÑORES DEL CIELO Y LA TIERRA
Para entender hasta qué punto debieron de sentirse agraviados ante esta situación, y cómo se llegó a este punto, baste hacer un somero repaso de la historia de la Santa Sede y de algunos de los papas más importantes.
Desde la promulgación del Edicto de Milán por Constantino en 312 hasta la reforma protestante de 1517, los papas habían sido el poder hegemónico en Europa. El papa, como vicario de Cristo en la Tierra, tiene un poder ilimitado. Reyes y emperadores debían arrodillarse ante él. El IV Concilio de Letrán, en 1215, estableció que el obispo de Roma tenía autoridad no sólo en temas espirituales o pastorales, sino también en asuntos materiales y políticos.1 El poder del papa radicaba en su calidad de estadista y de vigilante del equilibrio entre los distintos estados. El papa, como los jefes de Estado, disponía de ejércitos y de territorios para enfrentar eventuales amenazas que se pudieran presentar.
1. «El señor concedió a Pedro», estableció el papa Inocencio III, «no sólo el gobierno de la Iglesia, sino del mundo. Ahora podéis ver quién es el servidor que es puesto sobre la familia del Señor; verdaderamente es el vicario de Jesucristo, el sucesor de Pedro, el Cristo del Señor; puesto entre Dios y el hombre, de este lado de Dios, pero más allá del hombre; menos que Dios, pero más que el hombre; quien juzga a todos, pero no es juzgado por nadie». Antes, en el siglo IX, el papa Esteban V había ido aún más lejos en su entusiasmo retórico: «Los papas, como Jesús, son concebidos por sus madres al ser cubiertas por el Espíritu Santo. Todos los papas son una especie de hombres-dioses, con el propósito de ser más capaces de servir las funciones de mediadores entre Dios y la humanidad. Todos los poderes del cielo y de la tierra les son concedidos». Durant, Will, The Age ofFaith, Simón & Schuster, Nueva York, 1950.
Tras la caída del Imperio romano, el papa había ocupado el papel que antaño desempeñó el cesar. Un ejemplo de su poder es el papel que tuvieron en la mediación entre España y Portugal, monarquías que acataron la Bula Intercaetera, que dividió el continente americano en 1493. Los obispos sólo tenían que rendir cuentas ante el papa, que era quien los nombraba y destituía.2
2. Williams, Paúl L., Everything You Always Wanted to Know About the Catholic Church but Were Afraid to Ask for Fear of Excommunication, Doubleday, Nueva York, 1990.
El poder de los papas era tal que fueron capaces de destronar a reyes y emperadores, o bien obligarles a usar su poder secular para hacer cumplir la Inquisición, que era conducida por sacerdotes y monjes católicos. La culminación de esta escalada de poder absoluto ocurrió en 1870, cuando el papa fue declarado infalible. Lo que la mayoría de la gente no sabía, y aún hoy desconoce, es que este proceso fue influido por documentos falsificados elaborados para alterar la percepción que los cristianos tenían de la historia del papado y de la Iglesia. Una de las falsificaciones más famosas son los Falsos decretos de Isidoro, escritos alrededor de 845. Se trata de 115 documentos supuestamente escritos por los primeros papas.
LA CASA DE LAS FALSIFICACIONES
Sobre la falsedad de estos textos no existen dudas y la propia Enciclopedia Católica admite que son falsificaciones, aunque en cierto sentido los disculpa. Dice que el objetivo del engaño era permitir a la Iglesia ser independiente del poder secular, e impedir al laicado gobernar la Iglesia, lo que dicho claramente no es otra cosa que aumentar el poder del papa. Más grave, si cabe, que la alteración de documentos era la manipulación de documentos existentes a los que se añadía material según la conveniencia del papa de turno. Esto era muy sencillo, en especial en la época en que para la preservación de los documentos se dependía exclusivamente del trabajo de copistas y bibliotecarios, que, en su totalidad, eran clérigos.
Una de estas manipulaciones es una carta que ha sido atribuida falsamente a san Ambrosio, en la que se hizo afirmar al santo que si una persona no está de acuerdo con la Santa Sede puede ser considerada hereje. Otra falsificación famosa, ésta del siglo ix, fue la «Donación de Constantino», según la cual el emperador Constantino concedió el gobierno de las provincias occidentales del Imperio romano al obispo de Roma. Este tipo de cosas ocurría con tanta frecuencia que los cristianos ortodoxos griegos se referían a Roma como «la casa de las falsificaciones». No es de extrañar: durante trescientos años los papas romanos utilizaron este tipo de añagazas para reclamar autoridad sobre la Iglesia en Oriente. El rechazo de estos documentos por parte del patriarca de Constantinopla culminó con la separación de la Iglesia ortodoxa.
Hoy día aún permanecen vigentes muchos de aquellos errores. El Decretum gratiani, una de las bases del derecho canónico, contiene numerosas citas de documentos de dudosa autenticidad. Pero no es el único texto de capital importancia en la historia de la Iglesia cuyas fuentes son harto discutibles. En el siglo xin, Tomás de Aquino escribió la Summa theologica y otras obras que se cuentan entre las más trascendentes de la teología cristiana. El problema es que Aquino utilizó el Decretum y otros documentos contaminados pensando que eran genuinos.
En cierto sentido, el tema de los documentos falsificados tiene mucho que ver con el del tráfico de reliquias falsas tolerado, cuando no fomentado, por la Santa Sede durante siglos. Verdaderas o falsas, las reliquias hacían más firmes las creencias de los fieles. Su posesión se convirtió en la Edad Media en una verdadera fiebre, algo a lo que ayudaron diversos factores tanto religiosos como políticos y económicos. Las reliquias más apreciadas eran las que se relacionaban con la vida de Cristo, llegando a contarse más de cuarenta sudarios, treinta y cinco clavos de la pasión e innumerables astillas de la Cruz. También se comerciaba con toda suerte de objetos que tuvieran relación, real o no, con cualquier personaje de la corte celestial. El saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204 produjo una enorme inflación de supuestos restos sagrados por todo Occidente, alimentada no tanto por el expolio de la ciudad cuanto por la creciente oferta de talleres orientales especializados en la fabricación de semejantes souvenires.
EL PRINCIPIO DEL FIN No obstante, aun siendo grande, el poder de los papas no era eter no. La reforma protestante supuso el comienzo de un lento pero inexorable proceso de decadencia en el poder temporal de los pon tífices. Impuestos y donaciones dejaron de fluir de las prósperas tierras del norte de Europa. Este proceso histórico fue dejando ex haustos los cofres papales. En 1700, durante el pontificado de Clemente XI, la Iglesia debía quince millones de escudos. En menos de medio siglo esa deuda ya se había multiplicado casi por diez.
La Revolución francesa privó a la Iglesia de sus posesiones en Francia y, peor aún, fue la antesala del saqueo de Roma por parte de las tropas de Napoleón, que pretendía cobrar a los Estados Pontificios un tributo que éstos no podían pagar. En 1797 Napoleón Bonaparte tomó Roma y se apoderó de numerosos tesoros artísticos. Tras el Congreso de Viena de 1815, Roma pasó de nuevo a manos del papado. Pese a todo, la ocupación de Italia por Napoleón estimuló una reacción nacionalista, y, en 1861, Italia se unificó bajo la casa de Saboya. Pero Roma no se incorporó al reino de Italia y hasta 1870 no pudo ser ocupada.
Por otro lado, el providencial recelo de la Iglesia hacia los adelantos científicos hizo que los Estados Pontificios no se beneficiaran de la Revolución industrial, convirtiéndose en una de las zonas más atrasadas de Europa con un potencial económico que disminuía poco a poco.
En este proceso final tuvo mucho que ver la escasa cintura po lítica, cuando no el abierto empecinamiento de Pío IX, el último «papa rey». Este peculiar pontífice era epiléptico y de carácter bastante impulsivo. El 16 de junio de 1846, Giovanni María Mastai Ferretti era ungido en el sitial de San Pedro con el nombre de Pío IX para suceder a Gregorio XVI. El cónclave demoró cuatro rondas antes de coincidir en su nombre, hostigado por la corriente conservadora que acusaba a Ferretti de progresista (más tarde se comprobaría lo equivocados que estaban). Una de sus primeras medidas —poner en libertad a dos mil presos políticos que se morían en las mazmorras de los Estados Pontificios— pareció confirmar esa sospecha; una fracción de purpurados consideró que ese acto desautorizaba la política intransigente de Gregorio XVI y fa vorecía las maniobras de los masones, su particular bestia negra, a la que culpaba de todos los males del mundo.
En 1864 Pío IX publicó el notorio Syllabus de errores, en el que se condenaban los ideales liberales como la libertad de conciencia y la separación de Iglesia y Estado. Por otra parte, Pío Nono fue el papa que convocó el I Concilio Vaticano, con el expreso propósito de definir como dogma de fe la doctrina de la infalibilidad papal, un punto que desató no pocas controversias entre los asistentes al concilio.
Como buenos conocedores de la historia de los papas, varios obispos católicos se opusieron a declarar la doctrina de la infalibilidad papal como dogma en el concilio de 1869-1870. En sus discursos, un gran número de ellos mencionó la aparente contradicción entre semejante doctrina y la reconocida inmoralidad de algunos papas. Uno de estos discursos fue pronunciado por el obispo José Strossmayer. En su argumento contra el edicto de la «infalibilidad» como dogma, mencionó como algunos papas se habían manifestado contrarios a la doctrina de papas anteriores, haciendo referencia especial al papa Esteban, que llevó a juicio al papa Formoso.
La historia en cuestión es esperpéntica, ya que el papa Formoso había muerto ocho meses antes. Sin embargo, su cadáver fue exhumado y llevado a juicio por el papa Esteban. El cadáver, putrefacto, se situó en un trono. Allí, ante un grupo de obispos y cardenales, lo ataviaron con las vestimentas del papado, se puso una corona sobre su calavera y el cetro en los cadavéricos dedos de su mano. Mientras se celebraba el juicio, el hedor del muerto llenaba la sala.
El papa Esteban, adelantándose hacia el cadáver, lo interrogó. Claro está, no obtuvo respuesta, y el papa difunto fue sentenciado culpable de todas las acusaciones. Entonces le fueron quitadas las vestimentas papales, le arrebataron la corona y le mutilaron los tres dedos que había usado para dar la bendición papal. Después arrastraron el cadáver putrefacto, atado a una carroza, por las calles de la ciudad, tras lo cual fue arrojado al Tíber. Sin embargo, no acaba ahí la historia, ya que después de la muerte del papa Esteban, el siguiente papa romano rehabilitó la memoria de Formoso.
REVUELTAS POPULARES
El citado es sólo el más llamativo de muchos otros casos. Después de su muerte, el papa Honorio I fue acusado de hereje por el VI Concilio, en el año 680. El papa León confirmó su conde nación. Posteriormente, el papa Virgilio, tras sancionar libros, retiró su condena; luego los volvió a sancionar y una vez más re tiró la condena, para más tarde volver a revocar esta decisión. En el siglo xi hubo tres papas rivales al mismo tiempo. Todos ellos fueron depuestos por el concilio convocado por el emperador Enrique III. Y así podríamos citar decenas de ejemplos similares.
A pesar de estos argumentos, Pío IX consiguió que la infalibilidad del papa fuera declarada dogma de fe. Su espíritu conservador y su casi paranoica obsesión con los masones le hizo no comprender la magnitud imparable del movimiento nacional italiano, al que se opuso sistemáticamente, así como a conceder el sufragio a los subditos de los Estados Pontificios. La tensión máxima estalló cuando el papa se negó a apoyar a los nacionalistas que luchaban por liberar Italia del dominio austríaco. Los italianos sintieron este abandono como una afrenta, dando lugar a un levantamiento que comenzó el 15 de noviembre de 1849, cuando la turba asesinó al conde Pellegrino Rossi, el primer ministro de los Estados Pontificios. Al día siguiente, el Quirinal, la residencia de verano del pontífice, fue saqueada, y murió en la refriega Palma, uno de los prelados de la corte.
Dado que la situación era insostenible. Pío IX no tuvo más remedio que huir disfrazado de Roma el 24 de noviembre3 y establecerse temporalmente en Gaeta, cerca de la costa mediterránea. El 9 de febrero de 1849 se proclamó la República Romana por parte de Giuseppe Mazzini, Cario Armellini y Aurelio Saffi. No obstante, la nueva república no iba a tener una vida demasiado prolongada. Desde su exilio, el papa pidió ayuda a los católicos de Europa, logrando una intervención de las tropas francesas que ,. g e¡ pontífice regresara a la ciudad el 12 de abril de 1850. Pero el destino de los Estados Pontificios ya estaba sellado. Ni la fuerza, ni la persuasión, ni tan siquiera la amenaza de excomunión impidió que en los años siguientes los territorios papales fueran proclamando, uno a uno, su independencia. Con la llegada de la unidad de Italia, el último «papa rey» se vio desposeído de las regiones de la Romana (1859), Umbría, las Marcas (1860) y, en 1870, la misma Roma, con la conocida toma de Porta Pía, el 20 de septiembre, que marcó el fin del poder temporal de los papas. Las posesiones del papa pasaron a ser unos simples 480.000 metros cuadrados en el centro de Roma.
3. McBrien, Richard P., Lives ofthe Popes, Harper, San Francisco, 1997.
Pío Nono murió el 7 de febrero de 1878. Por aquel entonces, el pueblo italiano aún guardaba rencor a aquel pontífice que no había sabido entender sus ansias de independencia. Prueba de ello es que su cortejo fúnebre fue atacado por la multitud, que pretendía arrojar los restos del pontífice al Tíber, como ocurrió siglos antes con el papa Formoso. Sólo la oportuna intervención de las tropas impidió que se consumara la profanación del cadáver.4
4. Bokenkotter, Thomas, A Concise History of the Catholic Church, Image Books, Garden City, 1979.
DE MAL EN PEOR
Los sucesores de Pío IX no contribuyeron demasiado a mejorar la difícil situación que dejó el pontífice tras su muerte. El hábil diplomático León XIII evitó que la fractura entre la Iglesia y los regímenes democráticos se hiciera aún mayor, aconsejando a los católicos franceses la adhesión al régimen republicano y señalando que cualquier forma de gobierno era digna de aprobación si respetaba los derechos del hombre. Durante su pontificado comenzó a hacerse sentir la falta de los ingresos procedentes de los Estados Pontificios.
El 9 de agosto de 1903 fue coronado Pío X. Continuador del pensamiento de Pío IX, emitió un decreto en forma de motu proprio titulado Sacrorum antistitum., en el que solicitaba de todos los clérigos un voto en contra del «modernismo, síntesis de todas las herejías».5 En este texto podemos ver como vuelve a florecer la obsesión de Pío IX:
Pío X fue el primer papa en no ser embalsamado mediante la evisceración y drenaje de la sangre, ya que se encargó de abolir esta práctica antes de su muerte. Este decreto tuvo consecuencias bastante desastrosas para los restos mortales de algunos de sus sucesores. En el caso de Pablo VI, que murió en 1978, los amor tajadores sólo prepararon el cadáver para un ataúd cerrado. Apenas dos días después de ser exhibido, la piel del papa comenzó a decolorarse, su mandíbula se hundió y sus uñas se oscurecieron. El cadáver de Pío XII fue tan mal conservado en 1958 que los cuatro hombres que hacían guardia en el Vaticano tenían que cambiar cada quince minutos porque no podían soportar el olor. Más extraño fue el caso de Juan Pablo I, cuyo rostro se volvió in explicablemente verde, lo que aumentó los rumores respecto a un posible envenenamiento.
5. Acta apostolícele seáis, 9 de septiembre de 1910, núm. 17.
UN PAPA DÉBIL El sucesor de Pío IX fue Benedicto XV. Sus detractores decían que su figura era fiel reflejo de la propia decadencia de la Iglesia. En efecto, su apariencia era frágil y poco agraciada a causa de un accidente sufrido en la infancia. Durante su reinado quedó más claro que nunca que la influencia del Vaticano apenas era la sombra de lo que había sido en el pasado. Sus esfuerzos mediadores durante la Primera Guerra Mundial fueron rechazados por ambos bandos en conflicto.6
6. Pollard, John E, The Vnknown Pope: Benedict XV (1914-1922) ana the Pursuit of Reare, Casell Academia, Washington, 1999.
Intentó un acercamiento a las fuerzas anticlericales, llegando a calificar la Revolución rusa de «triunfo contra la tiranía». De poco le sirvieron estas palabras: el comunismo pronto se reveló como una doctrina irreconciliablemente anticristiana y como una de las mayores amenazas para la Iglesia de la época.
En Italia se vio igualmente incapaz de controlar la pugna entre los extremismos de izquierda y derecha, que culminó con el triunfo del fascismo. La Iglesia se había vuelto tan débil que no pudo impedir que los extremistas tomasen al asalto los templos y se subieran a los pulpitos a declamar sus arengas ante los atónitos feligreses. Ante esta situación, en 1919, el mismo año en que se crea el movimiento fascista, se funda el Partido Popular Italiano, cuyo primer secretario es un sacerdote de Caltagirone, don Luigi Sturzo, que intentó mantener las tesis cristianas en medio de aquella enrarecida arena política.
En 1920, cuando empezaron las reuniones de la Sociedad de Naciones, Benedicto XV publicó una nueva encíclica, Pacem Dei munus, en la que reclamaba sus derechos como soberano de un Estado. Sin embargo, los líderes internacionales hicieron oídos sordos a la encíclica, a consecuencia de lo cual la Santa Sede no pudo participar en los trabajos de la Sociedad de Naciones, sobre todo debido a la oposición del delegado italiano en la misma, Nitti.
En el aspecto financiero las cosas no iban mucho mejor. Durante el pontificado de Benedicto XV el presupuesto del Vaticano se redujo hasta ser apenas una cuarta parte del de la época de León XIII. El 22 de enero de 1922, Benedicto XV fallecía en el Vaticano víctima de una epidemia de gripe. Sus últimas palabras fueron: «Ofrecemos nuestra vida para la paz del mundo».
El siguiente papa en acceder al trono de San Pedro fue Pío XI, Ambrogio Damiano Achule Ratti, que lo hizo entre 1922 y 1939. Nació el 31 de mayo de 1857 en Desio, Italia, en el seno de una familia acomodada dedicada a la industria textil. Cursó estudios en las universidades Lombarda y Gregoriana de Roma, y fue ordenado sacerdote el 27 de diciembre de 1879. Entre 1882 y 1888 fue catedrático de teología en el seminario de Milán. Mantuvo siempre viva su actividad pastoral, dándose en ocasiones tiempo para practicar el montañismo.
Al igual que el recientemente fallecido Juan Pablo II, era un experto en esta práctica. (Se cuenta que en su juventud emprendió la subida del Monte Rosa y aguantó durante toda la noche una feroz tormenta alpina colgado de una cornisa.) Achille se dedicó al estudio de la paleografía. Hasta 1910 fue bibliotecario y posteriormente director de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y prefecto de la Biblioteca Vaticana en Roma.
En estos cargos tuvo ocasión de familiarizarse con la historia política y los acontecimientos de su época, lo que le aportó el bagaje teórico necesario para realizar una visita apostólica a Polonia, devastada por la guerra en 1918, por orden del papa Be nedicto XV. Este viaje le sirvió para demostrar que estaba excep cionalmente dotado para las tareas diplomáticas. Su habilidad y celo le valieron el nombramiento de nuncio de Su Santidad en este país en 1919. Dos años después recibió la dignidad de cardenal y arzobispo de Milán, y en 1922 sucedería al papa Benedicto XV.
RATAS EN SAN PEDRO
Quizá la circunstancia que mejor simbolice la terrible situación financiera a la que se había visto abocada la Santa Sede tras estas últimas décadas tan turbulentas fue la plaga de ratas que, como una condenación bíblica, se adueñó del Vaticano. Sin embargo, no se trataba de ninguna maldición, sino de una concatenación de causas y efectos lógicos. La falta de dinero había hecho que la red de alcantarillado del Vaticano se encontrara en un estado de abandono superior al resto de las instalaciones. Inundaciones, atascos y derrumbes estaban a la orden del día sin que nadie hiciera nada para remediarlo. En estas condiciones, los roedores se multiplicaron sin freno y fue sólo cuestión de tiempo que comenzaran a salir a la superficie.
Aquellos animales, asociados tradicionalmente por el folclore con la figura de Satanás, tenían un comportamiento sacrilego que no desmerecía en absoluto su fama. No respetaban ni las sepulturas de los pontífices de la antigüedad ni la residencia del actual. Su ansia destructiva se aplicaba con igual saña a los tapices (ya muy castigados por la polilla) y al mobiliario. La situación alcanzó un punto tan alarmante que ya no se guardaban hostias consagradas en los sagrarios por miedo a que los roedores cometieran la más terrible de las profanaciones para un católico: mancillar el cuerpo de Cristo.
En medio de aquella situación, a muchos les parecía irónico que el apellido del papa fuera precisamente Ratti.7
La elección de Pío XI fue complicada y no se decidió hasta después de quince votaciones. No obstante, fue un cónclave relativamente corto si se compara con los anteriores. Como en tantas otras ocasiones, el cónclave se encontraba dividido entre los más conservadores, partidarios del cardenal español Rafael Merry del Val, y los progresistas, cuyas simpatías se decantaban por el cardenal Gasparri.
El nuevo pontífice pronto demostró que su pontificado no iba a ser intrascendente. Pío XI, nada más ser elegido, hizo algo que no habían hecho ni Pío X ni Benedicto XV a causa de la pérdida de los Estados Pontificios: apareció en el gran ventanal de la fachada de San Pedro para impartir la bendición urbi et orbe. El hombre que se asomó a aquella ventana conservaba en estampa mucho de la imponente y atlética figura de su juventud. Su rostro, de frente despejada y ojos penetrantes, inspiraba respeto a quienes se encontraban con él. Se involucraba en todos los aspectos del gobierno de la Iglesia, realizando toda clase de preguntas a sus colaboradores.8 (Alguno de ellos llegó a afirmar que preparar una reunión con el Santo Padre era peor que un examen.)9
7. Ratto significa en italiano 'rata'. Su plural es ratti. (N. del A.)
8. Cornweil, John, El Papa de Hitler: la verdadera historia de Pío XI, Planeta, Barcelona, 2000.
9. McBrien, Richard P., op. cit.
LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO Pío XI se volcó en la expansión de la Iglesia por todo el planeta, de hecho, «Papa de las Misiones» era el título que más agradaba a Pío XI. Su doctrina era que los territorios extraeuropeos fueran confiados al clero local; buena prueba de ello fue el nombramiento de los primeros obispos chinos y japoneses en 1926 y 1927. También hizo construir en el Gianicolo (Roma) la grandiosa sede del Colegio y la Universidad Urbana de Propaganda Fide, para que los jóvenes de los países de misiones destinados al sacerdocio tuviesen una adecuada preparación para sus futuras tareas. En 1927, con la institución del Museo Misionero-Etnológico del Vaticano, se abrió la posibilidad de conocer a fondo la actividad misionera y las grandes religiones y culturas del mundo.
Al contrario que la mayoría de sus antecesores. Pío XI fue un gran protector de las ciencias, algo que no es de extrañar dado su trabajo durante años como archivista e investigador. De hecho, la reforma de la Biblioteca Vaticana fue una de sus prioridades, tras lo cual fundó el Instituto Cristiano de Arqueología, la Academia de Ciencias y el Observatorio Vaticano en Castelgandolfo.
En el terreno político y social también destacó su labor. La elección de su lema —«La paz de Cristo en el reino de Cristo»— nos habla de un pontífice partidario de la militancia activa en los asuntos terrenales. En este sentido, su gran enemigo fue el comu nismo, sobre el que promulgó una encíclica titulada Divini re demptoris. Para Pío XI era un «satánico azote» cuyo objetivo era «derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana», constituyendo «una realidad cruel o una seria amenaza que supera en amplitud y violencia a todas las persecuciones que anteriormente ha padecido la Iglesia».10 Esto explica las simpatías con que miró, al menos en principio, a dictadores como Franco, Hitler y Mussolini.
10. Pío XI, Divini redemptoris. 19 de marzo de 1937.
Sin embargo, como ya hemos visto, en la primera etapa de su pontificado Pío XI tuvo problemas mucho más cercanos y acuciantes que los planteados por el comunismo. La ambiciosa cadena de fundaciones y reformas que hemos repasado se hizo con un exiguo presupuesto anual que apenas superaba el millón de dólares. Cada día que pasaba la situación se tornaba más insostenible. Los resultados de una auditoría realizada por la comisión cardenalicia no pudieron ser más desalentadores. El déficit vaticano crecía de forma desmedida, al tiempo que los ingresos y las donaciones descendían vertiginosamente.
Los acreedores, de los cuales uno de los más importantes era el Reichbank alemán, comenzaron a perder la paciencia y exigieron el pago de las deudas. Por su parte, uno de los principales asesores económicos de la Santa Sede, el arzobispo de Chicago George William Mundelein, que había tenido que hipotecar propiedades de la Iglesia por valor de un millón y medio de dólares, comunicó al pontífice su pronóstico de una larga crisis económica cuyos efectos se dejarían sentir en todo el mundo. Acuciado por las necesidades económicas de la Santa Sede, y cegado por su radical anticomunismo, Pío XI no se dio cuenta de que, de una u otra forma, iba a seguir tratando con ratas.
11. Martín, Malachi, Rich Church, Poor Church, G. P. Putnam's Sons, Nueva York, 1984.
EL ASCENSO DEL FASCISMO
Pío XI accedió al pontificado con el firme propósito de terminar de una vez por todas con la anomalía que suponían las actuales relaciones entre el Vaticano y el gobierno de Italia. El escollo más importante lo constituía la cuestión económica. La situación financiera de Italia no era mucho mejor que la de la Santa Sede. Con la mayor tasa de natalidad de Europa y una inflación y paro sólo superados por los de Alemania, la pobreza era el estado natural de muchas familias italianas, lo que contribuyó notablemente a enrarecer aún más el ya muy agitado panorama político. Mussolini y sus fascistas estaban, literalmente, dispuestos a todo:
«Nuestro programa es simple. Queremos gobernar Italia».12 Para ello desarrollaron una feroz campaña de violencia política que tino de sangre todo el país. Sólo en 1921 murieron, víctimas de la violencia fascista, cerca de quinientas personas.
Por su parte, los comunistas no se quedaron de brazos cruzados y respondieron con una infinita sucesión de paros laborales que culminaron en una huelga general. En la primavera de 1922, cuarenta mil braceros fascistas bajo el mando de ítalo Balbo ocuparon Ferrara como protesta por las miserables condiciones de vida. A finales de julio de 1922, más de 700.000 trabajadores se habían afiliado a la Confederazione Nazionale delle Corporazioni, sindicato del Partido Nacional Fascista. La derrota de la izquierda era evidente.
En octubre de ese mismo año, se reunió el congreso del Partido Nacional Fascista y comenzaron los preparativos de la «Marcha so bre Roma», planeada como la ocupación de la capital italiana por parte de los «camisas negras», fascistas cuyo objetivo era presionar al rey para que encargase la formación de gobierno a Mussolini. Víctor Manuel III, muy impresionado por la movilización fascista, y poco afecto a los ideales y principios de la democracia parlamen taria, decidió recurrir a Mussolini. En 1925 el Duce había transfor mado el país en un régimen totalitario de partido único basado en el poder del Gran Consejo Fascista (órgano creado en diciembre de 1922, pero institucionalizado seis años más tarde), respaldado por las Milicias Voluntarias para la Seguridad Nacional.
12. Johnson, Paúl, Modern Times: The Worid from the Twenties to the Nineties, Harper Perennial, Nueva York, 1992
Y LOS TRENES LLEGABAN A TIEMPO
Los efectos del ascenso al poder de Mussolini no se hicieron esperar. La actividad económica se reactivó como por ensalmo. Las tasas de paro e inflación recuperaron sus niveles lógicos. Las calles volvieron a ser seguras y los trenes llegaban a tiempo. Un verdadero paraíso si a uno no le importaban cuestiones como la democracia, la libertad de expresión o vivir en un estado policial sin las mínimas garantías jurídicas.
En cualquier caso, las arcas de la hacienda italiana recuperaron la salud perdida... y quedó claro que Mussolini era el hombre con el que Pío XI tenía que tratar. El 20 de enero de 1923, el cardenal Gasparri, secretario de Estado del Vaticano, mantuvo la primera de una larga serie de entrevistas secretas con Mussolini.
Sin embargo, había una circunstancia que podría dificultar notablemente un entendimiento entre los fascistas y la Santa Sede. Era de dominio público que el Duce era ateo y virulentamente anticlerical. En su juventud había escrito varios textos profundamente antirreligiosos y en su vida personal ni se había casado con su pareja ni había bautizado a sus hijos. Se cuenta que en una ocasión se quitó el reloj y, poniéndolo violentamente sobre la mesa, le dio a Dios un minuto para fulminarle si realmente existía y era todopoderoso. Pese a todo, una vez alcanzado el poder, Mussolini fue consciente de las dificultades de gobernar en Italia de espaldas a la Iglesia católica: «Creo que el catolicismo podría ser utilizado como una de nuestras más potentes fuerzas para la expresión de nuestra identidad italiana en el mundo».13
13. Cooney, John, The American Pope: The Ufe and Times of Francis Cardinal Spellman, Times Books, Nueva York, 1984.
Por otro lado, el ateísmo de Mussolini irritaba a los industriales y financieros que le apoyaban económicamente, lo que hizo que el Duce cambiara de táctica. Los fascistas estaban convencidos del interés social de un sentimiento como el religioso, que es vínculo comunitario en las masas. El propio Mussolini se sintió muy sorprendido en 1922 ante la inmensa multitud que esperaba en la plaza de San Pedro la elección de Pío XI: «Mira esta multitud de todos los países del mundo. ¿Cómo es que los políticos que gobiernan las naciones no se dan cuenta del inmenso valor de esta fuerza internacional, de este poder espiritual universal?». Así que, a pesar de su declarado ateísmo, Mussolini no deseaba destruir lo que existía, sino ir, progresivamente, modificándolo, reinterpretándolo, hasta conseguir que un día se transformase en una cosa muy distinta y en una religión con un contenido muy diferente. Mussolini se refería a esto como: «Roma, donde Cristo es romano».
Tras la Marcha sobre Roma comenzaron a prodigarse algunos gestos de buena voluntad hacia el Vaticano, como la donación al papa de la valiosa Biblioteca Chigi. En la Santa Sede se desconfiaba de Mussolini, pero a la vez se mantenía un prudente silencio sobre su forma de llevar las riendas de Italia. Independientemente de que el Duce mandara a prisión a más de diez mil de sus opositores o que incitase a sus fascistas a «marchar sobre el cadáver podrido de la libertad», en el Vaticano no se podía escuchar palabra alguna en contra del caudillo fascista.
EL HOMBRE ENVIADO POR LA PROVIDENCIA En 1924, siguiendo instrucciones expresas del Duce, el líder del Partido Socialista, Giacomo Matteotti, que a la sazón era el más obstinado opositor a las pretensiones absolutistas de Mussolini, fue asesinado por militantes fascistas. La oleada de indignación que recorrió toda Italia fue tan grande que durante esta crisis el Duce estuvo a punto de perder todo lo que había conseguido hasta entonces. Tanto el Partido Popular como el socialista solicitaron formalmente al rey la destitución de Mussolini.
Cuando la situación parecía desesperada, al líder fascista le llegó el auxilio de donde, probablemente, menos lo esperaba. Socialistas y católicos negociaban una sólida coalición para apartar del poder a Mussolini cuando el papa Pío XI advirtió severamente a los cristianos italianos de que cualquier alianza con los socialistas, incluido su sector más moderado, estaba estrictamente prohibida por la ley moral, según la cual la cooperación con el mal constituye un pecado. El papa no mencionó que tanto en Bélgica como en Alemania esa cooperación (con los socialistas, no con el mal) se estaba produciendo sin que nadie hubiera advertido a los católicos de aquellos países sobre el peligro que corrían.
No hay que desestimar la importancia de esta tácita complicidad. La innegable influencia que tenía el parecer del papa sobre buena parte de la opinión pública italiana hubiera hecho que cualquier comentario sobre el ateísmo, la integridad moral o los métodos violentos de Mussolini pesara como una losa en la pretensión de éste de convertirse en el cesar de la nueva Roma.
Consciente de ello, el Duce supo corresponder con extrema generosidad al favor procedente de Roma. Declaró ilegal la ma sonería, subvencionó con fondos públicos algunas instituciones eclesiásticas que estaban al borde de la quiebra y eximió de obligaciones fiscales a la Iglesia y a sus miembros.
El 31 de octubre de 1926, el cardenal Merry del Val, que había sido secretario de Estado con Pío X y mantenía un puesto de privilegio en el Vaticano, declaró públicamente: «Mi agradeci miento también se dirige hacia él [Mussolini], que sostiene en sus manos las riendas del gobierno en Italia. Con su perspicaz visión de la realidad ha deseado y desea que la religión sea respetada, honrada y practicada. Visiblemente protegido por Dios, ha mejorado sabiamente la fortuna de la nación, incrementando su prestigio en todo el mundo».14 A lo que el propio papa apostilló el 20 de diciembre de 1926 que «Mussolini es el hombre enviado por la Providencia».
14. Manhattan, Avro, The Vatican in Worid Politics, C.A. Watts & Co., Limited, Londres, 1949.
En esta aparente complacencia hacia el Duce había mucho más de corrección política que de sincera admiración. En más de una ocasión, el papa había calificado en privado al dictador de «hijo del diablo». Este sentido de la conveniencia era mutuo. Sin variar un ápice lo que pensaba en su fuero interno, el comportamiento externo de Mussolini hacia la Santa Madre Iglesia experimentó un importante giro. El Duce comenzó a acudir a misa, pasó por la vicaría para dar validez eclesiástica a su unión matrimonial e incluso bautizó a sus hijos, renunciando en su nombre, como todo buen padre cristiano, al «diablo y sus obras». En el terreno estrictamente político, esta nueva relación con el Vaticano quedó patente con medidas legislativas, como los impuestos para las parejas sin hijos o la consideración del adulterio como delito penal.
CONVERSACIONES SECRETAS
Así pues, y a pesar del recelo mutuo, existía en aquel momento un clima favorable para la firma de un concordato, tarea que el papa encomendó al cardenal Gasparri. Tras algunas conversaciones, el dictador manifestó su deseo de compensar a la Iglesia con una más que generosa remuneración por la humillación sufrida durante años por los «papas prisioneros». El primer contacto entre ambas partes había acontecido, sin embargo, mucho antes, el 6 de agosto de 1926, cuando Domenico Barone —emisario de Mussolini— se entrevistó secretamente con el doctor Francesco Pacelli —laico adscrito a la Santa Sede y hermano del futuro papa Pío XII, que por aquel entonces era nuncio en Berlín— para hacerle saber el interés de Mussolini por reabrir la «cuestión romana». Pacelli manifestó al enviado del futuro dictador que si realmente estaba dispuesto a negociar, había dos cuestiones que el papa consideraba imprescindibles como punto de partida: el reconocimiento de la posesión de un Estado soberano bajo la autoridad del pontífice y la igualdad jurídica entre matrimonio civil y religioso.
El Duce dio su consentimiento al inicio de las conversaciones bajo estos términos y las reuniones comenzaron a nivel estrictamente confidencial: el jefe del Gobierno había advertido a los participantes de que la menor indiscreción llevaría, de manera in evitable, a la ruptura de las negociaciones y se consideraría aten tatoria contra la seguridad del Estado, condenando al responsable de la filtración (fuera éste seglar o religioso) a ser desterrado de por vida a las islas Lípari. Buena parte del contenido de las reuniones se centró en regatear las condiciones económicas del acuerdo, que en una primera oferta de Mussolini consistía en la donación por parte del gobierno italiano de alrededor de cincuenta millones de dólares en Obligaciones del Estado. Finalmente, esos cincuenta millones se convirtieron en noventa, es decir, 1.750 millones de liras.
La mañana del lunes 11 de febrero de 1929, las calles de Roma se fueron poblando de un gentío murmurante que parecía desafiar lo que estaba siendo uno de los inviernos más fríos de los últimos años. A pesar del celo puesto tanto por el gobierno como por la Santa Sede, buena parte de los romanos sabían que algo importante iba a suceder en el Vaticano. Cuando el Duce descendió de su Cadillac negro estacionado a un costado de la plaza de San Juan, media hora antes del mediodía, le sorprendió encontrar a una muchedumbre expectante que aguardaba su llegada. Un acceso de ira le sobrevino al comprobar que sus órdenes no se habían cumplido fielmente; es posible que incluso se viera tentado de dar media vuelta en uno de sus célebres raptos temperamentales, pero finalmente decidió subir los peldaños de la escalinata del palacio de Letrán, en cuyo interior el papa Pío XI, y casi todos los miembros del gobierno vaticano, le esperaban desde hacía unos minutos.
Ni la guardia fascista, ni los carabinieri, ni la Guardia Suiza es taban allí. Todo se había organizado de la manera más discreta posible para no llamar la atención. Elegantemente vestido de cha qué, Mussolini ascendió hasta el segundo piso, donde le esperaba el cardenal Gasparri, con quien cruzó un prolongado apretón de manos. Gasparri había tenido que abandonar la cama y todo el acto, unido a lo inclemente del tiempo, iba a ser una verdadera ordalía física para el anciano cardenal.15 No obstante, por nada del mundo iba a perderse la firma, aunque ello le costase la vida, ya que con aquel acto culminaba toda su carrera diplomática. Estaba previsto que la ceremonia se prolongase varias horas, pero el público que aguardaba en el exterior y el precario estado de salud de Gasparri —que tuvo que permanecer sentado durante todo el acto— la redujeron a unos meros cuarenta y cinco minutos.16 La lectura de las actas no comenzó hasta las doce en punto. Tras las firmas, el cardenal obsequió a Mussolini con la pluma de ave con mango de oro que había servido para rubricar el acuerdo. El líder fascista la aceptó complacido: «Será para mí uno de los mejores recuerdos que haya merecido».
15. «Vatican at Peace with Italy After Long Quarrel», San Francisco Chronicle, 12 de febrero de 1929.
16. Cortesi, Arnaldo, «Pope Becomes Ruler oí a State Again», The New York Times, 12 de febrero de 1929.
El tratado se componía de tres apartados principales, aparte de varios anexos y otras disposiciones; el primero, el concordato, regulaba las relaciones entre la Iglesia y el gobierno italiano. En él, se devolvía al Vaticano la completa jurisdicción sobre las organizaciones religiosas en Italia. El catolicismo pasaba a ser la religión oficial del Estado italiano, prohibiendo que otras confesiones religiosas pudieran hacer proselitismo en el país y el gobierno asumía pagar el salario de los sacerdotes con cargo a los presupuestos nacionales. El segundo apartado, el Tratado de Letrán propiamente dicho, establecía la soberanía del Estado Vaticano, con el que automáticamente se establecían relaciones diplomáticas. Aparte del recinto vaticano se concedía a la Santa Sede soberanía sobre tres basílicas de Roma (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo), la residencia de verano del papa (el palacio de Castelgandolfo) y varias fincas por toda Italia. Finalmente, estaba la «Convención Financiera», que de un plumazo llevaba a la Santa Sede de la miseria a la riqueza.
Al día siguiente de la firma, en una rueda de prensa. Pío XI sin tetizó mejor que nadie el alcance del tratado que se había firmado:
17. Considine, John J., «Historie Scene in the Lateran Palace», The Catholic Advócate, Brisbane, Australia, 18 de abril de 1929.
Aquel contenido era tan importante que su trascendencia traspasaba con mucho las diminutas fronteras del Estado Vaticano. Tanto es así que en dos lugares muy alejados del mundo había dos personajes que estaban particularmente atentos a los términos del tratado por razones que nada tenían que ver con el cristianismo. En Alemania, un Adolf Hitler que comenzaba a ser algo más que el jefe de una pandilla de agitadores escribía en el periódico del partido nazi:
En Estados Unidos, el banquero Thomas William Lamont, uno de los principales agentes de la banca Morgan, estaba mucho menos interesado en las consecuencias políticas del tratado que en los noventa millones de dólares que llevaba aparejados. A fin de cuentas. Pío XI era un viejo amigo de la casa Morgan. Siendo monseñor Ratti prefecto de la Biblioteca Vaticana, el que más tar de se convertiría en papa gestionó la restauración de una valiosa colección de manuscritos coptos propiedad de J. Pierpoint Mor gan.19 Aquellos pergaminos pasarían a ser una de las piezas más preciadas de la mítica «biblioteca negra» del millonario.
18. Hitler, Adolf, Volkischer Beobachter, 22 de febrero de 1929.
19. Chernow, Ron, The House o f Morgan: An American Banking Dynasty and the Rise of Modern finance, Grove Press, Nueva York, 2001.
Comenzaba una época en que las obras del diablo iban a ser salpicadas con agua bendita.
|
No hay nada nuevo en este mundo. Venimos sin nada. Cualquier cosa que se os ocurra ya ha sido dicha.
miércoles, 6 de febrero de 2019
BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DEL VATICANO ( I )
lunes, 4 de febrero de 2019
Conjugando Adjetivos: La Historia Oculta Sobre la Interminable Guerra Fr...
Conjugando Adjetivos: La Historia Oculta Sobre la Interminable Guerra Fr...: Por Finian Cunningham , strategic-culture Después de décadas de retraso, las Naciones Unidas finalmente han liberado los archivos de ...
lunes, 8 de octubre de 2018
EL MICROSOPO (SACADO DE "EL ZOHAR") LA VERDAD ES UNA, AUNQUE SE DIGA DE VARIAS FORMAS
UNA PEQUEÑA INTRODUCCIÓN POR MI PARTE
Hay quien, al oír la palabra Cábala, pasa la página con la idea de que, el estudio de los textos ancestrales de los judíos, no merecen la pena. Pero, estas personas se equivocan al identificar la verdad con un pueblo, cuya sola mención causa reticencia y rechazo. El que busca la verdad, debe tener la mente abierta y reconocerla allá dónde la encuentre.
Los estudios de los misterios judíos entroncan con una verdad anterior a ellos y en absoluto exclusiva de ellos. Veo resonancias del Kolbrin en muchas de sus páginas. Y, en un momento dado, me he encontrado con una idea que yo he intuido, aunque nunca me he atrevido a expresar: si le quitas a todas las religiones los localismos, los exclusivismo, los intereses ocultos, el fanatismo y todo aquello que se ha ido intercalando a lo largo de los siglos, te queda la Verdad desnuda, la Verdad que es la misma para todos y una Primera fuente que no muestra predilección por ningún pueblo, aunque este pueblo necesite afirmarlo para conservar su unidad y conexión. Os animo a leer el Zohar completo. Es muy entretenido y veréis que las palabras de Jesús resultan ciertas: "Dicen que he venido a cambiar la ley; no he venido a cambiarla, sino a cumplirla".
Que quede claro que cuando hablo de judíos no hablo de los "sionistas" que, para mí son una panda de facinerosos, que pervierten las escrituras a cañonazos.
El Microprosopo
No conocemos en los libros antiguos nada tan grande como el sínodo de los verdaderos iniciados, ocupados en construir mediante la verdad y la razón una figura jeroglífica de Dios. Saben que toda forma, para ser visible, exige luz y proyecta una sombra. Pero la sombra, ¿puede representar, por sí misma, la inteligencia suprema?. Indudablemente, no. No puede representar más que el velo; la antigua Isis estaba velada.
Cuando Moisés hablaba de Dios, cubría su cabeza con un velo. Toda la teología de los antiguos está velada por alegorías más o menos transparentes; la mitología no es otra cosa. A ella han sucedido los misterios, que son el velo negro, despojado de sus bordados, acusando cada vez más esta faz de sombra adivinada por el gran Rabí Simeón. Pero todo esto se remonta a la ficción primera, de suerte que las lágrimas que traducimos, analizándolas, parecen ser el origen de todos los simbolismos y el principio de todos los dogmas.
Nada tan hermoso y consolador como esa explicación dada a ciertas figuras de la Biblia, representando a Dios irritado, arrepentido o variable como los hombres. Nos dirá Simeón Ben-Jochai que estas apasionadas contradicciones no pertenecen más que a la figura de sombra, y que son el espejismo de las pasiones humanas. La figura de luz siempre está radiante y tranquila; pero Dios, que no tiene rostro; permanece inmutable en torno de esa luz y de esa sombra. El hombre que busca a Dios hallará tan sólo el ideal del hombre, pues, ¿cómo puede lo finito concebir lo infinito?.
El vulgo necesita un Dios que se le parezca. Si el Señor no se ofende cuando pecan, creerán que el mal permanece impune y sus desordenadas acciones no tendrán freno. Si el Señor no es duro, severo, misterioso, difícil de adivinar y de contentar, se dejarán llevar al descuido y a la pereza: el niño indócil necesita ser castigado, y el padre debe mostrarse enojado, aunque sienta deseos de reír ante las las diabluras del pequeño.
Así, siguiendo a nuestros antiguos maestros, la imagen de la divinidad tiene dos caras: una, que mira los crímenes del hombre y se irrita; otra, que contempla la eterna justicia y sonríe.
El misterio de la alta iniciación era igualmente conocido por los griegos, que a veces daban a Plutón los atributos de Júpiter; en Egipto invocaban al Serapis negro, y se han conservado imágenes de Baco, en que el dios, cuyas aventuras recuerdan la historia de Moisés, gritaba en su fiesta: ¡Io Evohé! (Yod-He-Vau-He), representando las cuatro letras del nombre de Jehová, con dos caras, como Jano: una, joven y hermosa como la de Apolo; la otra grotesca como la del Silencio.
Apolo y Baco caracterizan los principios de exaltación entre los hombres: el entusiasmo y la embriaguez. Las almas sublimes se embriagan de poesía; las almas vulgares buscan el entusiasmo en el vértigo provocado por el vino. Mas el vino no es para el vulgo la sola causa de embriaguez; los hombres sin educación se marean con el humo que se les sube a la cabeza: los deseos insaciables, los apetitos desordenados, la vanidad, el fanatismo. Hay imaginaciones ascéticas más locas y desordenadas que las de las Bacantes en los pretendidos defensores de la religión, que convierten la dulzura en amargura y la predicación en Sátira, condenados por la incorruptible naturaleza a llevar máscara de sátiros. Sus labios están quemados por la insolencia, y sus ojos bizcos denuncian, a pesar suyo, la perversidad de su alma.
La paz de sombra que describen nuestros rabinos no es por lo tanto, el Dios de los Garasse, de los Patonilleto de los Veuillot; es el Dios velado de Moisés, el Dios posterior, si es posible llamarle así, haciendo alusión a una cita alegórica de la Biblia, Moisés ruega a Dios, a Dios invisible que se deje ver por él. “Mira por la abertura de la roca, responde el Señor, pasaré poniendo mi mano en la abertura y cuando haya pasado me verás por detrás”,
hombres contemplar sin que queden cegados por la luz. El Dios de luz es aquél con el cual
sueñan los prudentes, el Dios de sombra es con el que sueñan los insensatos. La locura
humana lo ve todo al revés, y si no fuera permitido emplear la metáfora atrevida de Moisés,
la faz que las multitudes adoran no es sino el anverso de la ficción divina, la sombra
posterior de Dios. Videbis posteriora mea”. diabluras del pequeño.
Así, siguiendo a nuestros antiguos maestros, la imagen de la divinidad tiene dos
caras: una, que mira los crímenes del hombre y se irrita; otra, que contempla la eterna
justicia y sonríe.
El misterio de la alta iniciación era igualmente conocido por los griegos, que a veces
daban a Plutón los atributos de Júpiter; en Egipto invocaban al Serapis negro, y se han
conservado imágenes de Baco, en que el dios, cuyas aventuras recuerdan la historia de
Moisés, gritaba en su fiesta: ¡Io Evohé! (Yod-He-Vau-He), representando las cuatro letras
del nombre de Jehová, con dos caras, como Jano: una, joven y hermosa como la de Apolo;
la otra grotesca como la del Silencio.
Apolo y Baco caracterizan los principios de exaltación entre los hombres: el
entusiasmo y la embriaguez. Las almas sublimes se embriagan de poesía; las almas
vulgares buscan el entusiasmo en el vértigo provocado por el vino. Mas el vino no es para
el vulgo la sola causa de embriaguez; los hombres sin educación se marean con el humo
que se les sube a la cabeza: los deseos insaciables, los apetitos desordenados, la vanidad, el
fanatismo. Hay imaginaciones ascéticas más locas y desordenadas que las de las Bacantes
en los pretendidos defensores de la religión, que convierten la dulzura en amargura y la
predicación en Sátira, condenados por la incorruptible naturaleza a llevar máscara de
sátiros. Sus labios están quemados por la insolencia, y sus ojos bizcos denuncian, a pesar
suyo, la perversidad de su alma.
La paz de sombra que describen nuestros rabinos no es por lo tanto, el Dios de los
Garasse, de los Patonilleto de los Veuillot; es el Dios velado de Moisés, el Dios posterior, si
es posible llamarle así, haciendo alusión a una cita alegórica de la Biblia, Moisés ruega a
Dios, a Dios invisible que se deje ver por él. “Mira por la abertura de la roca, responde el
Señor, pasaré poniendo mi mano en la abertura y cuando haya pasado me verás por detrás”,
hombres contemplar sin que queden cegados por la luz. El Dios de luz es aquél con el cual
sueñan los prudentes, el Dios de sombra es con el que sueñan los insensatos. La locura
humana lo ve todo al revés, y si no fuera permitido emplear la metáfora atrevida de Moisés,
la faz que las multitudes adoran no es sino el anverso de la ficción divina, la sombra
posterior de Dios. Videbis posteriora mea”.
sábado, 29 de septiembre de 2018
DEJARSE LLEVAR O IRSE POR LOS CERROS DE ÚBEDA
DEJARSE
LLEVAR O IRSE POR LOS CERROS DE ÚBEDA
Ya
os conté que estaba leyendo “Mi lucha” de Hitler. Aunque lo leí
entero, no transcribí nada de la segunda parte porque era una
exposición de intenciones, mezcladas con tumultuosas
justificaciones, de lo que hubiera sido el “Reich de los 1000
años”. A mí las autobiografías no me gustan, aunque sí las
biografías. Cuando la historia la cuenta el propio sujeto, no
tenemos seguridad de que lo que dice que pasó, pasara como él lo
dice. Lo que queda claro en este libro es que el escritor se cree
llamado a pasar a la historia como figura grandiosa (nombra varias
veces a Carlomagno). También, aunque con muchas racionalizaciones,
que no lo gustó nunca la escuela, que no se llevaba demasiado bien
con su padre, que fue rechazado por la Escuela de Artes cuando quiso
ingresar para estudiar pintura, que pasó las de Caín durante mucho
tiempo. No sentía ninguna simpatía con los sin techo, que olían
mal. En fin, que tuvo que buscarse la vida, pero tenía que ser una
vida digna del Destino que él pensaba que le correspondía.
Todo
esto, me parece que ya lo dije en su momento. También me resulta
claro, sin ganas de discutir, que su cultura era escasa y
fragmentaria. Si bien, pretende contarnos su evolución intelectual,
no nos dice claramente el camino. Sólo cita en todo el texto dos
publicaciones: “Los Protocolos de los sabios de Sión” y “el
Capital” de Marx. De los Protocolos copió gran parte
de sus fundamentos políticos y vio la forma de encontrar y enfocar
el odio de todos hacia un único objetivo (que es la mejor manera de
manipular a las masas). Y la lectura de Marx le dio algún argumento
para identificar la Sicialdemocracia (que sacaba mayoría en as
urnas) directamente con el comunismo. Así que esos son sus dos
“leits motivs” de todo su pensamiento. No se dio nunca cuenta de
que su propio sistema político conducía a la misma estatalización
que el comunismo. Aunque él establece una diferencia que más bien
es una floritura, porque al obrero “lo mismo le da que le da lo
mismo”, en el totalitarismo se vería.
Yo
he sabido de la existencia de los “Protocolos...” desde hace
bastante tiempo, pero, puesto que ya en su día habían sido
rechazados por muchos pensadores, nunca me entró la curiosidad por
leerlos. Son, por decirlo de algún modo, las Actas (por el estilo
del escrito) de una imaginaria reunión que se lleva a cabo por un
Consejo de Sabios judíos, para analizar todo lo que han conseguido
hasta ese momento (1902) y lo que hay que hacer en el futuro para
conseguir la meta que su pueblo elegido tiene como finalidad: acabar
con todos los Gentiles e instaurar el Reino de su Dios en la Tierra.
Se analizan todas las catástrofes, guerras, epidemias, y penalidades
ocurridas a la humanidad con inducidas por ellos mismos, para sus
propios fines. Fines que, como no se han alcanzado, hacen necesario
el apretar un poco más a estos gentiles (hay que recordar que en la
religión judía se nace, no se hace. O sea, que no es posible la
adscripción al judaísmo por voluntad propia) Este escrito aparece
en Rusia como un intento de justificar los progroms y las purgas que
se están llevando a cabo, como la finalidad de enfocar y localizar a
un enemigo común.
Así
que me puse a leerlos y, si no fuera por su peligrosidad (o sea por
el peligro de que alguien se los tomara en serio) harían reír.
Nadie y menos los judíos se autoinculpa de todas las desgracias
humanas. Son, a todas luces, un panfleto.
Quise
posteriormente saber más acerca de ellos y, aparte de la historia
que os transcribiré, vine a enterarme de que Quevedo, nuestro
Quevedo era un antisemita desmelenao y escribió una obra de la que
yo nunca tuve noticias, en forma de cuento en la que pone a los
judíos a caer de un burro. Se llama “La isla de los Monopantos”
y no hay en la lengua castellana epíteto negativo que no adjudique
nuestro genio de las letras a esa raza.
De
todo esto, encontraréis mucha información en Internet en formato
pdf., que podéis leer en pantalla, si no queréis bajarlo.
El
caso es que, saltando y saltando de página en página, he dado con
un autor, Gustav Meyrink, a quien no tenía el gusto de conocer y
autor de “El Golem” que fue llevado posteriormente a la pantalla.
No me preguntéis de qué forma he llegado a leer lo que estoy
leyendo porque no tengo ni idea.
HISTORIA
DE LOS PROTOCOLOS
Copiado
de Sfarad.com
EN
1902, cuando en el Imperio ruso se habían ido perpetrando los
numerosos y cruentos pogromos zaristas contra los judíos, se
publica un libelo antisemita -uno más- conocido por el título de
“Los Protocolos de los Sabios de Sión”. Su objetivo era
disculpar dichos pogromos. Y para ello se escenifica una ficticia
reunión de presuntos sabios hebreos que tratan la confabulación
judeo-masónica para controlar el mundo.
No
tuvieron gran difusión hasta 1917, cuando tras la Revolución de
Octubre hubo que buscar de nuevo el chivo expiatorio del judío; en
1921 su fama se acrecentó al hacerse eco de la obra el diario inglés
The Times, que acusaba la obra de ser un plagio del “Diálogo en el
Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, escrito por el autor
satírico francés Maurice Joly en el año 1864.
Pero
mucho antes –y así lo demuestran estudiosos del tema- en España
aparecen dos obras consideradas fundamentales para la creación de la
macro-estructura literaria del libelo antisemita.
Por
un lado, “La Carta de los judíos de Constantinopla” , escrita
por Juan Martínez Silíceo, arzobispo de Toledo a mediados del S
XVI, y que es una obra destinada a convencer al cabildo de la
catedral de Toledo y al príncipe regente, futuro Felipe II, para
que se aprobara y confirmaran los estatutos de limpieza de sangre,
forma legal para la segregación entre cristianos nuevos y cristianos
viejos, conversos y católicos añejos. Lo logró en 1556.
Martínez
Silíceo, obsesionado enormemente con el asunto de la higiene
sanguínea, nada más acceder al arzobispado toledano solicitó se
ratificaran los estatutos que hasta entonces sólo se habían
ratificado en un lugar de la corona de Aragón, la Catedral de
Valencia; además, un converso que pretendía ser canónigo cuando su
padre había sido perseguido por el Sto. Oficio espoleaba su inquina
contra los conversos. El arzobispo acabaría consiguiendo que el
Papa revocara el nombramiento de la canonjía y el 23 de julio de
1547 convocó una reunión del cabildo en la que por 24 votos contra
10 se aprobó un estatuto de limpieza de sangre. Los arcedianos de
Guadalajara y de Talavera de la Reina no tardaron en protestar y
amenazaron con apelar al Papa. Es preciso notar que también se opuso
el ayuntamiento de Toledo porque despertaría “odios y perpetuas
enemistades“, así que pidió la intervención del príncipe
Felipe, que gobernaba los reinos peninsulares en ausencia de su
padre, el rey Carlos V. Así que en septiembre de 1547 el estatuto
fue suspendido, pero en 1555 el papa lo aprobó y a continuación
Felipe, ya rey, lo ratificó.
Silíceo
, para luchar por su empresa antisemita, se pertrechó de toda la
documentación encontró a su paso para demostrar lo que según él
era la vileza de la herejía hebrea: actas de todos los alborotos y
matanzas del S XV, el crimen ritual del Santo Niño de La Guardia,
la revuelta comunera, etc. Y entre tanto documento insertó una
supuesta carta de “Los Príncipes de la Sinagoga de Constantinopla”
, dirigida a los rabinos de Zaragoza, que habrían pedido su opinión
sobre la actitud que deberían tomar los judíos ante el decreto de
expulsión de los judíos de España en 1492. En la carta se decía a
los judíos, especialmente a los ricos, que serían bien recibidos en
Constantinopla:
Por
otro lado, en 1650, Fco. De Quevedo publica la obra “La hora de
todos y la fortuna con seso”, en el que inserta un relato titulado
“La isla de Monopantos”, de marcado carácter antisemita y en
concreto contra el Conde-Duque de Olivares, a quien Quevedo tiene
especial inquina por ser el valido del rey Felipe IV y por , según
él, ir en contra del cristianismo y a favor del judaísmo.
“(…)ratones son, Señor, enemigos de la luz, amigos de las
tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos“; “sólo
permite Dios que dure esta infernal ralea para que, en su perfidia
execrable, tenga vientre donde ser concebido el Antecristo“. (…)
son algunas de las enrevesadas manifestaciones conceptistas que el
autor utiliza par manifestar su odio cerval a la judería.
Era
tal el desparrame verbal que hasta él mismo quiso ser prudente al
publicarlo: lo hizo bajo pseudónimo de Nifroscancod Diveque Vagello
Duacense –anagrama de Francisco Gómez de Quevedo y Villegas.
Los
monopantos son los cristianos que habitan en un supuesto
archipiélago del mar Negro: tienen un enorme parecido con los
“hebreos disimulados de cristianos” —es decir los marranos—
pues son tan hipócritas y disimulados “que todas las leyes y
naciones los tienen por suyos“. Su jefe es Pragas Chincollos, que
en el manuscrito de la obra pone que era “Gaspar Conchillos,
conde-duque” —y Conchillos era el apellido de una antepasada
judía de Olivares—. Durante la reunión el Raabí Saadías
pronuncia un discurso en el que Quevedo recoge todos los tópicos
antisemitas. Saadías declara además que los judíos están detrás
de la Guerra de los Treinta Años que amenaza el poder de los
Austrias: “Nosotros tenemos sinagogas en los Estados de todos estos
príncipes, donde somos el principal elemento de la descomposición
de esta cizaña“. A continuación el portavoz de los monopantos
pide la unión entre ellos y los judíos para destruir la Cristiandad
y llegar a ser los amos del mundo. Pero entonces interviene la
Fortuna y comienzan a pelearse entre ellos. Ambos grupos por separado
fundan la “la nueva secta del dinerismo, mudando el nombre de
ateístas en dineranos“.
Alvarez
Chillida sostiene que Quevedo compuso este libelo siguiendo la
Carta de los Judíos de Constantinopla, que muchos autores europeos
conocieron en el S XIX , para imitarla, cuando en Europa estaba
teniendo lugar el movimiento intelectual de la emancipación judía ,
La Haskalá. Según Joseph Perez, tras el escándalo antisemita del
Asunto Dreyfuss, estas dos obras españolas serán fundamento
general para la redacción de los Protocolos de los Sabios de Sión,
también una ficción destinada al auto-inculpamiento de los judíos
como confabuladores del complot por dominar el mundo. El hispanista
neerlandés J.A. Van Praag, citado por Pérez, llegó a la conclusión
en 1949 de que Hermann Goedsche, el autor de Biarritz, uno de los dos
libros en los que se “inspiró” el agente ruso que escribió en
París los Protocolos, debía conocer la obra de Quevedo -era un
gran conocedor del mundo hispano- y que es a través de éste de
donde beben las fuentes rusas de los Protocolos.
jueves, 2 de agosto de 2018
MISTERIOS DE ODÍN. DOCTRINAS SECRETAS DE TODAS LAS EDADES. BILINGÜE
The
date of the founding of the Odinic Mysteries is uncertain, some
writers declaring that they were established in the first century
before Christ; others, the first century after Christ. Robert Macoy,
33°, gives the following description of their origin: "It
appears from the northern chronicles that in the first century of the
Christian Era, Sigge, the chief of the Aser, an Asiatic tribe,
emigrated from the Caspian sea and the Caucasus into northern Europe.
He directed his course northwesterly from the Black sea to Russia,
over which, according to tradition, he placed one of his sons as a
ruler, as he is said to have done over the Saxons and the Franks. He
then advanced through Cimbria to Denmark, which acknowledged his
fifth son Skiold as its sovereign, and passed over to Sweden, where
Gylf, who did homage to the wonderful stranger, and was initiated
into his mysteries, then ruled. He soon made himself master here,
built Sigtuna as the capital of his empire, and promulgated a new
code of laws, and established the sacred mysteries. He, himself,
assumed the name of Odin, founded the priesthood of the twelve
Drottars (Druids?) who conducted the secret worship, and the
administration of justice, and, as prophets, revealed the future. The
secret rites of these mysteries celebrated the death of Balder, the
beautiful and lovely, and represented the grief of Gods and men at
his death, and his restoration to life." (General History of
Freemasonry.)
La
fecha de la fundación de los Misterios de Odín es incierta.
Algunos escritores declaran que fueron establecidos en el primer
siglo antes de Cristo; otros, que en el primer siglo después de
Cristo. Robert Macoy (grado 33) da la siguiente descripción de su
origen: “Aparece en las crónicas del norte que en la primera
centuria de la Era Cristiana, Sigge, el jefe los Aser, una tribu
asiática, emigró desde el Mar Caspio y el Caúcaso al norte de
Europa. Dirigió su rumbo hacia el noroeste desde el Mar Negro hasta
Rusia, sobre la que, de acuerdo con la tradición, colocó a uno de
sus hijos como gobernante, como se dice que había hecho sobre los
Sajones y los Francos. Después avanzó a través de Cimbria hacia
Dinamarca, que reconoció a su quinto hijo Skiold como su soberano y
pasó hacia Suecia, dónde Gylf, que rindió homenaje al maravilloso
extranjero, y fue iniciado en los misterios, gobernó después.
Pronto se convirtió aquí en maestro, construyó Sigtuna como
capital de su imperio, y promulgó un nuevo código de leyes, y
estableció los sagrados misterios. Él, por sí mismo, asumió el
nombre de Odín, fundó el sacerdocio de los doce Drottars (Drúidas)
que presidían el culto sagrado, y la administración de justicia, y,
como profetas, revelaban el futuro. Los ritos secretos de estos
misterios celebraban la muerte de Balder, el bello y gentil, y
representaban el dolor de los Dioses y los hombres por su muerte, y
su vuelta a la vida” (General History of Freemasonry)
After
his death, the historical Odin was apotheosized, his identity being
merged into that of the mythological Odin, god of wisdom, whose cult
he had promulgated. Odinism then supplanted the worship of Thor, the
thunderer, the supreme deity of the ancient Scandinavian pantheon.
The mound where, according to legend, King Odin was buried is still
to be seen near the site of his great temple at Upsala.
Después
de su muerte. El Odín histórico fue endiosado, mezclándose su
identidad con la del Odín mitológico, dios de la sabiduría, cuyo
culto se había popularizado. El odinismo suplantó entonces al culto
de Thoth, el señor del trueno, la suprema deidad del primitivo
panteón escandinavo. El montículo en el que, según la leyenda, fue
enterrado el Rey Odín todavía se puede ver cerca del lugar de su
gran Templo en Upsala.
The
twelve Drottars who presided over the Odinic Mysteries evidently
personified the twelve holy and ineffable names of Odin. The rituals
of the Odinic Mysteries were very
similar
to those of the Greeks, Persians, and Brahmins, after which they were
patterned.
Los
doce Drottars que presidían los misterios de Odín personifican
evidentemente los doce santos e inefables nombres de Odín. Los
rituales de los Misterios Odínicos eran muy similares a los de los
Griegos, Persas y Bramánicos, de los que fueron copiados.
The
Drottars, who symbolized the signs of the zodiac, were the custodians
of the arts and sciences, which they revealed to those who passed
successfully the ordeals of initiation. Like many other pagan cults,
the Odinic Mysteries, as an institution, were destroyed by
Christianity, but the underlying cause of their fall was the
corruption of the priesthood.
Los
Drottars que simbolizan los signos del zodíaco, eran los custodios
de las artes y las ciencias, que eran reveladas a los que superaban
con éxito las pruebas de la iniciación. Como muchos otros cultos
paganos, los Misterios de Odín, como institución, fueron destruídos
por el Cristianismo, pero la causa que aceleró su caída fue la
corrupción de su sacerdocio.
Mythology
is nearly always the ritual and the symbolism of a Mystery school.
Briefly stated, the sacred drama which formed the basis of the Odinic
Mysteries was as follows:
La
Mitología es siempre en un principio el ritual y simbolismo de una
escuela de misterio. Brevemente expuesto, el drama sagrado que
formaba la base de los Misterios de Odín era como sigue:
The
Supreme, invisible Creator of all things was called All-Father. His
regent in Nature
was
Odin, the one-eyed god. Like Quetzalcoatl, Odin was elevated to the
dignity of the Supreme Deity. According to the Drottars, the universe
was fashioned from the body of
Ymir,
the hoarfrost giant. Ymir was formed from the clouds of mist that
rose from Ginnungagap, the great cleft in chaos into which the
primordial frost giants and flame giants had hurled snow and fire.
The three gods--Odin, Vili, and Ve--slew Ymir and from him formed the
world. From Ymir's various members the different parts of Nature were
fashioned.
El
Supremo e invisible Creador de todas las cosas fue llamado Padre de
Todo. Su regente en la naturaleza era Odín. El que todo lo ve. Como
Quetzalcoath, Odín fue elevado a la dignidad de Suprema Deidad. De
acuerdo con los Drottars, el universo fue construído del cuerpo de
Ymir, el gigante de escarcha. Ymir fue formado de las nubes de niebla
que suben de Ginnungagap, la gran grieta en el caos por la que los
primordiales gigantes de hielo y las primeras llamas expulsaron nieve
y fuego. Los tres dioses – Odín, Vili y Ve – mataron a Ymir y de
él formaron el mndo. De los distintos miembros fueron modelados
diferentes partes de la naturaleza.
After
Odin had established order, he caused a wonderful palace, called
Asgard, to be built on the top of a mountain, and here the twelve
Æsir (gods) dwelt together, far above the limitations of mortal men.
On this mountain also was Valhalla, the palace of the slain, where
those who had heroically died fought and feasted day after day. Each
night their wounds were healed and the boar whose flesh they ate
renewed itself as rapidly as it was consumed.
Después
de que Odín estableció el orden, concibió un maravilloso palacio,
llamado Asgard, para ser construído en lo alto de una montaña, y
allí los doce Aesir (dioses) vivían juntos, muy por encima de las
limitaciones de los hombres mortales. En esta montaña estaba también
el Valhalla, el palacio de los caídos, dónde los que habían muerto
heróicamente pelean y festejan día tras día. Cada noche sus
heridas son curadas y la carne de un jabalí entero que se comen les
renueva tan rápidamente como la comen.
Balder
the Beautiful--the Scandinavian Christ--was the beloved son of Odin.
Balder was not warlike; his kindly and beautiful spirit brought peace
and joy to the hearts of the gods, and they all loved him save one.
As Jesus had a Judas among His twelve disciples, so one of the twelve
gods was false--Loki, the personification of evil. Loki caused Höthr,
the blind god of fate, to shoot Balder with a mistletoe arrow. With
the death of Balder, light and joy vanished from the lives of the
other deities. Heartbroken, the gods gathered to find a method
whereby they could resurrect this spirit of eternal life and youth.
The result was the establishment of the Mysteries.
Balder
el Hermoso – el Cristo escandinavo – era el querido hijo de Odín.
A Balder no le gustaba la guerra; su espíritu gentil y bello llevaba
alegría y paz a los corazones de los dioses, y todos ellos le amaban
menos uno. Igual que Jesús tuvo un Judas entre sus doce discípulos,
así uno de los doce dioses era falso – Loki – la personificación
del mal. Loki originó a Höthr, el ciego dios del destino, para
disparar a Balder con una flecha de muérdago. Con la muerte de
Balder, la luz y la alegría se desvaneció de las vidas de las otras
deidades. Con el corazón roto, los dioses se reunieron para
encontrar la manera de poder resucitar este espíritu de vida eterna
y juventud. El resultando fue el establecimiento de los Misterios.
The
Odinic Mysteries were given in underground crypts or caves, the
chambers, nine in number, representing the Nine Worlds of the
Mysteries. The candidate seeking admission was assigned the task of
raising Balder from the dead. Although he did not realize it, he
himself played the part of Balder. He called himself a wanderer; the
caverns through which he passed were symbolic of the worlds and
spheres of Nature.
Los
Misterios de Odín eran realizados en criptas o cuevas subterráneas,
las cámaras, en número de nueve, que representaban los nueve Mundos
de los Misterios. Al candidato que quería ser admitido se le
asignaba la tarea de resucitar a Balder de entre los muertos. Aunque
él no lo hiciera, él mismo asumía el papel de Balder. Se declaraba
a sí mismo un vagabundo; las cuevas a través de las que había
pasado eran un símbolo de los mundos y las esferas de la Naturaleza.
The
priests who initiated him were emblematic of the sun, the moon, and
the stars. The three supreme initiators--the Sublime, the Equal to
the Sublime, and the Highest--were analogous to the Worshipful Master
and the junior and Senior Wardens of a Masonic lodge.
Los
sacerdotes que le iniciaban portaban emblemas del sol, la luna y las
estrellas. Los tres iniciadores superiores – El Sublime, el Igual
al Sublime, y el Gran sacerdote – eran análogos al Maestro en
Excelencia y el más joven y el Mayor Guardianes de una logia
masónica.
After
wandering for hours through the intricate passageways, the candidate
was ushered into the presence of a statue of Balder the Beautiful,
the prototype of all initiates into the Mysteries. This figure stood
in the center of a great apartment roofed with shields. In the midst
of the chamber stood a plant with seven blossoms, emblematic of the
planers. In this room, which symbolized the house of the Æsir, or
Wisdom, the neophyte took his oath of secrecy and piety upon the
naked blade of a sword. He drank the sanctified mead from a bowl made
of a human skull and, having passed successfully through all the
tortures and trials designed to divert him from the course of wisdom,
he was finally permitted to unveil the mystery of Odin--the
personification of wisdom. He was presented, in the name of Balder,
with the sacred ring of the order; he was hailed as a man reborn; and
it was said of him that he had died and had been raised again without
passing through the gates of death.
Después
deambular durante horas por los intrincados pasajes, el candidato era
introducido a la presencia de una estatua de Balder el Bello, el
prototipo de todos los iniciados en los Misterios. Esta figura estaba
colocada en el centro de una gran habitación techada con
protectores. En medio de esta habitación había una planta con siete
ramas, representantes de los planetas. En esta habitación, que
simbolizaba la casa de Aesir, o la Sabiduría, el neófito
pronunciaba su promesa de secreto y piedad sobre la hoja desnuda de
una espada. Bebía la hidromiel bendecida de una taza hecha de cráneo
humano y, habiendo pasado con éxito por todas las torturas y pruebas
para distraerle del camino de la sabiduría, finalmente se le
permitía descubrir el misterio de Odín – la personificación de
la sabiduría. Era presentado, en el nombre de Balder, con el sagrado
anillo de la orden; era aclamado como un hombre renacido; y se decía
de él que había muerto y se había levantado de nuevo sin haber
pasado por las puertas de la muerte.
Aquí debería haber una imagen con forma de huevo
THE
NINE WORLDS OF THE ODINIC MYSTERIES.
The
Nordic Mysteries were given in nine chambers, or caverns, the
candidate advancing through them in sequential order. These chambers
of initiation represented the nine spheres into which the Drottars
divided the universe: (1) Asgard, the Heaven World of the Gods; (2)
Alf-heim, the World of the light and beautiful Elves, or Spirits; (3)
Nifl-heim, the World of Cold and Darkness, which is located in the
North; (4) Jotunheim, the World of the Giants, which is located in
the East; (5) Midgard, the Earth World of human beings, which is
located in the midst, or middle place; (6) Vana-heim, the World of
the Vanes, which is located in the West; (7) Muspells-heim, the World
of Fire, which is located in the South; 8) Svart-alfa-heim, the World
of the dark and treacherous Elves, which is under the earth; and (9)
Hel-heim, the World of cold and the abode of the dead, which is
located at the very lowest point of the universe. It is to be
understood that all of these worlds are invisible to the senses,
except Midgard, the home of human creatures, but during themprocess
of initiation the soul of the candidate--liberated from its earthly
sheath by the secret power of the priests--wanders amidst the
inhabitants of these various spheres. There is undoubtedly a
relationship between the nine worlds of the Scandinavians and the
nine spheres, or planes, through which initiates of the Eleusinian
Mysteries passed in their ritual of regeneration.
THE ODIN MYSTERIES
Suscribirse a:
Entradas (Atom)